UNA HISTORIA PARA LA PAZ años 70 y 80

Comisión de la Verdad
Entrevista a Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá - Febrero 2020

Transcripción de la entrevista grabada en la sede de la Comisión para el esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.  

Primera parte 04 de febrero de 2020  

Comisión de la Verdad (CV). Entonces iniciamos entrevista con Mauricio Trujillo Uribe a las 10:30 de la mañana del martes 04 de febrero del 2020. Mauricio, primero muchas gracias por acompañarnos hoy. En esta oportunidad queríamos hablar con usted acerca de la celebración de consejos verbales de guerra de parte de la Justicia Penal Militar a civiles. Para nosotros es muy importante entender no solamente las particularidades sino el contexto. Lo que está detrás de manera que nosotros podamos comprender no solamente un caso específico sino también la generalidad de lo que ocurría en esta época. Entonces no sé si a bien lo tiene podríamos empezar un poco por el contexto previo y la percepción o la idea que usted tenía de lo que estaba ocurriendo a finales de los años 70, no sé si quiere empezar con un corte 75, 76 o ya directamente en 1977.

Mauricio Trujillo Uribe (MTU). Bueno, gracias. Sí, hago esta entrevista entendiendo que luego de tantos años pues hay aspectos que uno no recuerda bien, y orientando inicialmente la entrevista hacia temas de contexto. Habría que decir, en primer lugar, que el consejo verbal de guerra ante un tribunal militar en el que estuve presente junto con mi padre Francisco Trujillo y mi madre Tila Uribe, tuvo lugar durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, bajo el Estado de Sitio, en la época del Estatuto de Seguridad, cuando los militares tenían competencia para juzgar a los civiles acusados de hechos contra el estado y el orden público. Este consejo de guerra al que comparecimos 21 personas ante un tribunal militar se inició en agosto de 1978, duró tres meses, finalizó hacia noviembre del mismo año. Luego hubo una apelación de las condenas por nuestro equipo de abogados ante el Tribunal Superior Militar, o sea, ante la segunda instancia. La cabeza de ese equipo era Eduardo Umaña Luna, que había sido magistrado de la Corte Suprema.  El propio Tribunal Superior Militar anula el consejo de guerra y dice: vuélvase a convocar a otro consejo de guerra por rebelión.

CV. ¿Eso en que año fue, esa anulación?

MTU. Esa anulación fue en noviembre de 1980. El Tribunal Superior Militar ordena entonces la libertad de mi madre y mi padre, y de algunas de las personas detenidas. Pasa el año 81 y en 1982 estamos a la espera de que se nos haga el nuevo consejo de guerra, pero se levanta el estado de sitio por la coyuntura electoral y pasamos a la justicia ordinaria, al Tribunal Superior Civil. Sin embargo, gana las elecciones presidenciales Belisario Betancur y da la amnistía general en diciembre de 1982 para los delitos políticos, entonces ahí termina el proceso, salimos más de 2000 presos políticos por la ley de amnistía.

CV. ¿Cómo se llega a esa situación de ese consejo verbal de guerra?

MTU. En esa época el Frente Nacional de derecho había sido sustituido por un Frente Nacional de hecho. El país seguía viviendo en la práctica bajo el régimen del Frente Nacional que garantizaba el monopolio y distribución del poder entre liberales y conservadores, al tiempo que cerraba las puertas a otros partidos, léase a los de izquierda.

El Frente Nacional como acuerdo entre liberales y conservadores, entre las élites que dirigían los partidos Liberal y Conservador, fue a mi juicio un acuerdo positivo porque permitió parar un conflicto denominado La Violencia, o la época de la violencia, de los años 50 que dejó muchos muertos, hay estimaciones de alrededor 300 a 400 mil fallecidos, más un gran número de víctimas. Ese Frente Nacional tenía la virtud de plantear: dejemos de enfrentarnos, de matarnos, de acabarnos los unos a los otros, liberales y conservadores, pongámonos de acuerdo para establecer una alternación a nivel de presidencia, una repartición de ministerios y altos cargos del poder ejecutivo, una repartición de gobernaciones, y otro tanto en la distribución del Congreso, asambleas departamentales y concejos municipales. Eso permitió evidentemente que el conflicto liberal-conservador fuera parado, que ese derrame de sangre, esa violencia, encontrará una solución política, y en ese sentido el Frente Nacional fue un paso conveniente y necesario. Pero ese pacto por un período de 16 años se convirtió, para quienes teníamos la aspiración de participar en política desde una visión diferente a la liberal y conservadora, desde una visión y posturas de izquierda, en una suerte de muro, en una exclusión de la vida política, si no se era liberal o conservador no había espacio para competir por la dirección y transformación del país.

Hay que recordar que para los años 70, el país está en amplio proceso de urbanización, que la clase media con cierto nivel de educación se interesa por modificar la escena nacional. Es un país que comienza a desarrollarse fuertemente y un movimiento estudiantil universitario que toma protagonismo en la vida política, que ya venía desde los años 60. De hecho, para mediados de los años 70 yo estudiaba Física en la Universidad Nacional de Bogotá y existía un movimiento estudiantil muy fuerte articulado con otras universidades públicas. En el fondo lo que había, en medio de la expresión beligerante que tiene toda la juventud, era un pedido de protagonismo, un reclamo de participación desde una visión alternativa, que no encontraba salida por la vía política, por causa de ese Frente Nacional de hecho.

Claro, se podrá alegar que para el período de Alfonso López Michelsen la izquierda podía participar por la candidatura presidencial. Pero el establecimiento en su conjunto, la prensa, las políticas de educación, el funcionamiento del sistema, continuaba funcionando como si fuese el Frente Nacional. Para entrar a trabajar en la administración pública, incluso para ser docente, y yo lo fui del Distrito, tenía uno que declararse liberal o conservador; si se quería conseguir un cupo en un colegio público tenía que tener recomendación de un político liberal o conservador; si no se era candidato liberal o conservador no había espacio en los medios de comunicación. Las élites políticas, la dirigencia rancia, en vez de desmontar el Frente Nacional lo que hicieron en la práctica fue prolongarlo y atornillarlo. Es decir, por eso el Frente Nacional de derecho fue remplazado por un Frente Nacional de hecho.

CV. ¿Qué otros elementos de contexto consideras importante mencionar?

Estaba de por medio lo que había pasado con la Anapo, Alianza Popular Nacional, año 70: la denuncia de robo descarado de esas elecciones presidenciales, en donde es Pastrana, candidato del partido conservador, quien gana las elecciones. Y eso sucedió a pesar de que la Anapo se presentaba bajo la etiqueta de un movimiento liberal conservador. También teníamos presente lo que había pasado en Santiago de Chile con el derrocamiento de Allende, que mostraba que la vía legal, política, estaba boicoteada por las fuerzas más reaccionarias de ese país, con el apoyo del gobierno norteamericano, el de Reagan. Traíamos ese ejemplo como algo que también podría ocurrir aquí. Pero además había otro fenómeno, la abstención electoral era gigante. Para la elección de Turbay Ayala en 1978, de muy ingrata recordación para muchos colombianos, la abstención fue más del 60%.

De otro lado, había en esa década del 70 una suerte de reconstrucción de los movimientos guerrilleros que surgieron en los años 60, las FARC, el ELN y el EPL. La formación de las FARC se produjo por el absurdo tratamiento que el gobierno de Guillermo León Valencia le había dado a lo que llamaron las Repúblicas Independientes, algo que manejado de una manera diferente hubiera podido conciliarse y el estado hacer presencia a través de cooperativas, reformas, etc. En la formación del ELN, había influido la historia de la revolución cubana como una posibilidad de acceder al poder a través de un ejército que se va formando desde los embriones de la guerrilla, hasta llegar a un ejército regular, por una combinación de lo político y lo militar. Los imaginarios sobre la revolución cubana despertaban gran admiración y entusiasmo entre la juventud universitaria y también en algunos sectores sindicales y del magisterio, a pesar de que en el fondo poco se la conocía y de que los contextos de Cuba y Colombia eran totalmente diferentes. Desde luego, a mediados de los años 70 esa guerrilla era muy diferente a la actual, los guerrilleros eran idealistas. Y estaba presente el M-19, muy activo, que venía de una formación posterior, años 70. Este movimiento guerrillero interpretaba que las elecciones fueron ganadas por la Anapo y que el establecimiento político no tenía legitimidad. De esa denuncia de robo de las elecciones surge el M-19. Un movimiento fundamentalmente urbano, inicialmente inspirados en la concepción tupamara, de los Tupamaros de Uruguay. Con una filosofía y una mirada diferente, pero igual con un enfoque de buscar hacer la revolución por la vía de las armas.

Influían también otros hechos: los imaginarios sobre la revolución en China y su campaña victoriosa de «guerra popular prolongada”, la revolución en Nicaragua en donde la guerrilla sandinista había logrado acceder al poder y el triunfo de los vietnamitas contra el ejército norteamericano. Realidades muy distintas a la nuestra que nos encandelillaban.

Al mismo tiempo estábamos en un país bastante convulsionado socialmente. Para el 14 de septiembre del 77 se había producido el Paro Cívico Nacional por la convocatoria hecha por las centrales sindicales, tanto la central liberal CTC, como la conservadora UTC, la social cristiana CGT, la de orientación comunista CSTC. Era presidente Alfonso López Michelsen. Esa convocatoria al paro nacional estuvo presidida por una serie de movimientos sociales, se habían producido paros en distintas ciudades, comunidades, recuerdo el de los Seguros Sociales y otra serie de paros regionales anteriores al paro cívico nacional. Había un contexto algo parecido en materia de agitación social al que se está viviendo ahora, bajo el gobierno de Iván Duque, con esa serie de paros que hoy se están convocando uno tras otro, en donde surgen nuevas ciudadanías. Allí, en los años 70 y 80, las nuevas ciudadanías eran el estudiantado y una clase media emergente. Hay que recordar en qué país vivíamos y en parte seguimos viviendo, un país de analfabetismo masivo, de exclusión y miseria de grandes sectores, de ausencia de una política económica de apoyo a la industria, de corrupción y clientelismo generalizado, es decir, estamos hablando de unas élites mediocres que conducían de manera mediocre y voraz el país, por decir lo menos.

Y así como los sectores de izquierda radical veían una especie de contexto favorable a un proceso revolucionario, y todo eso en el imaginario de nuestras cabezas, del otro lado las élites también se armaron un cuento en su cabeza, las élites se armaban una película del peligro inminente del comunismo, o de lo que fuese. De hecho, lo pude ver en el curso del Consejo de Guerra, los militares se movían en un concepto de defensa del orden constituido contra un comunismo mundial, siempre buscando las causas de las dificultades internas propias nuestras en factores externos. Se hablaba en esa época entonces de la Doctrina de la Seguridad Nacional como una política de las élites y de los militares para confrontar esa amenaza. Es posible que en los manuales de los militares no se hablase explícitamente de la Doctrina de Seguridad Nacional, pero en el discurso de los militares, en un Camacho Leyva y en otros sí había ese enfoque. Además reconfortado por la política del gobierno estadounidense, con la filosofía de aquella confrontación de la guerra fría. Y de hecho el Gobierno de Reagan había intervenido en Granada, estaba interviniendo también en otras partes del mundo, Afganistán, el Oriente Medio, etc. Y más todavía cuando de los 19 países que componen América Latina, 13 o 14 estaban bajo dictaduras militares.

Cuando llega Turbay, llega a la cúpula militar lo más reaccionario, lo más conservador, que se quiera. Al punto de que en un consejo de guerra, un militar llegó a decir que “era preferible condenar a un inocente que absolver a un culpable”. Pero los militares aquí no quisieron montarse en la aventura de una dictadura militar porque las élites los acompañaron en su concepto de Doctrina de Seguridad Nacional, no había necesidad. El resultado fue el Estatuto de Seguridad. Recordemos que Alfonso López Michelsen había establecido unos decretos bastante restrictivos de la libertad de expresión y movilización, bajo el Estado de Sitio que duró más de 20 años. Cuando sube Turbay Ayala esos decretos son incorporados y ampliados en ese estatuto. Y también se inspira en lo que fue la Ley Heroica de 1928, cuando la Huelga de las Bananeras. De alguna manera la doctrina de la seguridad nacional, el ejemplo de las dictaduras militares de América Latina, está presente en el Estatuto de Seguridad. Todo eso pasaba por la mente de los chicos, de las chicas, de nosotros los universitarios vinculados al movimiento estudiantil. Todo ese panorama daba para que quienes teníamos una visión y militancia de izquierda, nos radicalizáramos.

Ahora, en mi caso personal ¿por qué una lectura de izquierda? Bueno uno está ligado a lo que es su familia. La familia por el lado de mi madre proviene de una familia liberal radical anticlerical. Desde pequeño escuché hablar de mi abuelo, Tomás Uribe Márquez, cofundador del Partido Socialista Revolucionario de los años Veinte, que se enfrentó al gobierno de Abadía Méndez del 26 a 30. De Rafael Uribe Uribe y de María Cano. En la casa siempre circularon personajes, todo el tiempo. Era una pareja de militantes. Por el lado de mi padre, él iba a ser sacerdote, termina saliéndose del seminario y casándose con mi madre Tila Uribe. Mi padre y Camilo Torres se vuelven compañeros, él venía a nuestra casa. Montaron un proyecto de desarrollo comunitario y luego se embarcaron en el Frente Unido. Recuerdo que entrando en la adolescencia tuve oportunidad de ir en el carro de Camilo a una manifestación en Viotá, Cundinamarca. También recuerdo estar en Cali con mi padre en la plaza de Caicedo, Camilo Torres dando un discurso, la plaza gigantescamente llena y la gente ovacionándolo. A su vez, mi madre estaba trabajando con doña Isabel, la mamá de Camilo Torres, en programas de alfabetización para adultos, pero con un sentido de educación popular, muy orientados en la escuela de Freire.

Y recordemos que Camilo Torres termina dando el paso hacia el ELN, cuando en ese momento había un Frente Unido que llenaba las plazas. Camilo da ese paso y eso significó sencillamente el fin de una opción social y política de transformación que tuvo el país, y el reforzar de hecho, en el imaginario de nosotros los chicos y los jóvenes de la época, que era el tema insurgente, insurreccional, el que podría abrir las vías a un posible cambio social y político. Fue un momento en que tomamos decisiones con convicción, con un objetivo claramente político, con unas ideas de dar todo en la búsqueda de una mejor sociedad.

CV. Antes de iniciar esta entrevista, mencionaste el caso de Omaira Montoya.

Bueno, llegamos al Paro Cívico Nacional del 14 de septiembre de 1977. Los militares habían exigido el endurecimiento de las leyes. Había en la clase dirigente un temor y una cierta exageración de lo que se estaba viviendo.  De lado de la izquierda radical también había una exageración, se pensaba que se estaba ad portas de una coyuntura revolucionaria o algo así, y de hecho los sectores más radicales veían el paro incluso con cierto tinte insurreccional. Y estando en Barranquilla me detienen junto a Omaira Montoya Henao, a ella la desaparecen. Nos capturan la víspera del Paro Cívico Nacional. Estábamos participando en la organización del paro cívico nacional, ese era el objetivo de nuestra presencia allí. En las calles, en los puentes, en todas partes, las autoridades estaban muy presentes, haciendo detenciones, haciendo redadas, haciendo control. Íbamos en un carro Simca, yo manejando, Omaira al lado, y frente a un almacén Ley que acababa de ser inaugurado, paramos, y en ese momento aparecieron de todas partes hombres armados ordenándonos que bajásemos del carro, eran hombres de civil del F2, un organismo de la Policía que existía en ese momento.

CV. ¿Entonces ustedes traían el vehículo en marcha y les detienen civiles, por lo menos, personas vestidas de civiles?

MTU.   Sí, personas vestidas de civil. También había policía. Entonces yo me bajo del carro, eran casi las seis de la tarde, salía mucha gente del almacén Ley y comienzo a gritar y a decirle a la gente: me llamo Mauricio Trujillo Uribe, infórmenle al rector de la Universidad Nacional Luis Carlos Pérez de esta detención, infórmenle a la prensa que estamos siendo detenidos. ¿Por qué lo hago? Porque ya para este momento teníamos noticias de desapariciones de personas detenidas. En ese momento también Omaira sale del vehículo e intenta escabullirse dentro de la gente sin lograrlo. Nos llevan a una camioneta de la policía, un poco antes de subirme veo a una persona que me está haciendo con la mano como una V, una señal, el hecho es que la captura mía, no la de Omaira, aparece en el noticiero, un noticiero que se llamaba A3, después lo supe, dos veces esa misma noche. Nos llevaron por senderos, por trochas, hasta un paraje, a las afueras de Barranquilla. Allí me pasaron una cuerda y me colgaron de un árbol. Y la última imagen que tengo de Omaira es ella estando frente a un jeep, porque me pegaron un golpe en la cabeza que me hizo perder el conocimiento. Y no recuperé el conocimiento sino hasta el día siguiente, dentro de una camioneta diferente, y para ese momento no tenía sensibilidad de la cintura hacia arriba. Más adelante van a un terreno destapado y allí llegan varios vehículos del ejército y entonces sencillamente me pasan a cargo de los militares. Me llevaron a un cuartel de Barranquilla, a una enfermería, y me tuvieron allí, recuerdo al médico pendiente, me atendieron en términos médicos. Allá fueron dos individuos del Batallón Charry Solano, de inteligencia militar, que vinieron de Bogotá a interrogarme pero el médico no lo permitió. Posteriormente como a los cuatro días me presentaron frente a un juez militar, cuando me interroga no me pregunta por Omaira, entonces en un primer momento me quedo callado pero ya después cuando ya parece que va a terminar le digo… bueno, pero a mí no me han capturado solo, entonces me dice ¿cómo?, ahí es cuando yo le explicó que yo venía con Omaira Montoya y había pasado esto y esto. Él me dice que él no tiene ninguna información, que la información que le han entregado los militares es que me han capturado solo. Un tiempo después, un día viene a la cárcel el abogado Ciro Quiroz, trae un papel que ha recibido que relata el momento en que nos detuvieron y la manera como ellos se llamaban, “fierro 1”, “fierro 2”, y decía que Omaira había muerto y la habían enterrado cerca a una población que se llama Caracolí. Eso es todo lo que sé hasta el día de hoy con relación a Omaira. Era una compañera de gran calidad humana, una mujer simpática, tenía 27 años, bacterióloga de la Universidad de Antioquia, trabajaba en un hospital público y el banco de sangre de Medellín, era activista del movimiento sindical del sector de la salud pública. Su desaparición es el primer caso registrado por el Centro Nacional de Memoria del actual conflicto, pero luego con tantos desaparecidos que hubo después… Luego ella se convirtió en un símbolo de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Después me trasladaron a Bogotá a la cárcel de La Modelo. Había un grupo de presos acusados de pertenecer a diferentes organizaciones insurgentes, también habían presos sociales, si se puede decir así, porque para ese momento participar en un movimiento en la calle o en una huelga que se considerase perturbaba el orden público, era sancionado con cárcel. ¡Y habían detenido a muchas más personas! Allí pude constatar lo de las torturas, los que venían del M-19 que traían de las caballerizas, los del EPL con los dedos fracturados, aquellos que venían de la protesta social también súper aporreados. Se copió, en buena parte, lo que se hacía en las dictaduras militares del Cono Sur.

CV. ¿Todas estas personas que sufrían estas prácticas de torturas fueron después llevadas a concejos verbales de guerra o algunas simplemente no llegaron?

MTU. En mi conocimiento, la mayoría fueron llevados a consejos de guerra, pero otros no fueron llevados porque se levantó el Estado de Sitio para la coyuntura electoral del año 82 y enseguida vino la amnistía para todos. También porque las personas detenidas que fueron desaparecidas, no fueron pocas. Pero la sociedad civil comienza a reaccionar y entonces se realiza el Primer Foro por la Defensa de los Derechos Humanos en 1979. La sociedad civil y los sectores democráticos de todas las orientaciones comienzan a moverse y a dar la pelea contra algo que se implantó a la sombra del Estatuto de Seguridad: la práctica sistemática de las torturas a los detenidos acusados de participar en procesos insurgentes. Y reaccionan no solamente los sectores de oposición al gobierno o de izquierda, reaccionan los liberales, reaccionan los conservadores, reacciona la Curia; porque no se podía generalizar y decir que todas las élites eran iguales, ¡no!, había sectores muy de derecha y sectores mucho más sensibles a un Estado y a un país democrático, de democracia liberal. Y vienen las denuncias. El país de repente se encuentra entonces bajo la mirada fiscalizadora de las entidades internacionales, de los organismos de derechos humanos internacionales. Las élites que habían impulsado el Estatuto de Seguridad tampoco era que tuviesen total latitud para actuar. Comienza a darse una respuesta a esos abusos de autoridad, crímenes cometidos, personas desaparecidas. Y Amnistía Internacional en su momento, a finales de 1979 u 80, hace la declaración de que en Colombia hay violación sistemática de los derechos humanos en Colombia. De otro lado, el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, que se creó en Colombia a comienzos de los años 70, desarrolla algo interesante que fue acudir a los colombianos en el exterior para que adoptarán a un preso político y comenzasen hacer las denuncias a nivel internacional, y a mí me correspondió el comité de solidaridad de Londres. Bueno, es en todo este contexto que se produce la convocatoria al consejo de guerra verbal que tiene lugar en Puente Aranda, Bogotá.

CV. ¿Dentro de un cantón militar?

MTU.   Dentro de un cantón militar. Es una suerte de parodia macondiana, parece una novela de García Márquez. Pero digamos que ese el contexto general, la parábola en la cual hay que inscribir el Consejo de Guerra.

CV. Mauricio, entonces vamos a quedar en que hacemos una segunda sesión.

 

Segunda parte 11 de febrero de 2020

CV. Siendo las 10:45 de la mañana del 11 de febrero de 2020, continuamos con la segunda sesión de la entrevista con Mauricio Trujillo Uribe, en la Comisión de la Verdad.

MTU. Entonces llegamos al consejo de guerra. Nosotros éramos 21 personas que fuimos llamados al consejo de guerra acusados de colaborar con el ELN. Es importante aclarar que esa organización no tenía las características que hoy conocemos, hay que recordar que en esa época, años 70, ese movimiento guerrillero tenía cierta simpatía en sectores de estudiantes y docentes, en medios sindicales, en comunidades de sacerdotes y monjas, entre intelectuales y artistas. A los rebeldes se les veía como idealistas. Ahora bien, la Justicia Penal Militar hacía parte del Poder Ejecutivo y no de la Rama Judicial. El juez de primera instancia era el comandante de la Brigada, ni más ni menos, y cumplía funciones administrativas, militares y judiciales. Se nos juzgó y condenó por militares que eran juez y parte al mismo tiempo, en un juicio en donde los militares que hacen parte de las Fuerzas Armadas estaban juzgando a sus enemigos, ellos lo veían así, y a partir de ahí toda posibilidad de imparcialidad estaba descartada. Los militares que combatían a los rebeldes, que los perseguían, que los capturaban o daban de baja, eran ahora nuestros investigadores, eran ahora los que hacían los informes, los que integraban los consejos verbales de guerra, los que nos juzgaban, los que nos dictaban sentencia: eran juez y parte. Pero además hay otro hecho, ¿cuándo entramos al consejo de guerra, qué encontramos? El presidente del consejo de guerra, era un brigadier general, luego venía el fiscal, el fiscal tenía un grado militar menor que el presidente, luego los vocales, que eran los jueces, tenían grado menor que el fiscal, y luego los abogados de oficio, eran tenientes de menor grado, de menor jerarquía militar. Había una estructura jerarquizada y subordinada en el consejo verbal de guerra, y eso contaba entre ellos, no había independencia.

Ahí, en el consejo de guerra había cosas fuertes. Cuando llegábamos de la cárcel al consejo de guerra, los primeros días, había fácilmente 200 personas al frente del Batallón protestando por nuestro consejo de guerra. Gente diversa, estudiantes, sindicalistas, un movimiento de solidaridad de distintos sectores sociales. Los militares no se esperaban eso y pusieron unas barreras y fueron alejando a la gente cada vez más, y entonces cada vez más nos traían por rutas en donde no pasáramos al frente de todas esas personas. Prohibieron la audiencia pública, al principio, el primer día sí, pero después no. Tampoco dejaban entrar a nuestras familias. Mis dos hermanas, Esperanza y Pilar, mi hermano Francisco, nuestros queridos tíos y tías, primos y primas, fueron nuestro sustento espiritual durante todo ese período del consejo de guerra y de la cárcel. Mi cuñado, mi novia, los amigos de la familia, que fueron muchos, simpatizantes, en fin, mucha gente solidaria.

En los consejos de guerra, las pruebas se pedían allí mismo, no podían practicarse sino en el recinto donde éste se desarrollaba y no por fuera. Las pruebas allegadas al consejo de guerra nuestro, fueron las que presentó el servicio de inteligencia militar Charry Solano. Pruebas amañadas, acomodadas e inventadas en su gran mayoría, en muchas cosas. Quienes presentaban las pruebas eran los mismos militares, no existía una entidad externa al servicio de inteligencia que pudiese controlar cómo se hacían las pruebas, que pudiese establecer digamos la legitimidad y el protocolo de cómo se hacían las pruebas. Y es más, hicieron todo un juego con la prensa para señalarnos de unos cargos en los que no teníamos absolutamente nada que ver. Fue algo muy injusto e indignante.

Teníamos un equipo como de 10 abogados, que ejercieron la defensa de manera gratuita, de manera voluntaria, solidaria. La cabeza de ese equipo de abogados era el maestro Eduardo Umaña Luna, y luego había una serie de abogados jóvenes, bastante jóvenes, porque él si tenía cierta edad, donde estaba su hijo Eduardo Umaña Mendoza, pero también estaba Humberto Vergara, Alberto Alava, Eduardo Carreño y bueno se me escapan otros nombres en este momento.

CV. ¿Una pregunta, usted tuvo la oportunidad de elegirlos a ellos o cómo llegó a este equipo, de qué manera se contactaron con usted?

 MTU. Yo creo que fue a través de mi padre, porque el maestro y doña Cheli, su esposa, eran bastante cercanos a la casa, como lo fue en su momento una serie de personalidades, de personajes, en razón del tipo de familia que era mi familia. Y porque también en ese momento ya había el Comité de Solidaridad y ellos se organizaban, había ya un equipo de defensa de los presos políticos para ese momento gracias al Comité de Solidaridad.

CV. ¿Se acuerda de pronto de alguna estrategia que estuviesen hablando sobre la defensa que iban a llevar?

MTU. La estrategia de los abogados era desmontar cargo por cargo. Para eso pidieron más de 40 pruebas y el presidente del consejo de guerra solamente aceptó tres. Esas eran las pruebas para demostrar que las acusaciones eran espurias, fabricadas, manejadas. Entonces, a partir de ese momento, cuando se niegan todas las pruebas, los abogados y nosotros nos reunimos y se toma la decisión por parte de ellos, con nuestro acuerdo, de retirarse del consejo de guerra, y es de esta manera como se produce una ruptura jurídica. Porque hasta ese momento queríamos dar la pelea jurídica, aún en los términos de justicia penal militar, para demostrar que lo que se nos estaba imputando no era así. Pero ya en el momento en que no hay posibilidad de presentar las pruebas que nos permitan defendernos pues no tenía más sentido, y los abogados se retiran. Ah, bueno, nos pusieron unos defensores de oficio, militares también, claro. Eran unos jóvenes tenientes, vestidos impecablemente, con sus sables elegantes, y que no tenían la menor idea de derecho, de juridicidad, como lo pudimos comprobar más tarde. A partir de allí nos negamos a entrar al consejo de guerra, pero nos entran a la fuerza, cargados, forzados a estar en el consejo de guerra. Venían los soldados y nos alzaban de manos y pies, nosotros no oponíamos resistencia, y ya en el recinto del consejo de guerra nos dejaban acostados en el suelo escuchando de fuerza todo el día el proceso. No sé si ustedes alguna vez escucharon hablar de una caricatura que se llamaba “El extraño mundo de Subuso”, hace muchos años.

Voy a permitirme leer unos apartes del libro de Tila Uribe, mi madre, que se titula “Desde adentro”. Es el diario que ella llevaba. Dice así:

Hoy se inicia el consejo de guerra. Ayer me trajeron de Zipaquirá en medio de un desplegué militar aparatoso. La Corte para mí tiene un interrogante: ¿De qué delito van a acusarme concretamente? Tiene también expectativa porque anhelo encontrarme con Francisco y Mauricio, y con los compañeros con quienes seré juzgada. Me invade el desaliento al pensar que iniciamos esta dura prueba, no partiendo de cero sino de menos cero. Porque vamos a ser juzgados por fuera del poder judicial, porque llegamos con 18 meses de cárcel y un cúmulo de piruetas jurídicas que aseguran su ventaja. Como si toda esta carga fuera poco, es mucha la mortificación de ver como algunos medios de comunicación, especialmente El Tiempo, nos convirtieron en mercancía, además la forma como han venido presentando “los hechos”, entre comillas los hechos, con titulares que hacen desorbitar los ojos. Pero en esta mezcla de sensaciones también hay coraje para enfrentarse con sobradas razones y acusar a los acusadores.

Nos bajaron frente a una estructura teatro-galpón y momentos después llegó el camión militar con los detenidos de La Picota, lo que presenciamos nos impactó terriblemente: contra el piso del camión venían tendidos los prisioneros, el teniente había ordenado a la tropa llevarlos así. Poco a poco empezaron a llegar los abogados, los saludamos con cariño y ellos a nosotros. Entramos al gran salón, al fondo un inmenso telón rojo oscuro cubriendo el semicírculo de la pared, al frente el estrado donde se sienta el presidente del consejo, a su diestra el fiscal y más abajo también en el centro los tres vocales. En tono inmarcesible el presidente declaró abierto el gran simulacro. Pero no habíamos alcanzado a sentarnos cuando mi hijo Mauricio habló en voz alta: “¡Falta un asiento señor presidente!”. Como todos los presentes veíamos extrañados que estaban completos, el presidente preguntó: “¿Cuál?”. “El de Omaira Montoya. ¿Dónde está ella?” Todo fue silencio y a continuación dijo el presidente… “Comienza el consejo verbal de guerra”, etc., etc. “Señor presidente, exigimos que se les dé un mejor trato a nuestros compañeros en el traslado de los camiones”. “Son medidas de seguridad”, contesta.

Han pasado 45 días asistiendo a esta especie de funeral, 45 días de martirio también para nuestros abogados, porque los obstaculizan, requisándolos, desinformándolos, tratándolos despectivamente. Vemos sus esfuerzos, su indignación, recitan los derechos del detenido, en vano. Los vocales mientras tanto bostezan o duermen por raticos, medio doblándose hasta adelante o hacia atrás como si le pesaran demasiado sus medallas y condecoraciones, están en las nubes, cuando se supone debían estar concentrados. Con los abogados comentamos las sesiones y en los recesos nos acompañan, orientan y dan fuerza moral. Cada vez que intervienen da gusto oírlos por la seguridad de sus razonamientos.

Solicitaron nuestros abogados que se adelantaran pruebas para desbaratar absurdos cargos que se nos hacían. Los vocales adiestrados para no mover un solo músculo de la cara excepto los párpados que se les caen de sueño, debían negar o asentir con las frases “No es conducente” o “Sí es conducente” a cada petición, lo que varias veces inconscientemente trastocaron en “No es conveniente”. Esto llevó a combinar nuestra indignación con risa y el lapsus fue especialmente significativo cuando nuestros abogados pidieron una inspección al cuarto de torturas, y el primero de los tres «cara de palo» contestó entre dormido y despierto “No es conveniente”, frase bien desafortunada para él, que registró la revista Alternativa. El maestro Umaña Luna llamó a este engendro jurídico una tragicomedia, nada más acertado.

Hasta las siete de la noche ya mi resistencia física se agota, el receso duró casi dos horas, para ellos de descanso, para nosotros de hambre a la intemperie. A las diez de la noche las voces de los dos tenientes al mando de los tres camiones, retumban en la oscuridad y subimos despidiéndonos con un “hasta mañana compañeros, ánimo”. Los vemos alejarse, llevan las manos esposadas y la cabeza erguida. Finalmente llegamos a la cárcel, ¡qué descanso!, las guardianas nos guardan la comida aún caliente que otras presas políticas nos dejaron preparada”.

Hasta aquí el relato de mi madre. Voy a terminar leyendo unos apartes de la defensa de mi padre Francisco Trujillo. Esto fue lo que él manifestó:

 En este vergonzoso y amañado consejo de guerra, el fiscal siguiendo instrucciones de sus superiores, pretende lo imposible. Pretende demostrar que nosotros luchadores del pueblo, somos delincuentes comunes, por eso lo hemos visto enredarse permanentemente, contradecirse, confundirse y sobre todo, porque no puede ser de otra manera, tergiversar los hechos, acomodarlos a los intereses de la acusación, ocultar todo cuanto en el expediente figura a favor nuestro. En este consejo de guerra, la oficialidad encargada de juzgarnos actuará como un solo hombre: la mejor prueba está en ese documento enviado por el General Camacho Leyva en el que vehementemente afirma que debemos ser condenados por asociación para delinquir, documento que apareció en el expediente casi de último para que quedara mejor grabado en la cabeza de la oficialidad que nos juzga. No pueden en consecuencia ser imparciales los oficiales a cargo de la vocalía, ni el presidente, ni el fiscal, ni el auditor. ¿Para qué predicar una imparcialidad de tal naturaleza a todas luces falsa?

La intención de convertir los delitos políticos en asociación para delinquir no es la primera vez que se intenta en el Estado colombiano. Recordemos que los huelguistas de Barranca de 1926, 1928, 1948, 1953, 1972, siempre fueron juzgados como delincuentes comunes y por asociación para delinquir. ¿Acaso los 108 encarcelamientos de Quintín Lame fueron como preso político? No, como delincuente común. ¿De qué se acusó al secretario del Partido Comunista de la población de Viotá en 1953? De asociación para delinquir. ¿Y por qué se juzgó y condenó a los militantes del EPL en Medellín en 1974? Por asociación para delinquir. Las leyes especiales de carácter represivo y los decretos del mismo tenor, corresponde siempre a épocas de lucha y agitación popular. ¿Qué decía la Ley Heroica que precedió a la masacre de las Bananeras? «Constituye delito agruparse, reunirse o asociarse ba­jo cualquier denominación para alguno o algunos de los siguientes propósitos: fomentar la abolición o desconocimiento por me­dios subversivos del derecho de propiedad; promover, estimular o sostener huelgas; quienes por medio de discursos, gritos, amena­zas, escritos o impresos promuevan la lucha de clases”. ¿Qué decía la ley de ilegalización del comunismo en 1956? “Quien tome parte en actividades políticas de índole comunista; quien figure en una lista, libro, registro, correspondencia de orden comunista; quien contribuya económicamente; quien redacte documentos, panfletos”, etc. ¿Qué dice el Decreto de Turbay? “Los que promuevan, encabecen o dirijan un alzamiento en armas contra el gobierno nacional; los que invadan predios, haciendas, carreteras o vías públicas; los que participen en perturbaciones del orden pú­blico; los que perturben el desarrollo pacífico de las actividades sociales; quienes ocupen transitoriamente lugares públicos o abiertos al público u oficinas para presionar una decisión; quienes impriman, almacenen, distribuyan o trans­porten propaganda subversiva o dibu­jos ultrajantes o exhorten a la rebelión”. Este es un consejo de guerra político y nosotros sin la menor duda somos presos políticos, como lo saben Turbay y todos sus ministros.

Hasta aquí la intervención de mi padre. Me acordé de que Turbay Ayala dijo, en un viaje que hizo al exterior por esos mismos días, que “el único preso político era él”.

Una vez finalizado el consejo de guerra nuestro equipo de abogados retoma el proceso y apela ante el Tribunal Superior Militar. Y es el propio Tribunal Superior Militar el que anula el consejo de guerra y las condenas. Eran magistrados civiles cooptados por la justicia militar, quienes por unanimidad van a decir esto está mal calificado, esto es rebelión, vuélvaseles a convocar a otro consejo de guerra por rebelión. Esa anulación fue a finales de 1980 y ordena la libertad de mi madre, mi padre y otras personas. Y entre ese momento y agosto de 1982 estamos a la espera de que se nos haga el nuevo consejo de guerra.

CV. ¿En todo ese tiempo estuvieron, usted estuvo detenido sin juzgamiento, desde la apelación hasta el levantamiento del estado de sitio y paso a la justicia civil?

MTU. Sí, entre tanto estábamos detenidos. En mi caso estuve en la Picota, en la isla prisión Gorgona y en la Penitenciaría del Barne que era supremamente dura. Fue entonces cuando el M-19 se tomó la Embajada de la República Dominicana para denunciar al Gobierno de Turbay como violador de derechos humanos y pide la libertad para todos los luchadores populares y revolucionarios, me acuerdo que así se decía. Para ese momento nos habían trasladado a la Gorgona a varios presos políticos, allí había otros, a pesar de que la Corte Suprema de Justicia había sacado una providencia que decía que no se nos podía llevar a ese establecimiento, pues sólo era para personas condenadas en firme a largas penas.

CV. ¿Qué fecha perdón? Estamos en los 80.

MTU. Estamos hablando del año 1979 o 1980. Al final el M-19 va reduciendo el número de prisioneros que pedían, al principio pedían la libertad de todos, y después va reduciendo y va reduciendo y va reduciendo, al final queda una lista que el mismo Jaime Bateman la hace de puño y letra, y en el séptimo lugar se encuentra mi nombre. En la cárcel me había pronunciado varias veces a través de medios de comunicación y de una revista que se llamaba Trópicos, y dije que podíamos pensar en cambiar esa dinámica de confrontación bélica, de confrontación armada, a cambio de la libertad de los presos políticos y de una apertura democrática. Porque llegué a la convicción muy rápidamente que el remedio que se pretendía utilizar para curar la enfermedad podría resultar peor que la enfermedad misma. Es decir, que la confrontación bélica, la revolución armada, la lucha por la vía insurgente, resultaba en sus consecuencias mucho peor que la situación misma de la sociedad que se quería transformar. Recuerdo también que en la penitenciaría de El Barne logramos editar, un compañero del M19 y yo, una revista que se llamó La Ventana, todavía tengo los machotes originales, y hacerla publicar en el exterior, y allí ya hablábamos de la necesidad de un diálogo y una apertura política y de salir hacia la paz.

De esa toma de la Embajada, si bien no se logra la libertad de nosotros, si se logra una luz de negociación al final del túnel: Jaime Bateman plantea la necesidad entonces de una amnistía general por la vía del Congreso y en el marco de una negociación. ¿Qué pasa? Ese cambio de discurso no era necesariamente un discurso en su primer momento para abrir una negociación sino más bien para deslegitimar al adversario, en el sentido de que “el otro adversario no quiere la paz y nosotros sí”. Pero sumada la presión internacional que había en su momento sobre el Gobierno de Turbay, y a la presión de los sectores democráticos del país, da por resultado que también Turbay Ayala da un giro y comienza a pensar en la posibilidad de una amnistía. Y en efecto propicia una amnistía pero bajo el concepto de “Ustedes están derrotados y nosotros en nuestra magnanimidad les damos una amnistía con tales y tales condiciones”. Allí también podría haber la misma intención del lado de Turbay, deslegitimar al otro. Pero en medio de esas intenciones ambivalentes, se va abriendo paso la negociación de paz. Se da una primera amnistía que nadie acepta. Luego una segunda amnistía que sólo unos pocos nos pronunciamos en favor, considerando que se podría tomar como un primer paso para luego proseguir la negociación. Pero esas dos amnistías finalmente fracasan.

En 1892 ya nos iban a convocar al nuevo consejo de guerra por rebelión, pero se levanta el Estado de Sitio por la coyuntura electoral y el proceso pasa a la justicia civil. Pero gana Belisario Betancur, da la amnistía y entonces nos cobija la amnistía. ¡Quién toma la caña, quien sí se embala en el tema de un proceso de paz, es el propio Belisario Betancur cuando sale electo presidente! Este proceso de paz tuvo sus primeros pasos con Belisario Betancur y con el gobierno de Belisario Betancur. Esa ley de amnistía, que significa perdón y olvido jurídicamente hablando, se produce en diciembre de 1982, pero cada quien tenía que tramitarla individualmente y por tanto yo no obtuve la libertad sino en febrero del 83. Ahí termina el proceso. Salimos más de dos mil presos políticos por la ley de amnistía.

CV. ¿Qué pasó luego del consejo de guerra?

Ese mismo año, 1983, se daban las elecciones territoriales para asambleas y concejos, y fui electo Diputado por un movimiento que se llamaba Firmes, dirigido por el maestro Gerardo Molina, que hacia parte de una coalición llamada Frente Democrático. Me presenté a la Asamblea de Cundinamarca por las listas de Bogotá y fui electo, soy el primer beneficiario de la ley de amnistía en haber sido electo a una corporación pública por voto popular. Para ese momento ya mojábamos radio, prensa y televisión, y yo me pronunciaba muy fuertemente en favor de la paz, y en 1985 cuando el M-19 se toma el Palacio de Justicia, semejante barbaridad, yo me pronuncio y digo que “El M-19 le ha puesto conejo al país”. Lo cual no justifica la otra barbaridad, la de la retoma del Palacio de Justicia por el ejército, ni ésta exime a Belisario Betancur de su responsabilidad. A finales de 1985, estando en pleno ejercicio de diputado, tomo la decisión de irme para Francia, por amenazas. Es el mismo Carlos Jiménez Gómez, Procurador General, quien me llama en una ocasión y me dice: Mauricio, mejor váyase del país. Gracias a las gestiones de Pepe Gutiérrez y Fals Borda, Amnistía Internacional envía una persona desde Londres, llego entonces a Francia y el gobierno francés me acoge, me da todas las oportunidades. De hecho, el Estado francés tiene una larga tradición de recibir y acoger exilados políticos de todo el mundo. El viaje a Francia también me permitió reunirme con mi madre, mi padre y mi hermano. Para ese tiempo mi madre se encontraba en París por invitación de la Fundación Mitterand, que dirigía Madame Mitterrand, esposa del presidente de Francia en esos años, y mi padre también por invitación de la Confederación Francesa De Trabajadores. El encuentro, luego de tantos años de dificultades, fue maravilloso, siempre lo tendré presente.

En esta nueva etapa de la vida fundé una familia, tuve dos hijas, Tila y Maīa, que hicieron su vida en Francia. Hice una carrera universitaria en Ingeniería Informática. Entré a trabajar con el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia y me dediqué a los temas de ciencia y tecnología. Fui cofundador de la Asociación para el Avance de las Ciencias y las Tecnologías en Colombia, que más tarde se convierte en la Red Caldas de Colciencias. Me dedico también de nuevo a lo que siempre hice en materia de deporte, la maratón, y a la música. Hacia el año 2005, asisto al congreso fundacional del Polo Democrático Alternativo en Bogotá y soy electo miembro de la Dirección Nacional y de su Comité Ejecutivo Nacional en representación de los colombianos en el exterior. Pero cinco años después tomo la decisión de renunciar a esa representación y a ese partido. Y regreso a Colombia en el 2012, cuando el alcalde Gustavo Petro me propone como Alto Consejero de las TIC para la ciudad de Bogotá. El ejercicio que hice como Alto Consejero de las TIC fue un ejercicio en proyectos de Ciudad Inteligente. Estuve tres años. Luego regresé a Francia en donde vivo actualmente y estoy dedicado hoy en día a temas de arte y cultura en la radio, y pare de contar.

Termino aquí este relato para la Comisión de la Verdad, a la que agradezco su invitación para realizar esta entrevista. Quisiera finalizar diciendo que 40 años después de vivir todos estos acontecimientos, los recuerdo con tranquilidad, sin rencores, sin lamentos, en paz. Colombia requiere despolarización y consensos. Hoy por hoy las cosas han cambiado. La lucha legal, democrática y pacífica está plenamente justificada después del cambio constitucional, la nueva Constitución de 1991. No hay ninguna razón para haber proseguido en la gesta insurgente. En estas cuatro décadas, a pesar del momento que estamos viviendo, el país ha venido cambiando, creo que con el tiempo nuestra sociedad y la democracia en su conjunto han progresado, sobre todo la educación se ha ampliado, el número de alcaldes y gobernadores alternativos se ha multiplicado, y en general las condiciones para que Colombia salga adelante se han ido forjando.  Es como lo que yo quisiera decir como conclusión, es eso.

CV. Muchas gracias señor Mauricio Trujillo, de esta manera terminamos esta sesión de entrevista en la Comisión de la Verdad.

 Esta entrevista ha sido editada para efectos de hacerla más corta y fluida, conservando lo sustancial de su contenido original.