Por y para el bien del país ¡concertación!

En las elecciones presidenciales pasadas no voté por Duque, sin embargo espero que le vaya bien al nuevo presidente en su mandato por y para el bien del país. Ojalá haga un gobierno de concertación nacional, tal como lo expresó en su discurso de posesión.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Seguí con gran atención a través de los medios de comunicación el acto de posesión de Iván Duque como Presidente de todos los colombianos los próximos cuatro años. Escuché igualmente algunos de los discursos de la Oposición en la Plaza de la Hoja de Bogotá, concentración convocada el mismo día, el pasado 7 de agosto, por los dirigentes de Colombia Humana, Alianza Verde, movimientos sindicales y organizaciones sociales, entre otras fuerzas alternativas.

En las elecciones presidenciales pasadas no voté por Duque, sin embargo espero que le vaya bien al nuevo presidente en su mandato por y para el bien del país. Ojalá haga un gobierno de concertación nacional, tal como lo expresó en su discurso de posesión.

Pero parece difícil. Tendría que comenzar por hacer un gobierno independiente de la tutela política del expresidente Uribe y ajeno al mensaje provocador de algunos parlamentarios del Centro Democrático, cuyos pronunciamientos suelen destilar odio, polarización y sesgo: tal el discurso del presidente del Congreso, el senador Ernesto Macías, en el acto solemne de posesión del presidente de la República ante el país y la comunidad internacional. Su infortunada intervención usurpó además, políticamente, la representación del Congreso en dicho acto.

Por y para el bien del país se necesita igualmente una oposición democrática en el Congreso que reúna parlamentarios de distintas orillas, coalición posible y viable sobre temas específicos, manteniendo siempre una actitud respetuosa, con altura, en el debate y control político, y en los pronunciamientos y actos públicos en general, en contraposición al comportamiento de algunos dirigentes uribistas.

Una convergencia amplia en la acción legislativa frente a los proyectos tóxicos, pero también una oposición dispuesta a respaldar las propuestas del gobierno y demás iniciativas, vengan de donde vengan, convenientes para Colombia.

Sí, evitemos las actitudes extremas, la radicalización per se: al presidente Duque hay que darle tiempo de que arranque, que nos muestre qué va a hacer y cómo va a proceder. Pues una cosa es enfrentar en el Congreso las propuestas del gobierno de Duque que la Oposición juzgue nocivas, y otra cosa es una oposición a ultranza, como lo hizo el Centro Democrático con el gobierno de Santos. Ello no construye, no permite avanzar, el país entero pierde.

Desde luego, no nos hacemos ilusiones frente al nuevo gobierno y, de hecho, ante ciertos anuncios del presidente Duque hay que actuar ya: es el caso de la necesaria movilización en defensa de los acuerdos de paz entre el Estado y las FARC, exigiendo que se cumpla con lo pactado y, a la vez, llamando a que se prosiga el diálogo con el ELN en aras de alcanzar igualmente acuerdos de paz.

Otro de los temas urgentes, pero en el que hay coincidencia con Duque, si nos atenemos a su discurso de posesión, es la defensa de la vida de los líderes sociales y de cualquier colombiano. Movilización que está al orden del día para que en los territorios se tomen medidas inmediatas de seguridad y presencia de las autoridades para la protección efectiva de los líderes sociales y se hagan realidad las políticas públicas para el desarrollo de las comunidades.

Movilizaciones democráticas ambas, y las muchas más que seguramente vendrán, que pueden y deben hacerse desde un discurso y una actitud que genere credibilidad en la opinión pública y no profundice y haga más agria la fractura entre los colombianos, por y para el bien del país.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 10 de agosto de 2018


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Fuente: Artículo publicado por Revista Sur

Imagen: El País de España

 

Centro izquierda en Colombia … un camino promisorio por delante

 

Las elecciones presidenciales que finalizaron el pasado 17 de junio confirmaron que Colombia ya no es la misma. Se ha producido un temblor electoral, asistimos a un quiebre de la hegemonía de los partidos políticos que han dirigido el país durante décadas. Los resultados electorales abren la perspectiva de una coalición de centro izquierda que podría llegar al gobierno en el 2022. Estamos en presencia de un cambio social y cultural en Colombia.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Al obtener Petro el 41.8% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia el pasado domingo, las fuerzas de centro izquierda que lo acompañaron tienen un promisorio camino por delante tanto en las elecciones regionales y municipales del 2019 como en las presidenciales dentro de cuatro años. Ello es posible en la medida en que renueven y amplíen su alianza, movilicen y organicen mucha gente, y hagan una oposición constructiva e inteligente, cuidando siempre de ser y parecer, de velar por una imagen positiva, pues en política la credibilidad cuenta tanto como el contenido.

En el pasado, durante el período del Frente Nacional, la democracia estuvo capturada por los partidos liberal y conservador. Posteriormente, los sucesivos gobiernos han estado en manos de ese mismo bipartidismo y/o de sus diferentes vertientes, llámense Partido de la U, Cambio Radical o Centro Democrático, las cuales a pesar de sus discrepancias y enfrentamientos, están de acuerdo en lo esencial a la hora de defender sus intereses. Muestra de ello fue su respaldo en la segunda vuelta a Duque, hoy electo con más de 10 millones de votos.

Las fuerzas alternativas han venido creciendo contra viento y marea en las elecciones presidenciales: 1.21% de los votos (82 mil) con Molina en 1982, 4.5% (328 mil) con Pardo en 1986, 12.4% (757 mil) con Navarro en 1990, 6.1% (680 mil) con Garzón en 2002, 22% (2.6 millones) con Gaviria en 2006, 9.1% (1.3 millones) con Petro en 2010 y 15.2% (1.9 millones) con López en 2014, y ahora 41.8% (8 millones de votos) de nuevo con Petro, a pesar de la enorme campaña de desinformación mediática y de mentiras en las redes sociales sobre sus propuestas para el país.

Estas elecciones confirmaron que Colombia ya no es la misma. Se ha producido un temblor de tierra electoral, asistimos a un quiebre significativo de la hegemonía de los partidos políticos que han dirigido el país y usufructuado el poder durante décadas. Estamos frente a un hecho mayor, los resultados de las pasadas elecciones presidenciales abren la perspectiva de una coalición de centro izquierda que podría llegar al gobierno en el 2022.

Hemos avanzando hacia el escenario normal de las democracias occidentales modernas, en donde el pluralismo, representado en la segunda vuelta en dos grandes bloques, permite la controversia enriquecedora, el voto ilustrado, la disputa civilizada del poder y su conveniente alternancia. Sí, el panorama ha cambiado, las transiciones toman tiempo pero llegan: las nuevas generaciones se involucran más en la vida política nacional, las clases medias de las grandes ciudades han crecido y su voto es más libre, los debates electorales llegan a casi todos los rincones del país, el ágora de la plaza pública revivió como en los mejores tiempos de Gaitán, la globalización nos trae información de otras latitudes y nuevas ciudadanías surgen con muy diversos sueños y maneras de pensar. En síntesis, estamos en presencia de un cambio social y cultural en Colombia.

A su vez, los acuerdos de paz firmados entre el Estado y las FARC han permitido a la izquierda democrática comenzar a zafarse del lastre y la prevención que por años ha cargado ante gran parte de la opinión pública, al tiempo que las negociaciones en curso con el ELN facilitaron que las elecciones hayan tenido lugar sin violencia ni sobresaltos. También es importante resaltar el desempeño de la Registraduría Nacional en la rápida entrega de los resultados, lo cual contribuyó al buen ambiente, en unas elecciones que no obstante las denuncias sobre diversas irregularidades en algunos sitios, tuvieron un normal desarrollo.

Desde otro ángulo, el expresidente Uribe acertó al promover la candidatura de su ahijado político: Duque representa un cambio generacional modernizante frente a los políticos tradicionales, tiene talante de buena persona que sabe sonreír y hacer amigos, no tiene rabo de paja por señalamientos de corrupción y maneja un discurso tranquilo y conciliador. Su imagen envió un mensaje favorable a los electores en medio de un país polarizado, más allá de su inexperiencia en la administración de la cosa pública y de la sombra que le proyectan figuras muy cercanas que lo rodean, conocidas por sus posturas de extrema derecha e incluso algunas cuestionadas por su vinculación a procesos de corrupción y paramilitarismo en las regiones.

Duque dispondrá además de un alto nivel de gobernabilidad al contar con unas mayorías en el Congreso que seguramente se alinearán con lo fundamental de las propuestas agitadas en su campaña, en gran parte de inspiración y cuño de quien ha sido hasta ahora su mentor y jefe político. Para la muestra un botón de lo que se nos viene: aún antes de que se instale el nuevo Congreso y de posesionarse como presidente, Duque acaba de solicitar al Senado no dar curso al proyecto de ley que reglamenta los procedimientos internos de la Justicia Especial para la Paz, necesarios para la aplicación de la justicia transicional, elemento fundamental de los acuerdos de paz. Argumenta que debe esperarse al fallo de la Corte Constitucional sobre la ley estatutaria de la JEP, no obstante que no hay ninguna norma al respecto y que el presidente Santos ha enviado un mensaje de urgencia al Congreso para el trámite de dicha ley. Dice también que su triunfo electoral es un mandato para modificar los acuerdos de paz y por tanto hay que esperar al nuevo Congreso. Desconoce así que los mandatos de Santos y del actual Congreso van hasta el próximo 7 de agosto.

Lo que sigue está cantado. Frente a las intenciones del nuevo presidente y su bancada, las fuerzas de centro izquierda en el Congreso tendrán que buscar amplias coaliciones y también el apoyo ciudadano en todos los escenarios democráticos posibles, para defender los acuerdos de paz, los resultados de la consulta anticorrupción que tendrá lugar en agosto, el equilibrio entre las ramas del poder público, los derechos de las minorías y la protección del agua frente al fracking.

Al orden del día, la agenda para las próximas elecciones en los departamentos y grandes ciudades. Obtener los mejores resultados será un punto de llegada y de partida para consolidar el proyecto político de centro izquierda en nuestro país. Serán también cuatro años de labor pedagógica intensa para insistir, entre otros puntos, en el desarrollo de la industria como el principal eje de desarrollo económico, la educación pública superior gratuita, la acción del Estado y la sociedad frente al cambio climático, la reforma rural para la transición productiva del agro y la inclusión social. Si la tarea se hace bien y se consigue la confianza de millones de colombianos, el centro izquierda tiene un camino promisorio por delante.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 20 de junio de 2018


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Fuente: Artículo publicado por Revista Sur

Imagen: Casa de Nariño Bogotá Colombia Creative Commons Org

La primera vuelta de las elecciones presidenciales 2018: un paso adelante como sociedad

Realizada la primera vuelta de las elecciones presidenciales 2018, ​podemos decir que la cultura democrática y el pluralismo político gananaron espacio, la participación de la juventud fue determinante, las fuerzas alternativas aumentaron su votación significativamente, los candidatos presentaron sus programas con seriedad, el conteo electoral fue rápido y eficiente, y las elecciones transcurrieron en paz … hemos dado un paso adelante como sociedad.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Realizada la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia el pasado 27 de mayo, en la que Duque obtuvo 39.1% de los sufragios, Petro 25.1%, Fajardo 23.7%, Vargas Lleras 7.3%, De La Calle 2.1% y el voto en blanco 2.1%, podemos resaltar varios aspectos positivos para el desarrollo y perspectivas de la democracia política en nuestro país.

En primer lugar, la cultura democrática ganó espacio. A diferencia de anteriores elecciones presidenciales, en las que el abstencionismo alcanzó alrededor del 60% de la población habilitada para votar, en esta ocasión fue de 46%. Esta mayor participación electoral indicaría una mayor toma de conciencia sobre el poder del voto ciudadano en el marco de nuestras instituciones.

El pluralismo político también ganó terreno. El espectro político de los votantes se ha diversificado ampliamente, todas las sensibilidades y tendencias estuvieron presentes en la escena electoral. Desde la derecha radical, pasando por la derecha conservadora y tradicional, siguiendo por el centro de derecha e izquierda, continuando por la izquierda centro y llegando a la izquierda radical. Ello es sano para nuestra democracia y refleja una sociedad cada vez más diversa.

A su vez, el protagonismo de las mujeres y la participación de las nuevas generaciones fueron determinantes. De los cinco candidatos presidenciales que se presentaron a la primera vuelta, cuatro tenían como vicepresidente a una destacada mujer. Ellas jugaron un rol fundamental en la campaña, como también fue evidente la mayor participación de los jóvenes en la agitación electoral en las principales ciudades. Sin duda ello contribuye a la necesaria renovación de la política en Colombia.

Las fuerzas alternativas y ciudadanías independientes han crecido significativamente. Ahora cuentan con un peso electoral importante, superando en gran parte la tradicional hegemonía de los partidos del establecimiento y el poder de las maquinarias electorales, y limitando el poder de manipulación de las élites políticas que por décadas han usufructuado el poder. La izquierda y el centro alcanzaron su más grande porcentaje de votantes en la historia electoral de Colombia, si sumamos los votos de Petro, Fajardo y De La Calle, hoy representamos más del 50% de los electores. Esto refleja un nuevo panorama político y anuncia a corto o mediano plazo opciones reales de cambio.

El ágora del debate ganó espacio y la pedagogía avanzó. Todos los candidatos presentaron sus programas con seriedad y respeto en la diferencia, y el público que asistió a las plazas y siguió los debates a través de los medios de comunicación pudo informarse ampliamente sobre las propuestas. La polémica fue rica y alcanzó gran divulgación regional y nacional.

Las elecciones transcurrieron en paz. Los acuerdos con las FARC fueron factor clave para el desarrollo normal de las elecciones, y a pesar de la fuerte polarización política que vive el país la ciudadanía asistió cívicamente a las mesas de votación. No hubo alteraciones mayores ni hechos de violencia graves, como ha sucedido en diversas ocasiones en el pasado.

La confianza en el sufragio universal salió fortalecida. El conteo electoral fue rápido y eficiente; dos horas después de cerradas las elecciones Colombia conocía los resultados, los cuales fueron aceptados por todos los candidatos. Esto no significa que posiblemente no haya habido fraude en algunas mesas o lugares, pero la percepción de la ciudadanía fue la de unas elecciones correctas. El buen transcurso de la jornada legitimó ante los colombianos y el mundo la primera vuelta.

Por todo lo anterior, más allá del candidato que sea elegido Presidente de Colombia en la segunda vuelta el próximo 17 de junio, Gustavo Petro o Iván Duque, podemos decir que hemos avanzado hacia una confrontación más democrática y moderna. Hemos dado un paso adelante como sociedad.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 30 de mayo de 2018


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Fuente: Artículo publicado por Revista Sur

Foto: Misión de Observación Electoral (MOE)

«Los años escondidos. Sueños y rebeldías de la década del Veinte» de Tila Uribe

Presentación del libro «Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del Veinte» de Tila Uribe. 4a Edición.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Hace ya muchos años sucedieron los hechos que Tila relata en su libro «los años escondidos. Sueños y rebeldías de los años veinte», alrededor de personas y movimientos sociales de una época, la década del veinte en Colombia. En esa historia mi madre conjuga corazón y razón, entrelazando testimonios y sentimientos.

‘Los años escondidos’ es en parte una aproximación a Tomás Uribe Márquez, su padre, quien fuera excomulgado muy jóven por el obispo de Medellín por sus ideas progresistas y tuviera que marcharse de su ciudad, enrolándose bajo las banderas de su tío, Rafael Uribe Uribe.

Es una historia cálida y humana tejida por seres como María Cano, Raúl Eduardo Mahecha, Enriqueta Jiménez, su madre, y otros muchos, cuyas vidas estuvieron ligadas a la historia de las primeras ideas socialistas revolucionarias en Colombia.

Tila se refiere a una hermosa gesta olvidada, o mejor, escondida, que hace parte de las páginas colombianas, a sueños y rebeldías de gentes que fundaron el Socialismo Revolucionario, basadas en un hermoso ideal, voluntad, trabajo, valor y honestidad.

Es un período en el que se construyó la Confederación Obrera Nacional, de cuyo seno nació el Partido Socialista Revolucionario que tuvo sus mejores momentos entre 1925 y 1930, llenando las plazas públicas.

Es una época en la que estallaron por primera vez huelgas como formas de lucha y se agudizaron las movilizaciones campesinas e indígenas, de las cuales se recuerda al dirigente Quintín Lame.

Igualmente, en ese entonces, la acción del PSR está asociada al movimiento del Líbano, de los levantamientos de San Vicente de Chucurí y Puerto Wilches, de la huelga de las bananeras, del movimiento sindical del valle liderado por Torres Giraldo, y de tantos otros hechos y personas que constituyen uno de los períodos mas ricos de la vida del movimiento obrero y popular de nuestro país.

Tila se detiene en su libro en un tema que para ella es muy de su corazón: la participación de las mujeres en todos esos acontecimientos, en la organización del PSR, en su liderazgo. Este rol de las mujeres es tanto mas destacado tratándose de una época en que las mujeres no tenían derechos y según la mentalidad de la época, su puesto era detrás de los hombres.

Allí brillan con luz propia María Cano, prima de su padre, Enriqueta Jiménez y Elvira Medina, quienes estuvieron presente en la vida y en el hogar de Tila. Esas compañeras lideraron las banderas de los tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio, ocho horas de descanso.

Sin embargo, como Tila bien lo anota, la historia de Colombia está en deuda con muchas mujeres de nombres anónimos, e invita a que este trabajo de investigación sobre el rol de las mujeres en las luchas sociales colombianas continúe.

Mauricio Trujillo Uribe
Medellín, 18 de octubre de 2017


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Palabras de presentación del libro «Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del Veinte» en el Museo de Antioquia, Medellín.

Fotos: Portada libro «Los años Escondidos» y Archivo particular

Hace cien años: Imaginarios sobre la revolución rusa en Colombia en la década del Veinte

Este relato tiene como propósito recorrer los imaginarios que sobre la revolución rusa construyeron los principales actores políticos en Colombia entre 1920 y 1930. Veremos las diferentes formas en que la Revolución de Octubre de 1917 fue representada y cómo esos imaginarios influyeron en las corrientes políticas en contienda y en el cauce de la vida política nacional.


Por Mauricio Trujillo Uribe


Contexto

En la década del Veinte, Colombia era un país en movimiento, con una economía cafetera en ascenso, obras en infraestructura vial y líneas de ferrocarril en construcción, importantes explotaciones de petróleo y minas de oro, carbón y sal, extensas plantaciones de banano, tabaco y cacao, expansión del crédito, incremento del comercio internacional y reformas en la organización de la cosa pública (Banco de la República, Hacienda, Contraloría, Banco Agrícola y Educación). Lo anterior auspiciado en gran parte por los empréstitos externos y el pago de la “indemnización” por el rapto de Panamá. Es un período en el que llegan al país nuevas tecnologías como la radio, el alumbrado urbano y el tranvía movido por electricidad. Es la época de los primeros aviones y de un mayor uso de carros a motor, también de importación de maquinaria nueva para la producción. Todo lo cual contribuyó a un proceso de industrialización, consolidación de un mercado nacional y modernización capitalista (principalmente en las ciudades pues en el campo seguía predominando un gran atraso), a la conformación de la clase obrera e incorporación de un gran número de mujeres al trabajo asalariado, y generó significativos cambios en las costumbres sociales.

Es también una década muy agitada en lo social y lo político, caracterizada por enormes diferencias sociales, inequidades y explotación extrema, miseria y exclusión de las mayorías, ignorancia y atraso educativo, signada igualmente por la incompetencia y la corrupción en el manejo del Estado, de represión sistemática de los movimientos sociales, y marcada por una creciente polarización y radicalización política en donde el tradicional conflicto liberal-conservador cede espacio al enfrentamiento entre el establecimiento conservador y el movimiento socialista que surge con fuerza en esos años. Se vivió un decenio en el que las disputas internas de los conservadores, las dificultades internas del liberalismo y la emergencia del socialismo, dieron nuevos y trascendentales giros al panorama político.

En el campo internacional la Primera Guerra Mundial, 1914 a 1918, constituyó un hecho trascendental que introdujo nuevos referentes al país, posicionando a Estados Unidos como nuestro principal interlocutor y “socio mayor” en las relaciones de mercado y en lo político.

Los conservadores y la defensa de la civilización cristiana
Los años Veinte comienzan siendo presidente Marco Fidel Suárez, 1918 a 1921. Colombia vivía bajo la hegemonía conservadora desde 1885 en donde la censura de prensa y la restricción a los derechos individuales eran pan cotidiano. Las noticias sobre la revolución rusa significaron en ese momento un gran desafío para el gobierno y la iglesia católica.

La prevención a las ideas emancipadoras en Colombia fue incubada en el siglo XIX como rechazo a las reformas liberales y al socialismo romántico que alcanzó cierta repercusión con las revoluciones europeas de 1848 y los ecos locales de la comuna de Paris de 1871. La aparición de la “cuestión social” a comienzos del siglo XX unida al emergente movimiento obrero, había puesto en alerta a las élites conservadoras. La revolución rusa agregaría a partir de 1920 un nuevo elemento que pronto convertiría el temor del establecimiento en paranoia.

Las alarmas por posibles movimientos bolcheviques en Suramérica se prendieron luego de los sucesos del Trienio Rojo en Buenos Aires en 1919. “La Rusia de los remotos Urales y de la Siberia desolada, duerme en el Altiplano andino, pero vive y despertará (…) Cuidado que ya está abierta la matrícula en nuestra escuela de soviets y los alumnos progresan”[1] escribía en 1920 el expresidente conservador republicano Carlos E. Restrepo refiriéndose al riesgo de las ideas bolcheviques en Colombia.

Aunque la formación del primer partido socialista en 1919 había inquietado a conservadores y liberales, para unos y otros se trataba de un grupo de carácter exótico y efímero frente a la realidad nacional. Pero en el período del presidente Pedro Nel Ospina, 1922 a 1926, toma inusitada fuerza el debate sobre las reivindicaciones sociales visto a la luz de los sucesos de Rusia. El gobierno, las élites conservadoras y los medios de comunicación se refieren con creciente preocupación a las ideas socialistas y comunistas como “ideas peligrosas”, y sus señalamientos van acompañados de graves noticias, encaminadas a propiciar miedo, sobre la conflictiva situación en la Rusia de Lenin y las medidas contra la propiedad y la religión.

Esta percepción de riesgo para el establecimiento y el orden establecido, se acentuó a partir de 1926 con la aparición del Partido Socialista Revolucionario, año en que fue elegido el político conservador Abadía Méndez para el período presidencial 1926-1930, siendo el único candidato en contienda. Su gobierno acoge la teoría de la “guerra interior” desarrollada en Chile: “Por ese entonces, la idea de hacerse militar para defender las fronteras empezó a quedar atrás o en la cabeza de unos pocos generales … para dar paso a la nueva mentalidad, acorde con la convulsionada situación colombiana … y no pocos oficiales estaban en esa línea de cambio, entre ellos el Ministro de Guerra Ignacio Rengifo” [2], quien decía: “Aquellas manifestaciones colectivas (efecto deplorable de la criminal propagación de tan monstruosas ideas), casi siempre bullangueras, rayanas en asonadas, en tumulto y aun en sedición, de los trabajadores y obreros […] con el fin o con el pretexto de hace exigencias o de imponer condiciones a los patronos de las empresas públicas o particulares […] en la mayor parte de los casos no pueden llamarse huelgas ni ser consideradas como tales en la acepción legal de ese vocablo, sino como verdaderos movimientos o actitudes subversivas y de carácter revolucionario”[3]. Ese mismo ministro nombra al general Carlos Cortés Vargas, sobresaliente alumno de la escuela chilena, quien dirigirá la masacre de las Bananeras.

En 1927 la tensión aumentó considerablemente, el gobierno condena y alerta sobre la movilización obrera y social “azuzada por la propaganda bolchevique”[4] y en los círculos de poder va ganando espacio la idea de que el desafío que había representado el liberalismo para el establecimiento conservador, cuyo punto más álgido fue la “Guerra de los mil días”, era ahora desplazado por el socialismo, a tal punto que un editorial del diario El Nuevo Tiempo, el más influyente periódico conservador de la época, describe la situación de esta manera: “Acostumbrados los conservadores a ver en el liberalismo el único enemigo del régimen actual, hemos olvidado escrutar el horizonte político para descubrir que el antiguo adversario ya no existe y que de sus cenizas ha surgido otro rival joven y poderoso, armado de nuevas armas y listo para librar combates que –si no abrimos el ojo- fácilmente pueden dar en tierra con ese régimen de libertad dentro del orden, y de progreso dentro de la tradición, que hemos establecido a costa de tantos sacrificios. Cuando menos lo hemos pensado, el comunismo ha hecho su irrupción violenta en la república presentándose como el verdadero enemigo de las instituciones cristianas (…) “EL COMUNISMO HE AHÍ EL ENEMIGO” debería de ser el santo y seña de los conservadores colombianos en esta hora solemne”[5]. Cualquier parecido con el discurso de la derecha radical y la extrema derecha colombianas en estas primeras décadas del siglo XXI frente a los acuerdos de paz, no es pura coincidencia.

Al tiempo que la agitación social se extendía en el país, los llamamientos anticomunistas eran más directos. Frente a la huelga de los obreros petroleros en Barrancabermeja en enero de 1927, la prensa conservadora decía: “Es necesario intervenir enérgicamente para acabar con esas huelgas que hacen cada seis meses los que con la bandera soviética explotan al pueblo”[6]. De la misma forma en ese año algunos articulistas ponían al comunismo como el enemigo principal y llamaban a conservadores y liberales a unirse sin distingos: “Para cooperar en esta verdadera obra de defensa social no es necesario ser conservador o liberal: basta con amar a la república y a la libertad que quedan amenazadas de muerte si el comunismo llega a prosperar. Es la necesidad apremiante que todos los buenos ciudadanos, los sostenedores del orden social contra las tendencias disolventes de espíritu extraviados, los amigos de la paz pública y partidarios del derecho de la propiedad privada, (…) la familia, se unan para presentar un frente único que haga fracasar los planes siniestros de quienes aspiran a introducir en Colombia las prácticas sanguinarias que arruinaron a Rusia y la convirtieron en el escarnio de la humanidad”[7].

Por su parte, la iglesia católica fue soporte esencial de la política del gobierno conservador contra la expansión de las ideas socialistas y comunistas que anunciaban el derrumbe del mundo tradicional. La iglesia inició una batalla contra la prensa artesanal, liberal y socialista, y desde temprano despliega una campaña en la que se anuncia la excomunión para aquellos que en los diarios anunciaran críticas a la doctrina de la iglesia.

No obstante que la Conferencia Episcopal Colombiana de 1927 reitera los principios sociales de la encíclica Rerum Novarum promulgada en 1891 por León XIII acerca de la situación de los obreros y las clases trabajadoras en general, a su vez declara: “Reprobamos y condenamos los errores propalados y sostenidos de diversas formas por socialistas y comunistas”. Se exhorta a los obreros a “Respetar a sus patronos conforme el cuarto mandamiento de la ley de Dios, y cumplir en conciencia las obligaciones a que se hayan comprometido por contrato expreso y tácito; que no se dejen seducir de los muchos errores que difunden hoy los socialistas y comunistas, especialmente contra el derechos de propiedad, haciendo creer al pueblo que pueden adueñarse de lo ajeno por vías de hecho u otro medios ilícitos” [8].

El contrapunto de la iglesia con las ideas socialistas se vio claramente expresado con la publicación en 1928 del folleto Frente al comunismo del presbítero Carlos Alberto Lleras Acosta[9], como respuesta al trabajo Rebeldía y Acción de Tomás Uribe Márquez, cofundador y secretario general del Partido Socialista Revolucionario -PSR, quien explicaba los propósitos centrales del socialismo[10]. El presbítero utilizaba el mismo esquema de preguntas y respuestas pero su contenido buscaba prevenir y alejar a los obreros de las “malas lecturas”.

En este ambiente, el nuevo ciclo de conflictividad obrera llevó a Abadía Méndez a solicitar al Congreso de la República medidas “extraordinarias”: en octubre de 1928 se expide la “Ley Heroica” para impedir que la ola huelguista creciera y “evitar la expansión de las ideas socialistas, comunistas y anarquistas”. A su vez, el ministro de guerra Ignacio Rengifo alerta sobre un plan insurreccional dirigido por el PSR y en la prensa conservadora se afirma que el plan dirigido por los “representantes bolcheviques” es inminente[11].

El gobierno reprime entonces las actividades sindicales y socialistas, como ocurrió con la huelga de las bananeras en noviembre de 1928 y el encarcelamiento y consejos de guerra de los principales líderes del PSR en 1929, entre ellos Tomás Uribe Márquez quien fue defendido por el joven abogado Jorge Eliécer Gaitán. Esta ley, que posteriormente inspiraría el Estatuto de Seguridad del presidente Turbay Ayala a finales de los años 70, restringía aún más la libertad de prensa y las libertades políticas y ciudadanas, ilegalizaba el socialismo y perseguía cualquier manifestación de protesta o que atentara contra el orden público.

La disyuntiva sobre cómo resolver la “cuestión social” a través de cambios graduales que no alterasen el orden, de un lado, y la aplicación de medidas de fuerza que suprimieran los movimientos de protesta, del otro, acompañó a los conservadores durante toda la década. Pero la agitación sindical y social que alcanzó, durante varios años seguidos, proporciones nunca vistas antes en la historia de Colombia, junto con la profusa circulación de impresos “rojos” y la multiplicación de numerosos grupos de estudio, comités y asambleas de vocación socialista, produjeron la alarma y reacción atemorizada de las élites conservadoras que vieron en el intelectual, el obrero, el trabajador, el campesino, el indígena, en fin, en el ciudadano que protestara, un enemigo de la sociedad, y prefirieron ampliamente el uso de la fuerza y la violencia para evitar el avance del socialismo “exportado por la revolución rusa”.

Liberales ante la revolución rusa
Mientras los conservadores concordaban en la defensa de la tradición, el liberalismo se dividió nuevamente, acentuando su debilidad. De un lado, un sector partidario de no romper totalmente con el régimen conservador consideró necesario mantener una postura intermedia frente a la polarización que caracterizaba el enfrentamiento entre aquel y los socialistas. De otro lado, destacados dirigentes liberales liderados por el General Benjamín Herrera cuestionaban esta política por considerar que llevaba a la parálisis del partido.

Numerosos espíritus juveniles y algunos miembros históricos del partido se inclinaron entonces hacia el socialismo. Desde 1921 el joven boyacense liberal José Vicente Combariza (José Mar), en sus artículos y editoriales en El Espectador muestra sus simpatías por Lenin y la Revolución Rusa, que compartía con su amigo y poeta Luis Tejada[12]. La tesis de grado de Jorge Eliécer Gaitán en 1924 titulada las “Ideas socialistas en Colombia” evidencia también la atracción que en ese momento ejercían las ideas socialistas en los jóvenes liberales. Baldomero Sanín Cano, una de las figuras más representativas de la tradición liberal en términos filosóficos, anunciaba en 1924 sus acercamiento al ideario socialista y decía sobre la revolución rusa que ésta había sido el único esfuerzo por “salvar la civilización” después de la primera guerra mundial y afirmaba “Sólo ese pueblo parece tener hoy en el mundo una verdadera visión del porvenir”[13].

El acenso del socialismo percató entonces al liberalismo de la necesidad de su transformación interna. La candidatura liberal de Benjamín Herrera en 1922 era favorable a la inclusión de algunas ideas socialistas en la agenda del liberalismo, y contó con el respaldo del primer Partido Socialista fundado en 1919. En efecto, durante las convenciones liberales celebradas en Ibagué en 1922 y en Medellín en 1924, el Partido Liberal incorporó varias tesis del programa socialista. Aun cuando, según algunos autores, ello estuvo más relacionado con no perder la masa electoral que migraba hacia las toldas del socialismo[14].

Sin embargo, a partir de 1925 esta situación cambió pues la conflictividad obrera y social sobrepasó en gran parte las propuestas del liberalismo y un significativo contingente de jóvenes de tradición liberal asume posturas por el socialismo. Es el caso de Felipe Lleras: luego de dirigir la revista Los Nuevos, ingresa al PSR sin renunciar a sus vínculos con el liberalismo y en 1927 crea el diario Ruy Blas que se constituye en el vocero socialista del liberalismo radical. También, a mediados de 1928 un grupo de jóvenes universitarios que pertenecía al partido liberal firmó un manifestó de unidad y adhesión al PSR. Y en el mes de septiembre aparece la Página de la Juventud Socialista del diario liberal El Nacional, que expresa la simpatía de los jóvenes por la revolución rusa[15].

En un editorial elaborado para esa página, Roberto García-Peña caracterizaba la situación actual del país y las leyes contra las libertades públicas como una situación similar a la que vivía Rusia con el Zarismo, y como el pueblo debía prepararse para la futura insurrección[16]: a semejanza de la revolución bolchevique, en el PSR la tesis de una insurrección general se fue abriendo paso. Y Alfonso López Pumarejo en una carta pública, hablando de María Cano, termina diciendo: “Uribe Márquez, Torres Giraldo y María Cano adelantan la organización de un nuevo partido político, que lleva trazas de poner en jaque al régimen conservador”[17].

En abril de 1928, cuando en el país ya se hablaba de los socialistas por doquier, gracias en buena parte a las giras de los dirigentes del PSR María Cano Márquez e Ignacio Torres Giraldo agitando la bandera de los tres ochos (8 horas de trabajo, 8 horas de estudio, 8 horas de descanso), un importante miembro de la Generación del Centenario, Armado Solano, confirma su salida del partido liberal y su ingreso al PSR. Justificaba su decisión diciendo “El socialismo procura hoy la realización de la tesis y de los anhelos que el liberalismo encarnaba y defendió en los campos de la polémica y de la muerte”. Poco después, el rechazo a la Ley Heroica en 1928, la política petrolera del gobierno y el aumento de la conflictividad sindical, llevaron a un grupo de liberales a respaldar las propuestas del PSR.

Muchos de estos liberales se inclinaron por el socialismo identificándose con una noción de justicia e igualdad que encontraban en su imaginario sobre la Revolución Rusa. Ello no significaba su adhesión a todos los componentes de la revolución rusa, y en no pocos casos su viraje obedecía más a la crisis del liberalismo y a la imposibilidad del partido de encarar los desafíos de la política nacional. Fue un período en que el liberalismo tomó banderas socialistas y vio también a un cierto número de los suyos pasar al movimiento socialista.

La revolución rusa un nuevo horizonte para los socialistas
En esta década los socialistas desarrollan por primera vez en el escenario nacional una intensa actividad proselitista, con marcado acento anti-capitalista y anti-imperialista, multiplicando los círculos de estudio, promoviendo la organización obrera y popular, y organizándose en partido. Al lado de la confrontación liberal-conservador que había caracterizado la historia política colombiana desde el siglo anterior, irrumpe y se desarrolla el enfrentamiento entre el establecimiento conservador y los socialistas, alcanzando lugar central por varios años.

La revolución rusa abrió a los socialistas colombianos un nuevo horizonte de esperanzas, expectativas e interrogantes. A su vez, promovió en los círculos socialistas la lectura de los textos de Marx y otros teóricos revolucionarios, antes reservada a unos pocos intelectuales. Las noticias sobre lo que ocurría en Rusia llegaban a través de cables, prensa, folletos y libros, y de aquellos pocos que tenían la oportunidad de viajar a Europa.

Los imaginarios sobre la experiencia bolchevique modificaron la visión y el lenguaje de los socialistas para explicar los fenómenos sociales y políticos de un período en el que “se agudizaron las luchas campesinas e indígenas por la toma de tierras; tuvieron auge las primeras organizaciones sindicales; estallaron las huelgas como formas novedosas de lucha y sobrevino el desarrollo de acontecimientos que jalonarían muchas luchas futuras”[18]. Esos imaginarios también modificaron la concepción de los socialistas sobre el modelo de sociedad que querían alcanzar, al igual que su estrategia de lucha. Algo similar sucedió a finales de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado con la lectura que hicieron algunos grupos y activistas de izquierda de las revoluciones cubana y china, influyendo en su visión de lucha y sociedad, y llevándolos a buscar alternativas diferentes.

En aquella década del Veinte, se trató de un proceso marcado por intensos debates y fuertes tensiones que se inicia con la formación del Partido Socialista en 1919, pasa por la creación del Partido Socialista Revolucionario en 1926 y culmina con constitución del Partido Comunista de Colombia en 1930.

Inicialmente, algunos intelectuales y un sector de trabajadores de Bogotá constituyen el primer partido socialista, independiente de los dos partidos tradicionales, toman las banderas “libertad, igualdad y fraternidad” y plantean la reforma del Estado[19]. Pero en el II congreso del partido socialista realizado en 1921 en Bogotá, un sector propuso la afiliación de la joven organización a la III Internacional Comunista, lo cual desató las críticas de los sectores moderados agrupados en el Sindicato Central Obrero de Bogotá[20]. En una carta enviada al diario La República, señalaban que la invasión de libros extranjeros de naturaleza anarquista “bolchevista” y las noticias del triunfo de la revolución rusa, habían producido en algunos militantes “una verdadera indigestión de ideas”[21]. En la conferencia socialista de 1924 se avivaron nuevamente los debates entre, de un lado, la generación de socialistas que emprendieron los primeros esfuerzos por dotar al movimiento obrero de una organización sindical y un partido, y del otro, los jóvenes socialistas, en buena parte estudiantes universitarios, imbuidos y admirativos de la experiencia de la revolución rusa, dando paso a la disolución del primer partido socialista de Colombia.

En 1925 se formó un grupo comunista de Bogotá de vida efímera en el que participaron Gabriel Turbay, Luis Vidales, León de Greiff y Moisés Prieto, entre otros, bajo el liderazgo de Silvestre Savinsky. Con la llegada de este ruso al país hacia 1920 se crearon círculos de estudios del marxismo y buen número de jóvenes pudieron acercarse a El Capital y al ABC del comunismo de Bujarin. Estas lecturas permitieron la formulación del primer programa comunista con marcado acento en las tesis de la revolución bolchevique.

En el congreso de la Confederación Obrera Nacional (CON) en noviembre de 1926 que dio como resultado la creación del PSR, se discute sobre el grado de asimilación de la experiencia soviética a la realidad colombiana, el sentido internacional del socialismo (la idea era ver a los diferentes partidos nacionales como miembros de un sólo partido mundial) y sobre el carácter y la denominación que debía adquirir el nuevo partido. El sector liderado por Juan de Dios Romero director del periódico El Socialista y Erasmo Valencia director de Claridad no logró que la nueva organización se llamara Partido Comunista. “Aquello era un impedimento muy grande –decía Carlos Cuéllar Jiménez- los socialistas necesitaban un partido ligado a mucha gente y el nombre comunista asustaba”[22]. La mayoría de los delegados se identificaban con el Programa del Partido Socialista[23] redactado por Francisco de Heredia, que planteaba “el ideal es la sociedad comunista” pero sus diferencias radicaban en el carácter de la dictadura del proletariado y en la aceptación a priori de todos los puntos de la “Internacional de Moscú”, que desconocía la realidad colombiana.

Esta división en el seno de los socialistas se acentuó a finales de 1928 cuando en medio del clima de represión de la Ley Heroica se constituye un Comité de Acción integrado por socialistas y liberales que buscaba, según lo anunciaba la dirección del PSR, unir en una especie de frente único a todas las fuerzas “que se sientan amenazadas con la expedición de la ley liberticida”[24]. En esta ocasión Romero y Valencia delimitan nuevamente campos al oponerse a esa alianza argumentando: “Nosotros nada tenemos que ver con el partido socialista revolucionario de Colombia, porque no somos conservadores, ni liberales, y porque somos partidarios de la revolución social, de la dictadura del proletariado y de la abolición de la propiedad privada (…)”[25]. Este mismo tipo de comportamiento se repetiría en 1948 cuando el partido comunista se opone a las propuestas de Jorge Eliécer Gaitán.

Sin embargo, en la medida en que el ambiente político del país se polarizaba y el gobierno de Abadía Méndez perdía legitimidad luego de la masacre de las bananeras, junto con su fuerte desgaste por los grandes problemas económicos del país y los dramáticos sucesos del 8 y 9 de junio de 1929 a raíz de los movimientos estudiantiles, sumado a la persecución y cárcel de los dirigentes del PSR, un importante grupo de miembros del partido se va decantando por la necesidad de constituir una organización que se ajustara a las directrices de la Internacional Comunista. El momento culminante de ese proceso se da en el congreso ampliado del PSR a mediados de 1930 en el que se aprueba la creación del Partido Comunista. La Internacional Comunista exigía partidos monolíticos, marxistas-leninistas, conducidos por la clase obrera, mientras que el PSR era otro tipo de partido donde confluían tres tendencias, el liberalismo radical, el socialismo y el socialismo marxista, sus activistas y dirigentes provenían de diversos horizontes sociales y su programa de los “tres ochos” (8 horas de trabajo, 8 horas de estudio y 8 de descanso) era meta central.

Esta transformación del proyecto político inicial llevó a un sector de socialistas a retirarse de la vida política y sindical, otro ingresó o regresó al liberalismo, el cual ganó en ese año las elecciones presidenciales con Olaya Herrera poniendo fin a 45 años de hegemonía conservadora, y la mayoría siguió su lucha desde las filas del partido comunista.

Impacto de estos imaginarios
Las representaciones que construyeron sobre la revolución rusa los principales actores políticos de los años veinte tuvieron fuertes implicaciones en el curso de la vida nacional de la época. En la medida en que las movilizaciones de protesta social, los paros de trabajadores y las huelgas de obreros se multiplicaban en el país, unos y otros tomaban como referente las noticias de la revolución bolchevique, actuando en consecuencia en uno u otro sentido.

Los imaginarios sobre la revolución rusa polarizaron a los actores políticos en contienda, las posturas políticas se fueron moviendo en un proceso de creciente radicalización. Fue una época vertiginosa en la que los conservadores acentuaron mucho más su autoritarismo, la juventud y no pocos intelectuales del partido liberal se inclinaron hacia el socialismo democrático (léase socialdemocracia) y los socialistas adoptaron el programa comunista. La represión brutal y la política del miedo fue elemento central de la estrategia de los conservadores (parecido a lo que ocurre hoy con la propaganda del “castro-chavismo”); el deslumbramiento frente a la revolución rusa y la adhesión a las tesis de la Internacional Comunista condujo a los socialistas, ahora comunistas, a un camino infructuoso; y el espejo de la revolución rusa llevó en cierta forma al partido liberal a levantar banderas reformistas que desembocarían en la elección de López Pumarejo como presidente de 1934 a 1938.

A su vez la cultura política que produjo los años Veinte sobre la forma de ver al adversario político y relacionarse con él, ya no en el marco del enfrentamiento liberal-conservador sino en la confrontación de un nuevo tipo, ahora entre comunismo y anti-comunismo, se proyectó en el manejo de la protesta social en las siguientes décadas y en el tratamiento del conflicto que se inicia en los años 60. Cultura política de la intransigencia y la pendencia que habita todavía en buena parte en la sociedad colombiana, pero que afortunadamente está cambiando para bien del país y de las generaciones venideras.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 17 de octubre de 2017

Agradecimientos
A María Tila Uribe, mi madre, y Edgar Andrés Caro Peralta, por sus aportes.

[1] “Escuela de Soviets”, El Diario Republicano. [Manizales] feb, 21. 1920.

[2] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ed. Átropos, 2007, 210.

[3] César Miguel Torres del Rio. Colombia Siglo XX, Grupo Editorial Norma, 2010.

[4] “Propaganda bolchevique”, El Nuevo Tiempo, [Bogotá] ene, 5. 1927.

[5] “Ante los peligros del comunismo” El Nuevo Tiempo, [Bogotá] feb, 13. 1927.

[6] El Nuevo Tiempo, [Bogotá] ene, 13. 1927.

[7] “El Comunismo”, El Nuevo Tiempo, [Bogotá] feb, 20. 1927.

[8] Conferencias Episcopales de Colombia. Desde 1908 hasta 1930. Imprenta de la Compañía de Jesús, 1931.

[9] “Frente al comunismo” Unión Colombiana Obrera [Bogotá] oct. 6, 1928. 3.

[10] Tomas Uribe Márquez. Rebeldía y Acción. (Bogotá: Minerva, 1927)

[11] “Colombia está al borde de la Revolución Social” La Defensa, [Medellín] ene, 28. 1927.

[12] Luis Tejada Cano (1898-1924) periodista y cronista.

[13] Entrevista de “Curioso Impertinente” con Baldomero Sanín Cano. El Espectador. Suplemento Literario. [Bogotá] nov. 20, 1924.

[14] Gerardo Molina. Las ideas liberales en Colombia 1915-1934. (Bogotá: Tercer Mundo, 1988) 129.

[15] Andrés Caro. Marx, marxistas y socialistas, página 115. Tesis de grado para optar al título de Maestría en Historia. Universidad Nacional de Colombia, 2017.

[16] El Nacional. Página de la Juventud Socialista, sep. 1928.

[17] El Tiempo, abril 26 de 1928.

[18] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ediciones Átropos, 2007, Introducción.

[19] Torres del Río César Miguel, Colombia Siglo XX (Grupo Editorial Norma, marzo 2015)

[20] “Congreso Socialista” Gil Blas, [Bogotá] nov. 13, 1921

[21] Julio Cuadros Caldas, Comunismo criollo y liberalismo autóctono. Tomo II (Bucaramanga: Editorial Marco A. Gómez, 1938) 68.

[22] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ed. Átropos, 2007, 129.

[23] Francisco de Heredia, Programa del Partido Socialista (Bogotá: 1925) 35-36.

[24] “El socialismo provoca la unión de las izquierdas para oponer firme resistencia a la dictadura” Ruy Blas [Bogotá] oct. 6, 1928.

[25] “Sigue la farsa” Claridad [Bogotá] agt. 30, 1928. “Definamos posiciones” El Socialista [Bogotá] sep. 29, 1928.


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Fuente: Ponencia presentada en el IV Seminario Internacional sobre el Significado Histórico de la Revolución de Octubre en su 100 aniversario, Bogotá D.C., Colombia, 2 – 6 de octubre de 2017

Foto: Libro «Los años Escondidos» de Tila Uribe

El Paro Cívico Nacional del 14 septiembre de 1977, 40 años después

El Paro Cívico Nacional del 14 de septiembre de 1977 se dio en medio de un clima de polarización y radicalización creciente. Las principales ciudades fueron militarizadas, se paralizó el transporte y hubo fuertes enfrentamientos con la fuerza pública. La clase política del país consideró que el paro fue un “pequeño nueve de abril”. Los organizadores del paro estimaron que alrededor de un millón 300 mil huelguistas tomaron parte en el paro, un número equivalente a los participantes de huelgas durante los quince años anteriores.


Por Mauricio Trujillo Uribe

ANTEDECENTES DEL PARO

Expectativas cuando llega López al poder
Al llegar al poder en agosto de 1974, el gobierno de Alfonso López Michelsen despierta, en un primer momento, expectativas positivas, no sólo por la apertura política que significaba el fin del Frente Nacional, sino también por la trayectoria del candidato, otrora dirigente del MRL.

López gana las elecciones con una votación sin precedentes, que en parte se explica por la participación en la contienda de Álvaro Gómez, quien despertaba muchos temores entre la población, todo lo cual hacía suponer que durante su gobierno se implementarían algunas reformas sociales en beneficio de las mayorías del país.

 Fin de bipartidismo, paso al pluralismo y al clientelismo
Con el gobierno de Alfonso López el país inaugura una nueva etapa. Termina el período del Frente Nacional y comienza un período pluripartidista. Este hecho permite a López componer su gabinete con cierta libertad, aun dio cierta continuidad al bipartidismo. Sin embargo, al interior de las élites políticas el fin del pacto genera tensión y conflictividad.

El clientelismo reemplazó el sectarismo bipartidista precedente. En el marco de una política de modernización y descentralización del Estado se crearon nuevas entidades en las que anidaron las clientelas regionales. Los congresistas se convirtieron en los principales proveedores de puestos y contratos públicos en los municipios y crecieron aún más las clientelas mediante la asignación de recursos presupuestales del Estado.

Impulso al desarrollo capitalista y ampliación de la economía ilegal
En la década de los años 70 se expiden varias medidas para fortalecer el sistema financiero. Se produce igualmente un proceso de concentración de capitales dando paso a los primeros grandes monopolios económicos que hoy caracterizan el modelo económico actual. Este fenómeno se suma a la presencia de multinacionales que en la década anterior llegaron con fuerza como resultado de una política de atracción de capitales extranjeros.

Otro eje de acumulación de capital en ese período fue la economía de la marihuana y del contrabando, la economía ilegal comenzaba a tomar preocupantes proporciones.

La “cuestión social” se profundiza entre 1970 y 1977
A comienzos de los años 70 la población económicamente activa era cercana a 8.500.000 personas y el número de trabajadores sindicalizados era aproximadamente de 1.200.000, 17% de la población económica activa del país, según cifras oficiales.

En la década de 1970 toman nuevamente fuerza las luchas en torno a “la cuestión social”. Creció el número de vendedores ambulantes, trabajadores informales y pobladores de barrios populares, en buena parte por la migración a las ciudades. Junto a las reivindicaciones de obreros y empleados, se desarrollan protestas de los pobladores urbanos por demandas colectivas, en particular bajo la modalidad de paros cívicos.

Los estudiantes universitarios viven un proceso creciente de politización en el imaginario de las izquierdas desde finales de los 60. Protagonizan protestas contra las políticas educativas y el alza del transporte. Los estudiantes de secundaria, ahora con más amplia presencia en los barrios populares debido a la expansión y masificación educativa, convirtieron a muchos colegios públicos en centros de movilización.

A su vez, se registraron cerca de 20 paros del transporte en el país, propiciados por los gremios de transportadores para presionar principalmente el pago estatal del subsidio.

Se amplía la presencia y se hacen más visibles las acciones de los grupos guerrilleros, FARC, ELN, EPL y M19, que plantean la toma del poder para instaurar un modelo de izquierda.

CLIMA ECONOMICO, SOCIAL Y LABORAL EN 1977

El mandato caro
Para entender el paro cívico de septiembre de 1977 es necesario inscribirlo en el contexto del “mandato caro”, como se conoció popularmente el gobierno de Alfonso López.

Se trató en primer lugar de las consecuencias de la política inicial de apertura económica emprendida por el gobierno de López, la primera fase del neoliberalismo bajo el lema de convertir a Colombia en el Japón de Suramérica. Se abrieron las puertas al comercio exterior, trayendo grandes importaciones de productos en desfavor de la industria nacional.

La inflación alcanzó el 30% anual, el costo de vida subió en 12 meses casi a 40% para obreros y 37% para empleados. Al tiempo los monopolios y bancos incrementaban sus ganancias entre 35% y 200%, según las cifras oficiales.

Se dispara el descontento social
En los meses anteriores al PCN, el descontento por el alto costo de vida se disparó. Se registró un número importante de huelgas: médicos y trabajadores del Seguro Social; paro nacional de FECODE; empleados bancarios y huelgas de la USO, Planta de Soda e Indupalma. En Bogotá, habitantes de barrios organizan un paro cívico contra el impuesto predial.

CLIMA POLITICO EN 1977

Polarización y radicalización creciente
El PCN se da en medio de un clima de polarización y radicalización creciente. La crisis endémica del establecimiento se refleja, entre otros hechos, en un modelo de crecimiento económico limitado, una escasa participación de la población a través de los canales electorales y una débil presencia del Estado en muchas regiones.

Al comienzo del mandato de López, la UTC y la CTC hicieron manifestaciones de apoyo a López; sin embargo se produce un distanciamiento entre estas centrales sindicales y el gobierno a pesar de los intentos de negociación, sumándose a la lucha contra la carestía encabezada por la CSTC y CGT, y las diferentes vertientes del sindicalismo independiente.

La política laboral se manejó con garrote, fue nombrado Ministro de Trabajo Oscar Montoya, gobernador de Antioquia en 1975, quien se enfrentó a los sindicatos. Entre otras cosas, Montoya nombró como Secretario General del ministerio al joven Álvaro Uribe Vélez.

En el seno del establecimiento se profundiza la fractura entre el gobierno y el partido conservador, el cual manifiesta su acuerdo con la realización del paro cívico, esperando ganar opinión pública para las elecciones presidenciales de 1978.

REPRESIÓN VERSUS OPOSICIÓN

Imaginarios extremos
Como resultado de la adopción progresiva de la doctrina de “seguridad nacional” por parte de las fuerzas armadas y de sectores del establecimiento, de la visión «fundamentalista» acerca de la guerra contra el comunismo, los militares ganaron espacio en el manejo del orden público y en el nombramiento de alcaldes militares.

De hecho, la represión oficial como forma de neutralizar el movimiento social, se había vuelto tan usual en las décadas del 60 y 70 que la cultura de la represión entró a formar parte de la atmósfera política colombiana, aún más en los meses que antecedieron el PCN.

Pero del otro lado, también contribuyó a este clima la visión monocromática de la izquierda acerca de la lucha de clases y la guerra contra el «imperialismo y sus gobiernos títeres». La conducta de las fuerzas políticas de izquierda que desde el campo sindical y estudiantil como desde el terreno de los barrios populares, lideraron el proceso que desembocó en el PCN, estuvo fuertemente influenciada por sus posiciones ideológicas.

A su vez, la insurgencia vio en el PCN un evento que podría alcanzar visos insurreccionales. Las guerrillas hicieron una lectura desmesurada de lo que consideraron un cuarto de hora revolucionario, se hicieron ilusiones. Las FARC, ELN, EPL, M-19, ADO y PLA, manifestaron su respaldo al paro y sus estructuras urbanas se vincularon a la preparación de la jornada.

El susto del establecimiento
Se fue creando entonces en el gobierno y las fuerzas armadas, la impresión de que una amenaza grave se cernía sobre el establecimiento. Se generó en los medios de comunicación y en los grupos influyentes de la vida nacional una gran alerta, se perdió visión objetiva sobre el sentido y alcance que podía tener el paro.

Inicialmente el gobierno nacional intentó desacreditar el paro difundiendo la versión de que más que una jornada de reivindicación social, se trataba de una jornada política en la que la oposición buscaba ganar créditos para las elecciones presidenciales del año siguiente.

Luego el tono giró hacia un discurso contrainsurgente: se trataba de una jornada subversiva, intentando amedrentar a la gente. El gobierno, la fuerza pública y medios de comunicación, se unieron para condenar el paro y exigir el orden. La censura, la descalificación y la represión fueron la nota imperante antes, durante y después de la protesta.

Decretos al amparo del estado de sitio
El gobierno procedió entonces a expedir una serie de decretos de corte represivo. Ya en octubre del año anterior había declarado el estado de sitio (decreto 2131).

Luego expidió el decreto 2195 cuyo artículo 1 establecía: “Quienes reunidos perturben el pacifico desarrollo de las actividades sociales; realicen reuniones públicas sin el cumplimiento de los requisitos legales; obstaculicen el tránsito de personas o vehículos, en vías públicas; ejecuten o coloquen escritos o dibujos ultrajantes en lugar público o abierto al público; inciten a quebrantar la ley o a desobedecer a la autoridad pública; desobedezcan orden legítima de autoridad pública; omitan sin justa causa prestar el auxilio que se les solicite; tengan sin causa justificada objetos utilizables para cometer infracciones contra la vida e integridad de las personas, tales como hondas, caucheras, palos, piedras y sustancias químicas; o sin derecho exijan pagos en dinero o en especie para permitir el tránsito de las personas o los bienes, incurrirán en arresto inconmutable hasta de ciento ochenta días. En la misma pena incurrirán quienes usen máscaras, mallas, antifaces u otros elementos destinados a ocultar la identidad, en la comisión de infracciones penales o de policía”.

El artículo 2° del decreto precisaba “A quienes promuevan, dirijan u organicen cualquiera de las actividades a que se refiere el artículo anterior, se les aumentará hasta en el doble la sanción allí prevista. Finalmente, en el artículo 3 determinó que las sanciones establecidas en los artículos precedentes serán impuestas, mediante resolución escrita y motivada, por los comandantes de estación de la Policía Nacional, con grado no inferior al de Capitán, quienes conocerán a prevención. En los lugares donde no existan dichos comandantes serán competentes los Alcaldes o los Inspectores de Policía, respectivamente”.

El 28 de agosto de 1977, a menos de un mes de PCN, el gobierno complementa el arsenal legal de su política represiva mediante el decreto 2004 por el cual se dictan medidas “frente a la declaratoria de paros cívicos nacionales, la realización de paros ilegales y la amenaza de persistir en huelgas”, “hechos susceptibles de producir la desvertebración del régimen republicano vigente, además de que son atentatorios contra derechos esenciales para el funcionamiento y preservación del orden democrático propio del estado de derecho”.

Artículo 1º: “Mientras subsista el actual estado de sitio, quienes organicen, dirijan, promuevan, fomento estimulen en cualquier forma el cese total o parcial, continuo o escalonado, de las actividades normales de carácter laboral o de cualquier otro orden, incurrirán en arresto inconmutable de treinta (30) a ciento ochenta (180) días, que impondrán los gobernadores, intendentes, comisarios y el Alcalde del Distrito Especial de Bogotá, por medio de resolución motivada”. Y el artículo 3º establece: “Constituirá justa causa de terminación de los contratos de trabajo el haber sido sancionado conforme al presente Decreto o el haber participado en los ceses de actividades en él previstos”.

DESARROLLOS DEL PARO CÍVICO NACIONAL DE SEPTIEMBRE DE 1977

Preparativos del Paro
El 19 de abril de 1977 los concejales del PC en Bogotá, Teófilo Forero y Mario Upegui, propusieron al Concejo la realización de un paro cívico contra la creciente carestía. En la manifestación del 1º de mayo las organizaciones sindicales y políticas reivindicaron la propuesta del paro. A partir de allí, se ambientó la idea de paro general.

En agosto las centrales obreras CSTC y CGT enviaron al gobierno un pliego de 8 puntos: aumento general de salarios en un 50%; congelación de precios y tarifas; levantamiento del Estado de Sitio; reapertura y desmilitarización de las universidades; plenos derechos sindicales para los trabajadores del Estado; tierra para los campesinos y cese de la represión en el campo: jornada laboral diaria de 8 horas y salario básico a los trabajadores del transporte y abolición de los decretos de reorgánicos del Seguro Social.

Por su parte en el mismo mes la UTC y CTC presentaron un pliego también de 8 puntos: vigencia de la Ley 187 de 1959 sobre prima móvil: convocatoria inmediata del Consejo Nacional de Salarios para la fijación del salario mínimo; convocatoria del Consejo del Trabajo para discutir condiciones laborales, pliegos, pactos colectivos, derecho de huelga; jornada laboral de ocho horas para todos los trabajadores; modificación de la reglamentación de la Ley 27 sobre amparo a la niñez; abolición del impuesto a las ganancias ocasionales y a las cesantías; jornada de 8 horas para los chóferes asalariados y que se les fije salario mínimo suficiente; regreso a la política de incentivos a las exportaciones menores y la supresión del impuesto a las ventas para los artículos no suntuarios.

El 20 de agosto, las 4 centrales obreras dieron a conocer una declaración conjunta de lanzar el PCN y construir Comités Unitarios para su preparación y realización. El Comando Nacional de Paro compuesto por dirigentes de las cuatro centrales se conformó y orientó la jornada desde la clandestinidad, posteriormente se transformaría en el Consejo Nacional Sindical.

En la conducción del paro las organizaciones políticas de oposición también jugaron un papel fundamental. Entre ellas se encontraban el Partido Comunista y la URS que junto con otros sectores mantenían una alianza electoral, la Unión Nacional de Oposición. De hecho, la UNO transformó sus comités electorales en comandos barriales para el paro. Otra coalición electoral se agrupó en el Frente por la Unidad del Pueblo: MOIR, ANAPO, Movimiento Independiente Liberal MIL, entre otros. También participaron activamente el campo denominado ML (marxista-leninista) y el movimiento camilista.

El movimiento estudiantil se convirtió igualmente en un factor importante en la preparación del paro y a la hora de la movilización. Otro tanto ocurrió con los trabajadores informales y los pobladores de numerosos barrios populares.

Desarrollos del Paro
El 13 de septiembre, las principales ciudades fueron militarizadas y se prohibió el tránsito de motocicletas. Durante el 14 y el 15 de septiembre se paralizó el transporte mediante bloqueos y tachuelas, la mayoría de los trabajadores no fueron a trabajar, hubo fuertes enfrentamientos con la fuerza pública y se produjeron saqueos en grandes almacenes. En resumen, la clase política del país consideró que el paro fue un “pequeño nueve de abril”.

Por su parte, los organizadores del paro estimaron que alrededor de un millón 300 mil huelguistas tomaron parte en el Paro Cívico Nacional. Es decir, según algunos estudiosos, un número equivalente a los participantes de huelgas durante los quince años anteriores.

ALGUNAS CONCLUSIONES

Magnitud inesperada de la movilización
En el PCN se movilizaron obreros, maestros, empleados públicos, estudiantes, vendedores ambulantes, clases medias urbanas, nuevas generaciones de pobladores de barrios, jóvenes en general e incluso sectores de la iglesia católica afines a la teología de la liberación.

El PCN tuvo una magnitud no esperada por los dirigentes de la protesta. Lo que ocurrió fue un gran estallido de sectores populares urbanos, en la mayoría de los casos sin coordinación con los comités de paro o las organizaciones de izquierda.

Connotaciones del Paro Cívico Nacional
Se exigieron reivindicaciones de carácter salarial de los trabajadores formales e igualmente soluciones a una diversa gama de problemas de la vida diaria que afectaban la mayor parte de la población (malos servicios públicos, etc.).

El PCN también tuvo una connotación política, sus gestores hacían parte de organizaciones políticas, sindicales y barriales que tenían una orientación ideológica marcadamente de izquierda. El pulso con el gobierno era un punto de honor, la acumulación de fuerzas del campo popular era parte indispensable de la estrategia, la movilización y unidad eran necesarias para ganar experiencia para nuevas luchas y no faltaba la intención de capitalizar la preparación del paro para las elecciones del año siguiente.

A los ojos de las guerrillas, el PCN fue casi una insurrección popular a la que solo le faltó un mayor desarrollo de las fuerzas rebeldes, dando por resultado que se considerara aún más la necesidad de profundizar «la lucha armada revolucionaria»: una lectura del paro muy alejada de lo que realmente sucedió.

Algunos resultados
La movilización del 14 de septiembre de 1977 alcanzó algunos triunfos como la elevación del salario mínimo en tres ocasiones durante los ochos meses siguientes al paro. En el plano sindical abrió el camino para nuevas alianzas entre las centrales, las cuales crearon el Consejo Nacional Sindical. En el plano político la represión contra la protesta social y las fuerzas de izquierda se acentuaría durante el gobierno de Turbay Ayala (Estatuto de Seguridad). La experiencia del PCN dejó sin duda muchas lecciones para las luchas laborales y populares de los años 80.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 14 de septiembre de 1917

Bibliografía
– Medina Medófilo, Dos décadas de crisis política en Colombia, 1977-1997, La crisis socio-política colombiana: un análisis no coyuntural de la coyuntura, Universidad Nacional. Noviembre 1997.

– León Tiusaba Sandra Milena, Análisis comparativo del manejo de la información por parte de los periódicos, El Tiempo y Voz Proletaria, en relación con el Paro Cívico Nacional de 1977, Trabajo de grado para adoptar el título de Magister Universidad Javeriana. Septiembre de 2011.

– Molano Camargo Frank, El Paro Cívico Nacional del 14 de septiembre de 1977 en Bogotá: Las clases subalternas contra el modelo hegemónico de la ciudad, Ciudad Paz-andando. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Septiembre de 2010.


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Conferencia dictada en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá el 14 de septiembre de 2017

Foto: Periódico La Bagatela

Los dineros de las FARC: Colombia requiere juego limpio

La entrega de todos sus dineros por parte de las FARC hace parte del juego limpio que requiere la sociedad colombiana para poder confiar en los acuerdos de paz.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Los dineros en manos de las FARC antes de la firma de los acuerdos de paz, en Bogotá el año pasado, se consideran conexos al delito de rebelión en la medida en que aquellos hayan sido utilizados para financiar dicha rebelión. Son dineros producto de actividades ilícitas y sistemáticas que afectaron gravemente a grandes y pequeños propietarios rurales, comerciantes y empresarios, entre otros, y generaron tremendas consecuencias para la sociedad colombiana y nuestro país en general, como también en el campo internacional. Sin embargo, son dineros obtenidos en el marco de una rebelión armada con fines políticos, aunque se alegue que ésta se haya degradado con el paso del tiempo en sus propósitos iniciales, y a pesar de que posiblemente parte de esos dineros haya servido a fines personales de algunos miembros de esa guerrilla.

Esos acuerdos de paz llevados a cabo por el gobierno del presidente Santos, que la historia le reconocerá a ambas partes, y gracias también, entre otros factores, a la acción contundente del gobierno del Presidente Uribe que logró debilitar a las FARC, acuerdos que comprometen al Estado colombiano, tienen como propósito voltear la página del enfrentamiento armado con esa organización, lo cual implica no sólo la entrega de las armas por parte de los insurgentes y su incorporación a la vida civil, sino también que esa guerrilla se transforme en partido político y luche por sus propuestas en el marco exclusivo de la democracia e institucionalidad colombiana. Desde luego, en el centro de esos acuerdos de paz debe estar y está la reparación de las víctimas, así como las medidas de orden económico, social y político que lleven a la implementación exitosa de los mismos y, en general, que permitan que Colombia transite hacia una cultura de convivencia nacional.

La entrega de todos sus dineros por parte de las FARC hace parte del juego limpio que requiere la sociedad colombiana para poder confiar en esos acuerdos de paz. Los dineros que eventualmente las FARC no declare, se convertirán en un haraquiri contra ellas mismas y, obvio, la justicia ordinaria deberá llegar sin concesiones a quienes los encubran, detenten y usufructuen. En este sentido la acción de la Fiscalía General de la Nación es fundamental; la extinción de dominio y los procesos penales que se deriven de tal hecho, si ello ocurre, serán de rigor.

En cambio, los dineros declarados por las FARC, según lo prevén los acuerdos de paz, irán a un fondo para la reparación de las víctimas principalmente, así como para la reinserción colectiva de los ex-guerrilleros a la vida civil y la conversión de esa organización en partido político. La figura legal para el manejo de esos recursos será una fiducia en cuya administración participarán delegados del gobierno y ex-FARC, según el decreto que acaba de expedir el Gobierno.

Que una parte pequeña de esos dineros sirva para que los ex-guerrilleros vuelvan a la vida normal y den los primeros pasos como nuevo partido político, no debe ser motivo para rasgarse las vestiduras ni mucho menos. La esencia de los acuerdos de paz con una organización guerrillera no vencida, como es el caso de las FARC, es que se comprometan a actuar en adelante por las vías legales. Al fin de cuentas, facilitarles el tránsito a la vida social y política es fortalecer la paz, el pluralismo y la democracia en Colombia.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 8 de junio de 2017


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Foto: portal Kien y Ke

«Versos y utopías» antología de 130 poetas y poetisas, de Francisco Trujillo

El autor, Francisco Trujillo, nos entrega un valioso resumen de 130 escritores que engrandecieron la poesía en América Latina y el Caribe, y en la península Ibérica. El hilo conductor que reúne a estos poetas y poetisas de finales del siglo 19 y principios del siglo 20, es su gran sensibilidad social frente a las inequidades e injusticias, el haber militado en convicciones democráticas y humanistas en oposición al fascismo y a las dictaduras. Es un enorme y meritorio esfuerzo antológico que el autor pone en manos de los lectores.


Prólogo al libro «Versos y Utopías»

Mauricio Trujillo Uribe

El lector encontrará en este libro, Versos y Utopías, una recopilación de notas y referencias sobre 130 poetas y poetisas de origen latinoamericano y español nacidos en su mayoría entre 1875 y 1925. Ellos hicieron parte de un gran movimiento literario caracterizado por el aporte de las corrientes europeas del romanticismo y el modernismo, que se entronca con las tendencias innovadoras nacidas en América Latina, contribuyendo enormemente a la diversidad y riqueza del universo contemporáneo de las letras.

El autor, Francisco José Trujillo Trujillo, nos entrega un valioso resumen, a manera de antología, de escritores que no sólo engrandecieron la poesía sino también otros géneros como la novela, el cuento, la fábula, la narración, la prosa, el ensayo, la glosa, el teatro, la crónica y el periodismo. Se trata de un significativo recorrido por buena parte de los países de las Américas del sur, central y del caribe y por la península Ibérica. A lo largo de estas páginas encontramos personajes que escribieron desde un cierto número de poemas hasta aquellos prolíficos cuya obra se cuenta por tomos, todos ellos profundizando la identidad de sus raíces e idiosincrasia en el campo cultural.

Fueron luces de las lenguas castellana y lusitana: escritores españoles, argentinos, chilenos, uruguayos, brasileros, bolivianos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, venezolanos, costarricenses, nicaragüenses, guatemaltecos, mexicanos y cubanos. Algunos son bien conocidos, siendo en su momento laureados con el premio Nobel, o ganadores de premios internacionales de letras, de premios nacionales de poesía y literatura, así como de otros enaltecedores reconocimientos. Otros murieron en la soledad y sólo alcanzaron la distinción o la fama después de su muerte.

No pocos conocieron el exilio, fueron perseguidos, encarcelados, estigmatizados, tuvieron infancias difíciles o atravesaron extraordinarias circunstancias. También, varios asumieron en el curso de sus vidas importantes cargos y responsabilidades. Sin embargo, en el inexorable “olvido que seremos” buen número de ellos son poco o nada recordados en nuestros días.

El hilo conductor con el que el autor reúne a estos poetas y poetisas es su gran sensibilidad social frente a las inequidades e injusticias, el haber asumido un compromiso con los pobres y los marginados de la sociedad, el haber militado en convicciones democráticas, populares y humanistas en oposición al fascismo y a las dictaduras.

Sus escritos evocan la relación con las personas humildes del campo, de pueblos y regiones, abordan lo indígena y el mestizaje, la modernidad con su desarraigo y sueños incumplidos, y la esencia de las dificultades de la vida en la cotidianidad. Pero todo esto, al fin y al cabo, para levantar la voz de la solidaridad y la esperanza y dejar que fluyan en versos las utopías de justicia social y fraternidad.

Escritores de condiciones y oficios diferentes, tales que lingüistas, diplomáticos, errantes, periodistas, políticos, rebeldes, artistas, abogados, docentes, economistas, bohemios, trovadores, autodidactas, magistrados, traductores, guionistas, pedagogos, combatientes, anarquistas, filósofos e historiadores. Hicieron de la poesía un vasto y fecundo campo de sentimientos y estética, de clamor y sonido, de léxico y bordado, para evocar pasiones, amores, anhelos, incertidumbres, iras, preocupaciones, alegrías y reflexiones alrededor de la sociedad y del ser humano en una época de grandes acontecimientos.

El autor cita los datos biográficos básicos de cada uno de ellos y hace referencia a las manifestaciones del mundo literario al que contribuyeron con su propio lenguaje: la Generación del 98, los Piedra y Cielo, los Ultraístas, el Grupo de Florida, el Grupo de los Nuevos, el Neopopularismo, la Generación del 27, el Vanguardismo Latinoamericano, el Grupo de Barranquilla, la Generación de los Cuadernícolas y la Generación del 50. Francisco menciona sus principales obras acompañándolas de breves e interesantes notas y en algunos casos con versos de las mismas. Es un enorme y meritorio esfuerzo antológico de lectura y síntesis que el autor pone en manos de los lectores.

Nacido en Bogotá, Francisco Trujillo, mi padre, ha sido un devorador extraordinario de libros toda su vida. En su juventud ingresó al Seminario de Madrid, Cundinamarca, de donde se retiró antes de vestir los hábitos. Educador y estudioso constante de los problemas sociales, económicos y éticos del trabajo, fue pionero de la Seguridad Industrial e Higiene del Trabajo en Colombia. Estuvo vinculado a los movimientos cooperativo, sindical y popular, así como a actividades políticas. Trabajó al lado del sacerdote Camilo Torres en el Movimiento para el Desarrollo de la Comunidad y fue cofundador del Frente Unido.

Junto con su esposa Tila Uribe publicó el libro Desde adentro en el que ambos relatan sus experiencias como presos políticos en el período del Estatuto de Seguridad en los años 70. Ha dirigido periódicos y colaborado con múltiples revistas, y es autor del Diccionario Sociopolítico Elemental y La dura ruta del trabajo. Igualmente, ha escrito ensayos sobre el subdesarrollo en Colombia y biografías cortas de luchadores populares relevantes.

Las notas y referencias que el autor escribió en los años 90 sobre estos 130 poetas y poetisas hispanoamericanos son, desde luego, sólo una muestra de los escritores comprometidos con los movimientos sociales y políticos de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Ellas se recogen en Versos y Utopías gracias a la colaboración generosa de la Cooperativa Confiar, institución cuyos programas culturales hacen posible esta edición, esperando que este libro deleite y sirva de consulta a los amantes de la poesía.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 1 de marzo de 2017


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Prólogo al libro «Versos y Utopías» de Francisco Trujillo

Imagen: Portada libro Versos y Utopías, pintura de Francisco Trujillo Uribe

El NO ganó el plebiscito: no hay mal que por bien no venga, podríamos decir los del SI

El triunfo del NO puede abrir una nueva oportunidad para la paz, sobre la base de alcanzar un consenso nacional más amplio sobre los acuerdos, consenso necesario para la reconciliación del país.

Por Mauricio Trujillo Uribe

El pasado 2 de octubre, el NO ganó el plebiscito sobre los acuerdos de paz firmados en la Habana entre el Gobierno y las FARC, al alcanzar 50.2% de los votos depositados en las urnas, en medio de una abstención que superó el 60%.

Santos no estaba obligado a convocar este plebiscito para validar constitucional y legalmente los acuerdos de paz: la Constitución colombiana otorga las competencias necesarias al Presidente de la República para preservar y garantizar la paz del país. Él hubiese podido suscribir esos acuerdos directamente con el respaldo mayoritario del Congreso. Sin embargo, Santos quiso sacar adelante la refrendación de los acuerdos de paz para darles legitimidad política y, de paso, aplanar a su más enconado adversario político, el uribismo, convencido como estaba del triunfo del SI.

Varias cosas se mezclaron haciendo posible que la mitad de los votantes y cerca de 50 mil más, optaran por el NO. En primer lugar, el dolor y rechazo que las FARC han generado en su contra durante décadas en muchas regiones del país por sus abusos, secuestros y asesinatos. Además, gran número de colombianos no aceptan que los autores de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad no paguen cárcel. Tampoco ven una actitud sincera en el arrepentimiento de las FARC, ni les queda claro cómo repararán a sus víctimas.

Tuvo gran impacto el discurso fanático de oposición del expresidente Uribe, amplificado por su bancada en el Congreso, algunas iglesias cristianas y algunos periodistas y medios de comunicación. A todo ello se sumó la campaña de mentiras y desinformación a través de las redes sociales, numerosas noticias falsas de todo tipo circularon en contra de los acuerdos de paz. Contó también la baja popularidad del Presidente Santos, hubo mucha gente que votó NO como una manera de censurar su gestión de gobierno.

Éstas y otras razones permitieron que los promotores del NO ganaran; sus voceros hablaban de querer la paz, una paz a su manera, bajo una mirada del conflicto armado nublada por el rencor. Querían la revisión o supresión de varios puntos cruciales pactados en la Habana que de no haber sido incluidos en la mesa de negociación probablemente no se hubiese conseguido un acuerdo con las FARC, organización guerrillera que aun cuando debilitada no estaba vencida.

¿Qué sigue ahora? Se abre un período de incertidumbre, de forcejeo, pero también, paradójicamente, el triunfo del NO puede abrir una nueva oportunidad para la paz, sobre la base de alcanzar un consenso nacional más amplio sobre los acuerdos, necesario para una reconciliación del país. El Presidente debe hacer lo necesario para reconducir prontamente el proceso de paz con las FARC. Igualmente, explorar la posibilidad de involucrar al ELN a una nueva negociación, aunque parece difícil dadas las posiciones maximalistas y a la vez gaseosas de esta otra agrupación insurgente.

Se requiere el concurso de todos para encontrar la mejor salida a este impase nacional. Tanto las élites que respaldan a Santos, como la Iglesia Católica, las iglesias evangélicas, los líderes del NO, los partidos políticos y los representantes de los principales movimientos sociales, tienen el deber de encontrar un nuevo espacio de negociación para replantear la agenda de paz y acordar un mecanismo de validación legal y política que nos permita alcanzar un gran pacto nacional. En este sentido, si ello se logra, no hay mal que por bien no venga, podríamos decir quienes votamos SI en el plebiscito.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 7 de octubre de 2016


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Imagen tomada de las redes sociales

Por qué ganó el NO en la refrendación de los acuerdos de paz con las FARC

Resumen de los factores que jugaron en contra de la refrendación de los acuerdos de paz firmados en la Habana en el plebiscito realizado el 2 de octubre de 2016.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Conocidos y analizados los resultados del plebiscito por los acuerdos de paz con las FARC en el que el NO ganó con 50.21% frente al SI con 49.78%, lo cual significa en la práctica que los votantes estuvieron divididos casi por igual, un resumen de 15 factores que jugaron en contra de la refrendación de los acuerdos de paz, es el siguiente:

1- El rechazo que las FARC han acumulado en su contra durante décadas, por causa de sus acciones violentas, sirvió de combustible al NO a pesar de que esta insurgencia ha demostrado su voluntad de paz.

2- El discurso radical del expresidente Uribe en contra de algunos puntos de los acuerdos, generó temor y alarma en amplios sectores de la población.

3- El púlpito fundamentalista de algunas iglesias cristianas empujó a sus feligreses y familias a una reacción disciplinada y movilizadora por el NO.

4- A través de las redes sociales, enemigos de los acuerdos alimentaron una campaña de mentiras y desinformación con grave eco en sectores populares.

5- La imagen desfavorable del presidente Santos en ciertos sectores, llevó a una parte de los votantes al NO como una forma de censura a su gestión.

6- El nombramiento del expresidente Gaviria como director de la campaña por el SI produjo inconformidad afectando la misma, al tiempo que la publicidad por el SI apuntaba en todas direcciones mientras el discurso del NO era básicamente el mismo.

7- El debate público sobre la ideología de género en la cartilla del Ministerio de Educación, asociado hábilmente por el ex-Procurador y grupos cristianos a los acuerdos, causó ampolla en muchas familias tradicionales.

8- Los reiterados anuncios oficiales de nuevos impuestos en la reforma tributaria que el Gobierno presentará próximamente al Congreso, ayudaron a tejer la idea de que con ello se financiaría el posconflicto, influyendo en contra del SI.

9- Ante delitos de lesa humanidad cometidos por miembros de las FARC, no pocos ciudadanos consideraban pertinente la sanción de cárcel; al creer desde su punto de vista que habría impunidad, inclinaron su voto hacia el NO.

10- Aunque las FARC pidieron perdón a las víctimas, no hubo suficiente claridad sobre cómo las iban a reparar, propiciando un sentimiento de incredulidad. A su vez, la entrevista a Romaña generó dudas sobre la autocrítica de la guerrilla acerca de la terrible e inhumana práctica del secuestro.

11- El anuncio de las FARC dos días antes del plebiscito sobre la entrega que harían de sus recursos monetarios y materiales en el curso de la proceso de implementación de los acuerdos, además de tardío contradecía sus declaraciones anteriores de que no tenían dinero pues lo habían gastado en la guerra. Ello generó desconfianza y favoreció el NO.

12- La jerarquía de la Iglesia Católica colombiana no se comprometió a fondo con el SI, a pesar del pronunciamiento del Papa Francisco.

13- La actitud retrechera del Vicepresidente frente a ciertos puntos de los acuerdos de paz, reflejada en los medios de comunicación, afectó el SI.

14- Las FARC anunciaron que entregarían los menores vinculados a su organización, sin embargo, salvo la entrega de unos pocos, la opinión pública se quedó esperando este gesto decisivo.

15- La escasa cultura política en amplios sectores de la ciudadanía se reflejó una vez más en abstención electoral; gran indiferencia ante un plebiscito que buscaba cesar un conflicto armado interno de más de 50 años.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 5 de octubre de 2016


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Foto: Revista Semana