Una paz aún por escribir

El cese al fuego tras el histórico intercambio de rehenes israelís y prisioneros palestinos abre una nueva posibilidad real de negociación. Aunque los números siguen pesando –más de 60.000 muertos, 1.7 millones de desplazados y una Gaza devastada-, esta tregua frágil podría ser el primer paso para transformar la destrucción en reconstrucción y el dolor en una paz justa y duradera.

Por Mauricio Trujillo Uribe
París, 14 de julio de 2024

Las imágenes que llegan desde Israel y Palestina han conmovido al mundo. Tras dos años marcados por el miedo, la violencia y la desesperanza, se han visto escenas profundamente humanas: rehenes israelíes saliendo en libertad y reencontrándose con sus familias; prisioneros palestinos regresando a sus hogares en la Franja y Cisjordania; en Gaza, los primeros momentos sin el incesante estruendo de los bombardeos, mientras algunos intentan volver, no a sus casas sino a los escombros que quedan de ellas.

La liberación simultánea de los 20 israelíes secuestrados por Hamas y de casi 2.000 palestinos encarcelados en prisiones israelíes representa un acontecimiento largamente esperado. Es un gesto que, sin resolver el conflicto, permite vislumbrar la posibilidad de un nuevo comienzo. Queda pendiente la entrega de los cuerpos de los rehenes que perdieron la vida.

Entre los prisioneros palestinos figura el doctor Hossam Abu Safiya, director del Hospital Kamal Adwan en el norte de Gaza, detenido en diciembre de 2024. Convertido en símbolo de la guerra tras resistir un prolongado asedio al hospital –donde  murió su hijo y parte del personal médico-, fue arrestado cuando se negó a abandonar el centro durante una incursión de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y desde entonces permanecía detenido como “combatiente ilegal”.

Pero la paz no puede construirse sobre ruinas y hambre. La prioridad inmediata es garantizar que la ayuda humanitaria llegue de forma urgente y sin restricciones al pueblo de Gaza, donde la desnutrición y la inanición se han extendido como consecuencia directa del asalto israelí, en respuesta al ataque terrorista de Hamas, corresponsable en cierta medida de esta tragedia.

Según diferentes fuentes de información, la ofensiva israelí ha dejado al menos 60.000 muertos, la mayoría mujeres y niños; más de 120.000 heridos, entre ellos cerca de 13.000 con lesiones graves o mutilaciones; y alrededor de 10.000 personas bajo escombros o desaparecidos. Un genocidio. Además, se estima que 1.7 millones han sido desplazados internamente, el 90% de la población del territorio.

Donald Trump anunció un plan negociado con Egipto, Catar y Turquía para poner fin a la guerra, aceptado finalmente por las dos partes. Según fuentes diplomáticas, la presión sobre Israel aumentó tras el ataque israelí en Doha que violó la soberanía de Catar, país con el que el presidente de Estados Unidos prevé adelantar grandes negocios. A su vez, los países mediadores árabes ejercieron presión sobre Hamas, al tiempo que los gazatíes clamaban por un fin de la catástrofe.

El acuerdo consta de tres fases. La primera, que acaba de concluir, incluye el alto al fuego, la congelación de las líneas de combate y la liberación de rehenes israelís y prisioneros palestinos. La segunda plantea el retiro gradual pero no total de Israel de Gaza –dejando un “perímetro de seguridad”-, el desarme y la destrucción de la infraestructura militar de Hamas, y la oferta de amnistía o exilio para sus miembros, bajo la supervisión de una fuerza internacional que colaboraría en la creación de una nueva policía palestina. La tercera propone la creación de un gobierno transitorio de tecnócratas palestinos, supervisado por un “Consejo de Paz” presidido por Trump, junto con la participación del exprimer ministro británico Tony Blair, e inversiones para la reconstrucción del territorio y de incentivos para que la población permanezca allí.

El plan menciona de manera ambigua la eventual creación de un Estado palestino, aunque Estados Unidos evita comprometerse a reconocerlo formalmente. Sin embargo, Benjamín Netanyahu ha rechazado de plano esa perspectiva bajo cualquier marco, lo que deja en duda la viabilidad real del acuerdo y la solución de fondo del conflicto.

La reconstrucción que se requiere es monumental. Prácticamente casi nada en Gaza ha quedado en pie: viviendas, escuelas, hospitales, redes de agua, carreteras, suministro eléctrico. En estas circunstancias, la comunidad internacional tiene la obligación moral de apoyar al pueblo palestino en la tarea de rehacer no solo sus ciudades, sino contribuir a su dignidad colectiva.

Sin embargo, cualquier proceso de reconstrucción debe estar guiado por los propios palestinos. Este momento exige un profundo cambio de actitud por parte de quienes, directa o indirectamente, han sostenido la maquinaria de guerra. Bajo las administraciones de Biden y Trump, Estados Unidos destinó más de 23 mil millones de dólares a respaldar la embestida militar del gobierno de Netanyahu. Y Europa siente hoy el peso de una responsabilidad compartida, ante su inacción o tardía reacción, a pesar de las flagrantes violaciones del derecho internacional.

Si algo demuestra este plan, es que aún es posible detener la lógica del exterminio y abrir un camino distinto, ahora respaldado por los líderes de más de veinte países reunidos este lunes 13 de octubre en Egipto. Las Naciones Unidas deben tener acceso pleno para atender a la población civil y la prensa internacional debe poder cumplir su labor de informar sin restricciones.

Cuando los heridos sean atendidos, cuando la ayuda llegue a quienes la necesitan y se alcance un acuerdo duradero, el mundo deberá seguir atento. La paz verdadera no es solo ausencia de guerra: es justicia, igualdad y dignidad. Este alto el fuego no debe verse como un punto de llegada, sino como el umbral de una nueva etapa, de una paz aún por escribir.