PACO EL SEMINARISTA

Fotos: yomismo – cathopic

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Por: Mauricio Trujillo Uribe
Diciembre 2019

La plaza de Alfaro estaba llena, la gente apretujada, hombres y mujeres codo a codo. En la tarima donde yo me encontraba decían que eran más de veinte mil. Habían llegado con sus pancartas desde diferentes puntos de Cartago para escuchar al orador que llamaba a conformar el gran movimiento de los no polarizados. ¡Quién lo creyera! el amigo de mi padre, que visitaba nuestra casa cuando éramos niños, se había vuelto figura nacional y ahora se dirigía a una multitud que lo oía con atención y, sobre todo, con entusiasmo.

Recordé que ya había visto una actitud similar hacia él, un año antes, en una reunión de gente humilde en un salón comunal levantado con tablas y tejas de plástico. Yo estaba entonces en vacaciones escolares y mi padre me preguntó si quería acompañarlo. No lo dudé, le respondí que sí. A mi edad ese viaje era toda una aventura.

─Saldremos el sábado después de medianoche para Manizales. Tú vas y vuelves con el grupo, yo lo haré en la camioneta de la fundación. Pero cuando estemos allá te mantendrás siempre a mi lado y serás sólo oídos –me advirtió.

Me embarcaron en un bus de color verde, grande, moderno. Éramos veinte: subí de primero, luego un señor ya mayor que me saludó muy afectuosamente, eso me sorprendió, y enseguida los demás, eran universitarios. En la parte de atrás del vehículo llevaban gaseosas, cajas de galletas, libros y otras cosas, en particular un proyector enorme que tenía dos carretes, un telón plegable y una planta eléctrica. Al llegar a nuestro destino, en la mañana, descubrí un conjunto de casitas improvisadas alrededor de cinco calles de tierra pisada, en una loma en las afueras de la ciudad. Los habitantes nos recibieron sonrientes y rodearon con afecto al invitado especial. De cuarenta y tantos años, alto, amable, su figura y condición inspiraban confianza.

Recorrió el lugar saludando y hablando con unos y otros, antes de pasar a la reunión en donde mujeres curtidas, hombres de camisa arremangada y ancianos curiosos, se acomodaron para escucharlo. Al terminar su charla en medio de aplausos y abrazos, hubo sorpresa y algarabía cuando mi padre, ubicado atrás del salón, operó el proyector y una luz potente iluminó el telón sobre el que rodó un corto metraje mostrando cómo hacer letrinas en toda la regla. Cuando emprendimos el regreso al anochecer, el grupo estaba contento: cantaban, echaban cuentos y comentaban la jornada sacando pecho. Y en ese ambiente, el veterano, que se había sentado a mi lado, me contó esta historia:

Una noche Paco no conseguía conciliar el sueño… no era normal, por lo general dormía de un solo tirón. Se recostó contra el espaldar de su cama preocupado por lo que le había dicho un pariente suyo cuando fue a visitarlo a la parroquia.

─¿Y usted cómo cree que le va poder ayudar a su mamá cuando lo manden de cura a un pueblo en medio de la nada?

Esa pregunta lo atravesó como un rayo. Matilde había llegado a la capital embarazada de él, y aunque había sido maestra rural no tuvo otra opción que ponerse a coser para ganarse la vida. Madre soltera, había querido escapar a la censura beata de su pueblo.

Paco notó a través de la pálida oscuridad que su compañero de dormitorio no estaba en su cama. Habrá ido al baño, supuso. Se había entendido bien con René, el padre que oficiaba la misa, a pesar de la diferencia de edad: él con veintiuno, aquel en los treinta. Lo sentía sincero y además contaba historias graciosas e interesantes de su viaje a Bélgica. En cambio, el cura titular, un hombre mayor, era colérico y autoritario. Todo le disgustaba. Quizás por eso Paco echaba de menos la vida del seminario, había sido enviado recientemente a la parroquia de San Mauro como paso previo a vestir los hábitos.

Sus primeros recuerdos lo llevaban justamente a la cocina del seminario en donde Matilde, por fin, había conseguido un trabajo estable como ecónoma encargada de las compras y de hacer equipo con las cocineras para alimentar cuarenta vocaciones. Cuando no tenía con quien dejar al niño, lo traía. Paco revoloteaba por entre las piernas de las mujeres y cuando se alejaba por los pasillos su mamá lo devolvía de una oreja. Hasta que un día, afortunado para ella, la llamó el padre superior a su despacho y le propuso que dejara a su hijo con ellos.

─Con la ayuda de Dios nos encargaremos de su educación y lo llevaremos por la senda religiosa –le dijo.

Sus palabras fueron agua bendita para la señora. ¡Qué más podía pedir, su niño tendría techo y comida asegurados, y sería sacerdote a mucho orgullo! Se deshizo en agradecimientos y rezó. Un tiempo después Matilde regresó a su tierra natal.

René se está demorando, es extraño, pensó el seminarista. El baño quedaba al final del pasillo de ese segundo piso. ¿Y si le pasó algo? se dijo a sí mismo. Inquieto, se levantó y miró por la ventana hacia la calle. Todavía seguía allí el cordón de policía que desde hacía varios días rodeaba la fábrica de cerveza contigua a la parroquia en donde los obreros en huelga se habían atrincherado. El suceso había tomado notoriedad en los medios de comunicación y el gobierno había preferido no atender la solicitud de desalojo que pedían los patronos. Esperaba, en cambio, que los trabajadores se vieran forzados a cesar la ocupación de otra forma: ordenó cercar la fábrica e impedir la entrada de alimentos.

Paco se sentó sobre la cama sin saber qué hacer. Su mamá seguía presente en su pensamiento. Dulce y algo ingenua, siempre le hablaba de su pueblo y en alguna ocasión le contó lo de su progenitor. Por eso cuando un tío le preguntó:

─¿Quieres conocer a tu papá? ¡Yo sé dónde encontrarlo!

─No, no tengo para qué –le respondió tajante el chico de doce años.

El individuo en cuestión era un funcionario departamental que iba de pueblo en pueblo. Así había conocido a Matilde y así mismo había desaparecido.

Más de media hora había pasado y René no aparecía. Dudoso, decidió salir a buscarlo; no lo encontró en el baño pero al regresar vio a través de los ventanales del corredor un bulto que se movía junto al muro de ladrillo que colindaba con el patio de la fábrica aledaña. Bajó asustado pero dispuesto a entender qué pasaba.

De piel clara, crespo y ojiazul, como muchos de los campesinos de la región de su mamá, Paco era de estatura mediana y piernas macizas. Se destacaba por ser buen basquetbolista: los deportes eran parte esencial de la formación de los jóvenes aspirantes al sacerdocio. Mente sana en cuerpo sano, repetían los curas. La institución estaba regida por sacerdotes españoles que apoyaban la dictadura de Franco. De mentalidad anticuada y represiva, castigaban a los muchachos por cualquier cosa. La letra con sangre entra, era su lema. Pero no con Paco: en aquel ambiente de recogimiento y disciplina, conversaciones en voz baja, cánticos gregorianos y zurriago para la autoflagelación, las directivas vieron en él un chico inteligente. Leía el catecismo en voz alta con mucha personalidad y se distinguía entre los demás seminaristas. Sin embargo, algunos sacerdotes lo miraban con cierto recelo por su inclinación a hablar de temas sociales alejados del altar de Dios.

Ya en el primer piso Paco salió por la puerta lateral a la huerta y esta vez pudo identificar lo que sus ojos veían: René estaba lanzando unas bolsas por encima del muro, hacia el patio de la fábrica, al tiempo que susurraba con alguien del otro lado.

─¿Qué pasa? –le preguntó el seminarista.

El sacerdote lanzó el último paquete y mirándolo se puso el dedo en la boca:

─Shhiii… te explicaré en el cuarto –y ambos regresaron sigilosamente.

─Estaba pasándoles comida a los obreros que están en huelga –le dijo René, y le soltó todo un discurso para justificar su acto.

Sin pensarlo dos veces, Paco se ofreció a ir con él: en las siguientes noches ambos se deslizaron del dormitorio a la alacena de la parroquia y luego al muro, a la hora convenida.

Un domingo vino a la iglesia un grupo de personas que quería hablar con René, esperó a que éste terminara la misa y cuando salieron los últimos feligreses se acercó al padre. Eran tres hombres de aspecto obrero y una señora ya mayor acompañada por una bonita adolescente. La dama portaba un abrigo negro y sombrero con velo, como se usaba en ese tiempo, y fue ella quien tomó la palabra. En la cervecería Westfalia, la más grande del país, trabajaban antiguos obreros socialistas, entre ellos un primo de Susana, y éstos le habían contado el episodio del muro en una de las reuniones que todavía ella solía hacer en su casa.

─Vayamos a visitarlo y llevémosle un regalo –les propuso, y acordaron la fecha.

Susana conservaba aún cierta aureola en los barrios orientales de la capital donde había liderado una asociación en defensa de las familias de los inquilinatos frente a los desalojos abusivos con policía y garrote. Vivía sola con sus nueve hijos en el barrio Egipto, allí conseguía el pan diario colocando un pequeño escritorio en el andén de su casa al que acudían los vecinos para que les escribiera todo tipo de cartas con su bella caligrafía: misivas de amor, despecho, promesas y demás, que colocaba cuidadosamente en sobres de colores con cintas según el motivo.

El día previsto Susana llevó a su hija con ella. Alumna de la Normal Femenina, Olga encontró allí su afición por la escritura y, gracias a dos profesoras de mente abierta, las directivas del plantel le permitieron publicar un pequeño periódico estudiantil. Ella y su hermano eran hijos de una segunda relación que tuvo Susana con un hombre singular, quien falleció unos años después. Conoció a Tomás cuando al pasar por la plaza de Bolívar, éste se dirigía a un grupo numeroso de ciudadanos en el que ella reconoció a varios de sus vecinos, que luego se lo presentaron. Periodista y humanista, había sido uno de los fundadores del extinto partido socialista que dio mucho que hablar en la década del Veinte.

─Padre, en nombre de los trabajadores de la fábrica y sus familias queremos agradecer su solidaridad –le dijo Susana, refiriéndose al hecho que los traía.

─Dios la bendiga señora –exclamó René luego del intercambio de saludos–. Muchas gracias por el regalo pero no era necesario, sólo cumplí con mi deber de cristiano –dijo amablemente–. Pero esperen, no lo hice solo. ¡Paco, Paco ven!

El seminarista se acercó, saludó cordialmente a todos los presentes y sus ojos encontraron en ese instante la mirada de la joven. René los hizo seguir a un cuarto contiguo, se sentaron en torno a una mesa y en tono socarrón o en todo caso de satisfacción, comentaron animadamente lo sucedido: el padre y Paco lo vivido en la parroquia, los trabajadores delegados lo que pasó en la fábrica y Susana compartió los sobresaltos y rumores de la calle. Al cabo de un rato se despidieron.

─Madre, aquí yo tendría una historia para el periódico, a lo mejor se podría contar de alguna forma –dijo Olga pensativa cuando salieron a la calle.

─¡Sí, pero no se puede, ni una sola palabra! –advirtió cortante Susana, dejando zanjado el asunto con su autoridad, tono y mirada, ante su hija y los tres hombres.

El bus iba a mitad de camino cuando el veterano terminó su narración. Había capturado toda mi atención. Emocionado, me dijo que siempre había querido escribir esa historia: era el más joven de la comitiva de los trabajadores que fue a la iglesia. Y agregó que nunca imaginó encontrarse esa noche contándome, justamente a mí, ese episodio que marcó su vida. Cuando llegamos a la capital y me dejaron en casa me prometí que algún día escribiría esa historia.

Los aplausos, gritos y vivas sacudieron la plaza de Alfaro trayéndome de nuevo a la realidad, absorto como estaba en mis recuerdos. Miré a la multitud entusiasta cuando el vibrante orador terminó su intervención y comprendí que antes que debilitar su imagen, el reciente anuncio de la jerarquía de la iglesia de retirarle su condición de sacerdote le había ganado la solidaridad de mucha gente. Mi padre, a mi lado, me hizo entonces una señal para salir por la escalera lateral de la tarima, siguiendo al paso de su viejo amigo y ahora compañero de ruta e ilusiones.

─¡Tu discurso fue muy bien recibido, René, felicitaciones! –le dijo mi padre cuando llegamos a la camioneta que nos esperaba, al tiempo que otros miembros del equipo de la gira se subían a varios carros.

─Gracias Paco –respondió sonriendo René–. ¡Vamos! nos esperan en Palmira –le dijo al conductor, mientras reclinaba su asiento para descansar.

─Sí, todo está listo –comentó mi padre–. Pero compremos algo de comer por el camino, no quiero que este muchachito, cuando vuelva a casa, le diga a Olga que lo «dejé pasar hambre» –agregó en tono burlón, guiñándome el ojo.

La caravana de vehículos se puso en marcha dejando atrás Cartago.

FIN

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Taller de Escritores, Universidad Central, Bogotá, diciembre de 2019.

CAHR-NAH-VAHU

Por Mauricio Trujillo Uribe
01 de octubre de 2019

Hace calor, las noches de febrero son así, el verano se instala, la brisa del mar se queda en el mar y el cielo no conoce nube, mientras la ciudad levanta los panderos y se va de fiesta. Desde que vengo al CAHR-NAH-VAHU, o festival de la carne vale como le decían antes, siempre ha sido así: me invade una sensación diferente y sorprendente. Se va apoderando de mí por entre las calles de adoquines en donde la gente va sumándose al jolgorio andante. Esta vez comenzó en el popular barrio Toquín: de las casitas coloniales de techos de teja, con sus paredes descascaradas, van saliendo los lugareños al ritmo de la batucada que, como campana de iglesia a sus feligreses, pasa y los convoca a la infaltable misa del carnaval. Ningún vecino se queda, es la noche del frenesí, esperada y largamente preparada. Llegan con máscaras de mil diseños y colores, símbolo de anonimato y libertad; largas plumas en la tiara de la espalda, cual colas de pavo real; y disfraces inverosímiles haciendo alarde de creatividad. Vienen también con vestidos zoomorfos de leopardos, gorilas, burros y demás; y de grifos y unicornios, animales mitológicos que hacen volar mi imaginación. Marchan príncipes y maharajás, calaveras y demonios, y figuras paganas y religiosas. Y están presentes los trajes típicos, los viejos y raídos, los nuevos y rimbombantes, todos con lentejuelas y elaborados bordados. Es una especie de embrujo que contagia mi piel en la medida en que nos acercamos al gran bulevar de donde proviene el eco colosal. Hombro con hombro, paso con paso, coro con coro, candomblé con candomblé, miles con miles vamos entrando en apretadas filas por las vías aledañas a la gran alameda que atraviesa la urbe. Y allí, de repente, frente a mis cinco sentidos, dos océanos: el de las olas que riman como un solo con los tambores que tocan desde el atardecer, y se estrellan en las playas de fina arena amarilla que sobre varios kilómetros delinean el malecón. ¡Y el de un millón de personas danzando y avanzando simultáneamente al compás de la samba, poseídas de una euforia colectiva que adivino heredada y transmutada de los ritos africanos de Ogadú!

Por Mauricio Trujillo Uribe
01 de octubre de 2019

 

“… les regalamos el minuto que falta”. Reflexiones sobre la masacre de las Bananeras. Por Tila Uribe.

LEER / DESCARGAR: Le regalamos el minuto que falta. Tila Uribe.

PRÓLOGO

Mauricio Trujillo Uribe

Hace 90 años, el 6 de diciembre de 1928, tuvo lugar en Colombia un hecho que estremeció a nuestro país: la Masacre de las Bananeras. “Le Regalamos el minuto que falta. Reflexiones sobre la masacre de las Bananeras“, texto escrito por Tila Uribe, es un relato y ensayo sobre la huelga de los trabajadores de la United Fruit Company, conocida como la Huelga de las Bananeras, que desembocó en la masacre del mismo nombre, un crimen de Estado de la época.

Se trata de un evento mayor del siglo XX que trascendió las luchas políticas y sociales de la década de los años Veinte. La autora se apoya en el conocimiento directo que tuvo de algunos protagonistas de esos acontecimientos,  para aportar, en un sentido vital y no simplemente empírico, relatos, memoria colectiva y forma como aquellos veteranos[1] vivieron y captaron ese momento.

Se refiere a quienes se daban cita en la casa del líder ferroviario Urbano Trujillo en el Alto de la Cruz de Girardot, Cundinamarca, en los años 30 y 40. Tila nos dice: Allí me llevaba mi madre siendo niña y luego adolescente, y de ahí mis recuerdos de esa generación casi olvidada que fueron los socialistas revolucionarios, que soñaban con que algún día esta historia se pudiera llevar a las escuelas. Más tarde, en los años 60, quedó en sus manos el baúl que le entregara su madre, Enriqueta Jiménez Gaitán, que contenía cartas, fotos, banderas, brazaletes y datos que reforzaban los testimonios de esos líderes y esos hechos[2].

El padre de María Tila fue el líder socialista Tomás Uribe Márquez, quien junto con otros dirigentes políticos y sociales de la época impulsó los primeros congresos obreros del país y fueron fundadores del Partido Socialista Revolucionario en 1926. Tomás fue llevado a prisión al finalizar 1928 por sus ideas, militancia y vinculación a la Huelga de las Bananeras, y recluido en el Panóptico Nacional, hoy Museo Nacional, siendo su abogado Jorge Eliécer Gaitán.

La infancia de Tila le permitió entonces conocer y estar en contacto con mujeres y hombres que fueron activistas o habían liderado las movilizaciones por las 8 horas de trabajo, 8 horas de estudio y 8 horas de descanso, la lucha contra la pena de muerte y la huelga de la Zona Bananera, entre ellas María Cano Márquez, prima-hermana de su padre.

María Tila nació en Bogotá, se casó con Francisco Trujillo y tuvieron 4 hijos: Mauricio, Esperanza, María del Pilar y Francisco. Durante toda su vida ha estado vinculada a labores educativas dirigidas a los sectores más vulnerables; ha obtenido logros significativos en la acción contra la ignorancia y la exclusión, y como formadora en la defensa de los derechos humanos. Es autora de 19 cartillas alfabetizadoras y varios libros, entre ellos “Los años escondidos, sueños y utopías en la década de los años Veinte”, período en el que tomaron inusitada fuerza las luchas sociales y políticas, siendo la huelga de las Bananeras su punto más álgido y culminante.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 6 de diciembre de 2018

[1] Juan C. Dávila, Elvira Medina, María Cano (acompañada por “Mujeres Redención de la mujer” de Girardot) y Enriqueta Jiménez. Con menos frecuencia José Garibaldi Russo, Adán Ortiz Salas, Eduardo Mahecha y otros líderes.

[2] Ver “Años escondidos”, María Tila Uribe, cuarta edición, página 117.

LEER / DESCARGAR: Le regalamos el minuto que falta. Tila Uribe.

 


El texto anterior sólo compromete a su autor, de libre difusión citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo.

Foto: Archivo particular

«Los años escondidos. Sueños y rebeldías de la década del Veinte» de Tila Uribe

Presentación del libro «Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del Veinte» de Tila Uribe. 4a Edición.

Por Mauricio Trujillo Uribe

Hace ya muchos años sucedieron los hechos que Tila relata en su libro «los años escondidos. Sueños y rebeldías de los años veinte», alrededor de personas y movimientos sociales de una época, la década del veinte en Colombia. En esa historia mi madre conjuga corazón y razón, entrelazando testimonios y sentimientos.

‘Los años escondidos’ es en parte una aproximación a Tomás Uribe Márquez, su padre, quien fuera excomulgado muy jóven por el obispo de Medellín por sus ideas progresistas y tuviera que marcharse de su ciudad, enrolándose bajo las banderas de su tío, Rafael Uribe Uribe.

Es una historia cálida y humana tejida por seres como María Cano, Raúl Eduardo Mahecha, Enriqueta Jiménez, su madre, y otros muchos, cuyas vidas estuvieron ligadas a la historia de las primeras ideas socialistas revolucionarias en Colombia.

Tila se refiere a una hermosa gesta olvidada, o mejor, escondida, que hace parte de las páginas colombianas, a sueños y rebeldías de gentes que fundaron el Socialismo Revolucionario, basadas en un hermoso ideal, voluntad, trabajo, valor y honestidad.

Es un período en el que se construyó la Confederación Obrera Nacional, de cuyo seno nació el Partido Socialista Revolucionario que tuvo sus mejores momentos entre 1925 y 1930, llenando las plazas públicas.

Es una época en la que estallaron por primera vez huelgas como formas de lucha y se agudizaron las movilizaciones campesinas e indígenas, de las cuales se recuerda al dirigente Quintín Lame.

Igualmente, en ese entonces, la acción del PSR está asociada al movimiento del Líbano, de los levantamientos de San Vicente de Chucurí y Puerto Wilches, de la huelga de las bananeras, del movimiento sindical del valle liderado por Torres Giraldo, y de tantos otros hechos y personas que constituyen uno de los períodos mas ricos de la vida del movimiento obrero y popular de nuestro país.

Tila se detiene en su libro en un tema que para ella es muy de su corazón: la participación de las mujeres en todos esos acontecimientos, en la organización del PSR, en su liderazgo. Este rol de las mujeres es tanto mas destacado tratándose de una época en que las mujeres no tenían derechos y según la mentalidad de la época, su puesto era detrás de los hombres.

Allí brillan con luz propia María Cano, prima de su padre, Enriqueta Jiménez y Elvira Medina, quienes estuvieron presente en la vida y en el hogar de Tila. Esas compañeras lideraron las banderas de los tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio, ocho horas de descanso.

Sin embargo, como Tila bien lo anota, la historia de Colombia está en deuda con muchas mujeres de nombres anónimos, e invita a que este trabajo de investigación sobre el rol de las mujeres en las luchas sociales colombianas continúe.

Mauricio Trujillo Uribe
Medellín, 18 de octubre de 2017


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Palabras de presentación del libro «Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del Veinte» en el Museo de Antioquia, Medellín.

Fotos: Portada libro «Los años Escondidos» y Archivo particular

Hace cien años: Imaginarios sobre la revolución rusa en Colombia en la década del Veinte

Este relato tiene como propósito recorrer los imaginarios que sobre la revolución rusa construyeron los principales actores políticos en Colombia entre 1920 y 1930. Veremos las diferentes formas en que la Revolución de Octubre de 1917 fue representada y cómo esos imaginarios influyeron en las corrientes políticas en contienda y en el cauce de la vida política nacional.


Por Mauricio Trujillo Uribe


Contexto

En la década del Veinte, Colombia era un país en movimiento, con una economía cafetera en ascenso, obras en infraestructura vial y líneas de ferrocarril en construcción, importantes explotaciones de petróleo y minas de oro, carbón y sal, extensas plantaciones de banano, tabaco y cacao, expansión del crédito, incremento del comercio internacional y reformas en la organización de la cosa pública (Banco de la República, Hacienda, Contraloría, Banco Agrícola y Educación). Lo anterior auspiciado en gran parte por los empréstitos externos y el pago de la “indemnización” por el rapto de Panamá. Es un período en el que llegan al país nuevas tecnologías como la radio, el alumbrado urbano y el tranvía movido por electricidad. Es la época de los primeros aviones y de un mayor uso de carros a motor, también de importación de maquinaria nueva para la producción. Todo lo cual contribuyó a un proceso de industrialización, consolidación de un mercado nacional y modernización capitalista (principalmente en las ciudades pues en el campo seguía predominando un gran atraso), a la conformación de la clase obrera e incorporación de un gran número de mujeres al trabajo asalariado, y generó significativos cambios en las costumbres sociales.

Es también una década muy agitada en lo social y lo político, caracterizada por enormes diferencias sociales, inequidades y explotación extrema, miseria y exclusión de las mayorías, ignorancia y atraso educativo, signada igualmente por la incompetencia y la corrupción en el manejo del Estado, de represión sistemática de los movimientos sociales, y marcada por una creciente polarización y radicalización política en donde el tradicional conflicto liberal-conservador cede espacio al enfrentamiento entre el establecimiento conservador y el movimiento socialista que surge con fuerza en esos años. Se vivió un decenio en el que las disputas internas de los conservadores, las dificultades internas del liberalismo y la emergencia del socialismo, dieron nuevos y trascendentales giros al panorama político.

En el campo internacional la Primera Guerra Mundial, 1914 a 1918, constituyó un hecho trascendental que introdujo nuevos referentes al país, posicionando a Estados Unidos como nuestro principal interlocutor y “socio mayor” en las relaciones de mercado y en lo político.

Los conservadores y la defensa de la civilización cristiana
Los años Veinte comienzan siendo presidente Marco Fidel Suárez, 1918 a 1921. Colombia vivía bajo la hegemonía conservadora desde 1885 en donde la censura de prensa y la restricción a los derechos individuales eran pan cotidiano. Las noticias sobre la revolución rusa significaron en ese momento un gran desafío para el gobierno y la iglesia católica.

La prevención a las ideas emancipadoras en Colombia fue incubada en el siglo XIX como rechazo a las reformas liberales y al socialismo romántico que alcanzó cierta repercusión con las revoluciones europeas de 1848 y los ecos locales de la comuna de Paris de 1871. La aparición de la “cuestión social” a comienzos del siglo XX unida al emergente movimiento obrero, había puesto en alerta a las élites conservadoras. La revolución rusa agregaría a partir de 1920 un nuevo elemento que pronto convertiría el temor del establecimiento en paranoia.

Las alarmas por posibles movimientos bolcheviques en Suramérica se prendieron luego de los sucesos del Trienio Rojo en Buenos Aires en 1919. “La Rusia de los remotos Urales y de la Siberia desolada, duerme en el Altiplano andino, pero vive y despertará (…) Cuidado que ya está abierta la matrícula en nuestra escuela de soviets y los alumnos progresan”[1] escribía en 1920 el expresidente conservador republicano Carlos E. Restrepo refiriéndose al riesgo de las ideas bolcheviques en Colombia.

Aunque la formación del primer partido socialista en 1919 había inquietado a conservadores y liberales, para unos y otros se trataba de un grupo de carácter exótico y efímero frente a la realidad nacional. Pero en el período del presidente Pedro Nel Ospina, 1922 a 1926, toma inusitada fuerza el debate sobre las reivindicaciones sociales visto a la luz de los sucesos de Rusia. El gobierno, las élites conservadoras y los medios de comunicación se refieren con creciente preocupación a las ideas socialistas y comunistas como “ideas peligrosas”, y sus señalamientos van acompañados de graves noticias, encaminadas a propiciar miedo, sobre la conflictiva situación en la Rusia de Lenin y las medidas contra la propiedad y la religión.

Esta percepción de riesgo para el establecimiento y el orden establecido, se acentuó a partir de 1926 con la aparición del Partido Socialista Revolucionario, año en que fue elegido el político conservador Abadía Méndez para el período presidencial 1926-1930, siendo el único candidato en contienda. Su gobierno acoge la teoría de la “guerra interior” desarrollada en Chile: “Por ese entonces, la idea de hacerse militar para defender las fronteras empezó a quedar atrás o en la cabeza de unos pocos generales … para dar paso a la nueva mentalidad, acorde con la convulsionada situación colombiana … y no pocos oficiales estaban en esa línea de cambio, entre ellos el Ministro de Guerra Ignacio Rengifo” [2], quien decía: “Aquellas manifestaciones colectivas (efecto deplorable de la criminal propagación de tan monstruosas ideas), casi siempre bullangueras, rayanas en asonadas, en tumulto y aun en sedición, de los trabajadores y obreros […] con el fin o con el pretexto de hace exigencias o de imponer condiciones a los patronos de las empresas públicas o particulares […] en la mayor parte de los casos no pueden llamarse huelgas ni ser consideradas como tales en la acepción legal de ese vocablo, sino como verdaderos movimientos o actitudes subversivas y de carácter revolucionario”[3]. Ese mismo ministro nombra al general Carlos Cortés Vargas, sobresaliente alumno de la escuela chilena, quien dirigirá la masacre de las Bananeras.

En 1927 la tensión aumentó considerablemente, el gobierno condena y alerta sobre la movilización obrera y social “azuzada por la propaganda bolchevique”[4] y en los círculos de poder va ganando espacio la idea de que el desafío que había representado el liberalismo para el establecimiento conservador, cuyo punto más álgido fue la “Guerra de los mil días”, era ahora desplazado por el socialismo, a tal punto que un editorial del diario El Nuevo Tiempo, el más influyente periódico conservador de la época, describe la situación de esta manera: “Acostumbrados los conservadores a ver en el liberalismo el único enemigo del régimen actual, hemos olvidado escrutar el horizonte político para descubrir que el antiguo adversario ya no existe y que de sus cenizas ha surgido otro rival joven y poderoso, armado de nuevas armas y listo para librar combates que –si no abrimos el ojo- fácilmente pueden dar en tierra con ese régimen de libertad dentro del orden, y de progreso dentro de la tradición, que hemos establecido a costa de tantos sacrificios. Cuando menos lo hemos pensado, el comunismo ha hecho su irrupción violenta en la república presentándose como el verdadero enemigo de las instituciones cristianas (…) “EL COMUNISMO HE AHÍ EL ENEMIGO” debería de ser el santo y seña de los conservadores colombianos en esta hora solemne”[5]. Cualquier parecido con el discurso de la derecha radical y la extrema derecha colombianas en estas primeras décadas del siglo XXI frente a los acuerdos de paz, no es pura coincidencia.

Al tiempo que la agitación social se extendía en el país, los llamamientos anticomunistas eran más directos. Frente a la huelga de los obreros petroleros en Barrancabermeja en enero de 1927, la prensa conservadora decía: “Es necesario intervenir enérgicamente para acabar con esas huelgas que hacen cada seis meses los que con la bandera soviética explotan al pueblo”[6]. De la misma forma en ese año algunos articulistas ponían al comunismo como el enemigo principal y llamaban a conservadores y liberales a unirse sin distingos: “Para cooperar en esta verdadera obra de defensa social no es necesario ser conservador o liberal: basta con amar a la república y a la libertad que quedan amenazadas de muerte si el comunismo llega a prosperar. Es la necesidad apremiante que todos los buenos ciudadanos, los sostenedores del orden social contra las tendencias disolventes de espíritu extraviados, los amigos de la paz pública y partidarios del derecho de la propiedad privada, (…) la familia, se unan para presentar un frente único que haga fracasar los planes siniestros de quienes aspiran a introducir en Colombia las prácticas sanguinarias que arruinaron a Rusia y la convirtieron en el escarnio de la humanidad”[7].

Por su parte, la iglesia católica fue soporte esencial de la política del gobierno conservador contra la expansión de las ideas socialistas y comunistas que anunciaban el derrumbe del mundo tradicional. La iglesia inició una batalla contra la prensa artesanal, liberal y socialista, y desde temprano despliega una campaña en la que se anuncia la excomunión para aquellos que en los diarios anunciaran críticas a la doctrina de la iglesia.

No obstante que la Conferencia Episcopal Colombiana de 1927 reitera los principios sociales de la encíclica Rerum Novarum promulgada en 1891 por León XIII acerca de la situación de los obreros y las clases trabajadoras en general, a su vez declara: “Reprobamos y condenamos los errores propalados y sostenidos de diversas formas por socialistas y comunistas”. Se exhorta a los obreros a “Respetar a sus patronos conforme el cuarto mandamiento de la ley de Dios, y cumplir en conciencia las obligaciones a que se hayan comprometido por contrato expreso y tácito; que no se dejen seducir de los muchos errores que difunden hoy los socialistas y comunistas, especialmente contra el derechos de propiedad, haciendo creer al pueblo que pueden adueñarse de lo ajeno por vías de hecho u otro medios ilícitos” [8].

El contrapunto de la iglesia con las ideas socialistas se vio claramente expresado con la publicación en 1928 del folleto Frente al comunismo del presbítero Carlos Alberto Lleras Acosta[9], como respuesta al trabajo Rebeldía y Acción de Tomás Uribe Márquez, cofundador y secretario general del Partido Socialista Revolucionario -PSR, quien explicaba los propósitos centrales del socialismo[10]. El presbítero utilizaba el mismo esquema de preguntas y respuestas pero su contenido buscaba prevenir y alejar a los obreros de las “malas lecturas”.

En este ambiente, el nuevo ciclo de conflictividad obrera llevó a Abadía Méndez a solicitar al Congreso de la República medidas “extraordinarias”: en octubre de 1928 se expide la “Ley Heroica” para impedir que la ola huelguista creciera y “evitar la expansión de las ideas socialistas, comunistas y anarquistas”. A su vez, el ministro de guerra Ignacio Rengifo alerta sobre un plan insurreccional dirigido por el PSR y en la prensa conservadora se afirma que el plan dirigido por los “representantes bolcheviques” es inminente[11].

El gobierno reprime entonces las actividades sindicales y socialistas, como ocurrió con la huelga de las bananeras en noviembre de 1928 y el encarcelamiento y consejos de guerra de los principales líderes del PSR en 1929, entre ellos Tomás Uribe Márquez quien fue defendido por el joven abogado Jorge Eliécer Gaitán. Esta ley, que posteriormente inspiraría el Estatuto de Seguridad del presidente Turbay Ayala a finales de los años 70, restringía aún más la libertad de prensa y las libertades políticas y ciudadanas, ilegalizaba el socialismo y perseguía cualquier manifestación de protesta o que atentara contra el orden público.

La disyuntiva sobre cómo resolver la “cuestión social” a través de cambios graduales que no alterasen el orden, de un lado, y la aplicación de medidas de fuerza que suprimieran los movimientos de protesta, del otro, acompañó a los conservadores durante toda la década. Pero la agitación sindical y social que alcanzó, durante varios años seguidos, proporciones nunca vistas antes en la historia de Colombia, junto con la profusa circulación de impresos “rojos” y la multiplicación de numerosos grupos de estudio, comités y asambleas de vocación socialista, produjeron la alarma y reacción atemorizada de las élites conservadoras que vieron en el intelectual, el obrero, el trabajador, el campesino, el indígena, en fin, en el ciudadano que protestara, un enemigo de la sociedad, y prefirieron ampliamente el uso de la fuerza y la violencia para evitar el avance del socialismo “exportado por la revolución rusa”.

Liberales ante la revolución rusa
Mientras los conservadores concordaban en la defensa de la tradición, el liberalismo se dividió nuevamente, acentuando su debilidad. De un lado, un sector partidario de no romper totalmente con el régimen conservador consideró necesario mantener una postura intermedia frente a la polarización que caracterizaba el enfrentamiento entre aquel y los socialistas. De otro lado, destacados dirigentes liberales liderados por el General Benjamín Herrera cuestionaban esta política por considerar que llevaba a la parálisis del partido.

Numerosos espíritus juveniles y algunos miembros históricos del partido se inclinaron entonces hacia el socialismo. Desde 1921 el joven boyacense liberal José Vicente Combariza (José Mar), en sus artículos y editoriales en El Espectador muestra sus simpatías por Lenin y la Revolución Rusa, que compartía con su amigo y poeta Luis Tejada[12]. La tesis de grado de Jorge Eliécer Gaitán en 1924 titulada las “Ideas socialistas en Colombia” evidencia también la atracción que en ese momento ejercían las ideas socialistas en los jóvenes liberales. Baldomero Sanín Cano, una de las figuras más representativas de la tradición liberal en términos filosóficos, anunciaba en 1924 sus acercamiento al ideario socialista y decía sobre la revolución rusa que ésta había sido el único esfuerzo por “salvar la civilización” después de la primera guerra mundial y afirmaba “Sólo ese pueblo parece tener hoy en el mundo una verdadera visión del porvenir”[13].

El acenso del socialismo percató entonces al liberalismo de la necesidad de su transformación interna. La candidatura liberal de Benjamín Herrera en 1922 era favorable a la inclusión de algunas ideas socialistas en la agenda del liberalismo, y contó con el respaldo del primer Partido Socialista fundado en 1919. En efecto, durante las convenciones liberales celebradas en Ibagué en 1922 y en Medellín en 1924, el Partido Liberal incorporó varias tesis del programa socialista. Aun cuando, según algunos autores, ello estuvo más relacionado con no perder la masa electoral que migraba hacia las toldas del socialismo[14].

Sin embargo, a partir de 1925 esta situación cambió pues la conflictividad obrera y social sobrepasó en gran parte las propuestas del liberalismo y un significativo contingente de jóvenes de tradición liberal asume posturas por el socialismo. Es el caso de Felipe Lleras: luego de dirigir la revista Los Nuevos, ingresa al PSR sin renunciar a sus vínculos con el liberalismo y en 1927 crea el diario Ruy Blas que se constituye en el vocero socialista del liberalismo radical. También, a mediados de 1928 un grupo de jóvenes universitarios que pertenecía al partido liberal firmó un manifestó de unidad y adhesión al PSR. Y en el mes de septiembre aparece la Página de la Juventud Socialista del diario liberal El Nacional, que expresa la simpatía de los jóvenes por la revolución rusa[15].

En un editorial elaborado para esa página, Roberto García-Peña caracterizaba la situación actual del país y las leyes contra las libertades públicas como una situación similar a la que vivía Rusia con el Zarismo, y como el pueblo debía prepararse para la futura insurrección[16]: a semejanza de la revolución bolchevique, en el PSR la tesis de una insurrección general se fue abriendo paso. Y Alfonso López Pumarejo en una carta pública, hablando de María Cano, termina diciendo: “Uribe Márquez, Torres Giraldo y María Cano adelantan la organización de un nuevo partido político, que lleva trazas de poner en jaque al régimen conservador”[17].

En abril de 1928, cuando en el país ya se hablaba de los socialistas por doquier, gracias en buena parte a las giras de los dirigentes del PSR María Cano Márquez e Ignacio Torres Giraldo agitando la bandera de los tres ochos (8 horas de trabajo, 8 horas de estudio, 8 horas de descanso), un importante miembro de la Generación del Centenario, Armado Solano, confirma su salida del partido liberal y su ingreso al PSR. Justificaba su decisión diciendo “El socialismo procura hoy la realización de la tesis y de los anhelos que el liberalismo encarnaba y defendió en los campos de la polémica y de la muerte”. Poco después, el rechazo a la Ley Heroica en 1928, la política petrolera del gobierno y el aumento de la conflictividad sindical, llevaron a un grupo de liberales a respaldar las propuestas del PSR.

Muchos de estos liberales se inclinaron por el socialismo identificándose con una noción de justicia e igualdad que encontraban en su imaginario sobre la Revolución Rusa. Ello no significaba su adhesión a todos los componentes de la revolución rusa, y en no pocos casos su viraje obedecía más a la crisis del liberalismo y a la imposibilidad del partido de encarar los desafíos de la política nacional. Fue un período en que el liberalismo tomó banderas socialistas y vio también a un cierto número de los suyos pasar al movimiento socialista.

La revolución rusa un nuevo horizonte para los socialistas
En esta década los socialistas desarrollan por primera vez en el escenario nacional una intensa actividad proselitista, con marcado acento anti-capitalista y anti-imperialista, multiplicando los círculos de estudio, promoviendo la organización obrera y popular, y organizándose en partido. Al lado de la confrontación liberal-conservador que había caracterizado la historia política colombiana desde el siglo anterior, irrumpe y se desarrolla el enfrentamiento entre el establecimiento conservador y los socialistas, alcanzando lugar central por varios años.

La revolución rusa abrió a los socialistas colombianos un nuevo horizonte de esperanzas, expectativas e interrogantes. A su vez, promovió en los círculos socialistas la lectura de los textos de Marx y otros teóricos revolucionarios, antes reservada a unos pocos intelectuales. Las noticias sobre lo que ocurría en Rusia llegaban a través de cables, prensa, folletos y libros, y de aquellos pocos que tenían la oportunidad de viajar a Europa.

Los imaginarios sobre la experiencia bolchevique modificaron la visión y el lenguaje de los socialistas para explicar los fenómenos sociales y políticos de un período en el que “se agudizaron las luchas campesinas e indígenas por la toma de tierras; tuvieron auge las primeras organizaciones sindicales; estallaron las huelgas como formas novedosas de lucha y sobrevino el desarrollo de acontecimientos que jalonarían muchas luchas futuras”[18]. Esos imaginarios también modificaron la concepción de los socialistas sobre el modelo de sociedad que querían alcanzar, al igual que su estrategia de lucha. Algo similar sucedió a finales de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado con la lectura que hicieron algunos grupos y activistas de izquierda de las revoluciones cubana y china, influyendo en su visión de lucha y sociedad, y llevándolos a buscar alternativas diferentes.

En aquella década del Veinte, se trató de un proceso marcado por intensos debates y fuertes tensiones que se inicia con la formación del Partido Socialista en 1919, pasa por la creación del Partido Socialista Revolucionario en 1926 y culmina con constitución del Partido Comunista de Colombia en 1930.

Inicialmente, algunos intelectuales y un sector de trabajadores de Bogotá constituyen el primer partido socialista, independiente de los dos partidos tradicionales, toman las banderas “libertad, igualdad y fraternidad” y plantean la reforma del Estado[19]. Pero en el II congreso del partido socialista realizado en 1921 en Bogotá, un sector propuso la afiliación de la joven organización a la III Internacional Comunista, lo cual desató las críticas de los sectores moderados agrupados en el Sindicato Central Obrero de Bogotá[20]. En una carta enviada al diario La República, señalaban que la invasión de libros extranjeros de naturaleza anarquista “bolchevista” y las noticias del triunfo de la revolución rusa, habían producido en algunos militantes “una verdadera indigestión de ideas”[21]. En la conferencia socialista de 1924 se avivaron nuevamente los debates entre, de un lado, la generación de socialistas que emprendieron los primeros esfuerzos por dotar al movimiento obrero de una organización sindical y un partido, y del otro, los jóvenes socialistas, en buena parte estudiantes universitarios, imbuidos y admirativos de la experiencia de la revolución rusa, dando paso a la disolución del primer partido socialista de Colombia.

En 1925 se formó un grupo comunista de Bogotá de vida efímera en el que participaron Gabriel Turbay, Luis Vidales, León de Greiff y Moisés Prieto, entre otros, bajo el liderazgo de Silvestre Savinsky. Con la llegada de este ruso al país hacia 1920 se crearon círculos de estudios del marxismo y buen número de jóvenes pudieron acercarse a El Capital y al ABC del comunismo de Bujarin. Estas lecturas permitieron la formulación del primer programa comunista con marcado acento en las tesis de la revolución bolchevique.

En el congreso de la Confederación Obrera Nacional (CON) en noviembre de 1926 que dio como resultado la creación del PSR, se discute sobre el grado de asimilación de la experiencia soviética a la realidad colombiana, el sentido internacional del socialismo (la idea era ver a los diferentes partidos nacionales como miembros de un sólo partido mundial) y sobre el carácter y la denominación que debía adquirir el nuevo partido. El sector liderado por Juan de Dios Romero director del periódico El Socialista y Erasmo Valencia director de Claridad no logró que la nueva organización se llamara Partido Comunista. “Aquello era un impedimento muy grande –decía Carlos Cuéllar Jiménez- los socialistas necesitaban un partido ligado a mucha gente y el nombre comunista asustaba”[22]. La mayoría de los delegados se identificaban con el Programa del Partido Socialista[23] redactado por Francisco de Heredia, que planteaba “el ideal es la sociedad comunista” pero sus diferencias radicaban en el carácter de la dictadura del proletariado y en la aceptación a priori de todos los puntos de la “Internacional de Moscú”, que desconocía la realidad colombiana.

Esta división en el seno de los socialistas se acentuó a finales de 1928 cuando en medio del clima de represión de la Ley Heroica se constituye un Comité de Acción integrado por socialistas y liberales que buscaba, según lo anunciaba la dirección del PSR, unir en una especie de frente único a todas las fuerzas “que se sientan amenazadas con la expedición de la ley liberticida”[24]. En esta ocasión Romero y Valencia delimitan nuevamente campos al oponerse a esa alianza argumentando: “Nosotros nada tenemos que ver con el partido socialista revolucionario de Colombia, porque no somos conservadores, ni liberales, y porque somos partidarios de la revolución social, de la dictadura del proletariado y de la abolición de la propiedad privada (…)”[25]. Este mismo tipo de comportamiento se repetiría en 1948 cuando el partido comunista se opone a las propuestas de Jorge Eliécer Gaitán.

Sin embargo, en la medida en que el ambiente político del país se polarizaba y el gobierno de Abadía Méndez perdía legitimidad luego de la masacre de las bananeras, junto con su fuerte desgaste por los grandes problemas económicos del país y los dramáticos sucesos del 8 y 9 de junio de 1929 a raíz de los movimientos estudiantiles, sumado a la persecución y cárcel de los dirigentes del PSR, un importante grupo de miembros del partido se va decantando por la necesidad de constituir una organización que se ajustara a las directrices de la Internacional Comunista. El momento culminante de ese proceso se da en el congreso ampliado del PSR a mediados de 1930 en el que se aprueba la creación del Partido Comunista. La Internacional Comunista exigía partidos monolíticos, marxistas-leninistas, conducidos por la clase obrera, mientras que el PSR era otro tipo de partido donde confluían tres tendencias, el liberalismo radical, el socialismo y el socialismo marxista, sus activistas y dirigentes provenían de diversos horizontes sociales y su programa de los “tres ochos” (8 horas de trabajo, 8 horas de estudio y 8 de descanso) era meta central.

Esta transformación del proyecto político inicial llevó a un sector de socialistas a retirarse de la vida política y sindical, otro ingresó o regresó al liberalismo, el cual ganó en ese año las elecciones presidenciales con Olaya Herrera poniendo fin a 45 años de hegemonía conservadora, y la mayoría siguió su lucha desde las filas del partido comunista.

Impacto de estos imaginarios
Las representaciones que construyeron sobre la revolución rusa los principales actores políticos de los años veinte tuvieron fuertes implicaciones en el curso de la vida nacional de la época. En la medida en que las movilizaciones de protesta social, los paros de trabajadores y las huelgas de obreros se multiplicaban en el país, unos y otros tomaban como referente las noticias de la revolución bolchevique, actuando en consecuencia en uno u otro sentido.

Los imaginarios sobre la revolución rusa polarizaron a los actores políticos en contienda, las posturas políticas se fueron moviendo en un proceso de creciente radicalización. Fue una época vertiginosa en la que los conservadores acentuaron mucho más su autoritarismo, la juventud y no pocos intelectuales del partido liberal se inclinaron hacia el socialismo democrático (léase socialdemocracia) y los socialistas adoptaron el programa comunista. La represión brutal y la política del miedo fue elemento central de la estrategia de los conservadores (parecido a lo que ocurre hoy con la propaganda del “castro-chavismo”); el deslumbramiento frente a la revolución rusa y la adhesión a las tesis de la Internacional Comunista condujo a los socialistas, ahora comunistas, a un camino infructuoso; y el espejo de la revolución rusa llevó en cierta forma al partido liberal a levantar banderas reformistas que desembocarían en la elección de López Pumarejo como presidente de 1934 a 1938.

A su vez la cultura política que produjo los años Veinte sobre la forma de ver al adversario político y relacionarse con él, ya no en el marco del enfrentamiento liberal-conservador sino en la confrontación de un nuevo tipo, ahora entre comunismo y anti-comunismo, se proyectó en el manejo de la protesta social en las siguientes décadas y en el tratamiento del conflicto que se inicia en los años 60. Cultura política de la intransigencia y la pendencia que habita todavía en buena parte en la sociedad colombiana, pero que afortunadamente está cambiando para bien del país y de las generaciones venideras.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 17 de octubre de 2017

Agradecimientos
A María Tila Uribe, mi madre, y Edgar Andrés Caro Peralta, por sus aportes.

[1] “Escuela de Soviets”, El Diario Republicano. [Manizales] feb, 21. 1920.

[2] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ed. Átropos, 2007, 210.

[3] César Miguel Torres del Rio. Colombia Siglo XX, Grupo Editorial Norma, 2010.

[4] “Propaganda bolchevique”, El Nuevo Tiempo, [Bogotá] ene, 5. 1927.

[5] “Ante los peligros del comunismo” El Nuevo Tiempo, [Bogotá] feb, 13. 1927.

[6] El Nuevo Tiempo, [Bogotá] ene, 13. 1927.

[7] “El Comunismo”, El Nuevo Tiempo, [Bogotá] feb, 20. 1927.

[8] Conferencias Episcopales de Colombia. Desde 1908 hasta 1930. Imprenta de la Compañía de Jesús, 1931.

[9] “Frente al comunismo” Unión Colombiana Obrera [Bogotá] oct. 6, 1928. 3.

[10] Tomas Uribe Márquez. Rebeldía y Acción. (Bogotá: Minerva, 1927)

[11] “Colombia está al borde de la Revolución Social” La Defensa, [Medellín] ene, 28. 1927.

[12] Luis Tejada Cano (1898-1924) periodista y cronista.

[13] Entrevista de “Curioso Impertinente” con Baldomero Sanín Cano. El Espectador. Suplemento Literario. [Bogotá] nov. 20, 1924.

[14] Gerardo Molina. Las ideas liberales en Colombia 1915-1934. (Bogotá: Tercer Mundo, 1988) 129.

[15] Andrés Caro. Marx, marxistas y socialistas, página 115. Tesis de grado para optar al título de Maestría en Historia. Universidad Nacional de Colombia, 2017.

[16] El Nacional. Página de la Juventud Socialista, sep. 1928.

[17] El Tiempo, abril 26 de 1928.

[18] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ediciones Átropos, 2007, Introducción.

[19] Torres del Río César Miguel, Colombia Siglo XX (Grupo Editorial Norma, marzo 2015)

[20] “Congreso Socialista” Gil Blas, [Bogotá] nov. 13, 1921

[21] Julio Cuadros Caldas, Comunismo criollo y liberalismo autóctono. Tomo II (Bucaramanga: Editorial Marco A. Gómez, 1938) 68.

[22] María Tila Uribe. Los años escondidos. Sueños y Rebeldías en la década del veinte, Ed. Átropos, 2007, 129.

[23] Francisco de Heredia, Programa del Partido Socialista (Bogotá: 1925) 35-36.

[24] “El socialismo provoca la unión de las izquierdas para oponer firme resistencia a la dictadura” Ruy Blas [Bogotá] oct. 6, 1928.

[25] “Sigue la farsa” Claridad [Bogotá] agt. 30, 1928. “Definamos posiciones” El Socialista [Bogotá] sep. 29, 1928.


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Fuente: Ponencia presentada en el IV Seminario Internacional sobre el Significado Histórico de la Revolución de Octubre en su 100 aniversario, Bogotá D.C., Colombia, 2 – 6 de octubre de 2017

Foto: Libro «Los años Escondidos» de Tila Uribe

El Paro Cívico Nacional del 14 septiembre de 1977, 40 años después

El Paro Cívico Nacional del 14 de septiembre de 1977 se dio en medio de un clima de polarización y radicalización creciente. Las principales ciudades fueron militarizadas, se paralizó el transporte y hubo fuertes enfrentamientos con la fuerza pública. La clase política del país consideró que el paro fue un “pequeño nueve de abril”. Los organizadores del paro estimaron que alrededor de un millón 300 mil huelguistas tomaron parte en el paro, un número equivalente a los participantes de huelgas durante los quince años anteriores.


Por Mauricio Trujillo Uribe

ANTEDECENTES DEL PARO

Expectativas cuando llega López al poder
Al llegar al poder en agosto de 1974, el gobierno de Alfonso López Michelsen despierta, en un primer momento, expectativas positivas, no sólo por la apertura política que significaba el fin del Frente Nacional, sino también por la trayectoria del candidato, otrora dirigente del MRL.

López gana las elecciones con una votación sin precedentes, que en parte se explica por la participación en la contienda de Álvaro Gómez, quien despertaba muchos temores entre la población, todo lo cual hacía suponer que durante su gobierno se implementarían algunas reformas sociales en beneficio de las mayorías del país.

 Fin de bipartidismo, paso al pluralismo y al clientelismo
Con el gobierno de Alfonso López el país inaugura una nueva etapa. Termina el período del Frente Nacional y comienza un período pluripartidista. Este hecho permite a López componer su gabinete con cierta libertad, aun dio cierta continuidad al bipartidismo. Sin embargo, al interior de las élites políticas el fin del pacto genera tensión y conflictividad.

El clientelismo reemplazó el sectarismo bipartidista precedente. En el marco de una política de modernización y descentralización del Estado se crearon nuevas entidades en las que anidaron las clientelas regionales. Los congresistas se convirtieron en los principales proveedores de puestos y contratos públicos en los municipios y crecieron aún más las clientelas mediante la asignación de recursos presupuestales del Estado.

Impulso al desarrollo capitalista y ampliación de la economía ilegal
En la década de los años 70 se expiden varias medidas para fortalecer el sistema financiero. Se produce igualmente un proceso de concentración de capitales dando paso a los primeros grandes monopolios económicos que hoy caracterizan el modelo económico actual. Este fenómeno se suma a la presencia de multinacionales que en la década anterior llegaron con fuerza como resultado de una política de atracción de capitales extranjeros.

Otro eje de acumulación de capital en ese período fue la economía de la marihuana y del contrabando, la economía ilegal comenzaba a tomar preocupantes proporciones.

La “cuestión social” se profundiza entre 1970 y 1977
A comienzos de los años 70 la población económicamente activa era cercana a 8.500.000 personas y el número de trabajadores sindicalizados era aproximadamente de 1.200.000, 17% de la población económica activa del país, según cifras oficiales.

En la década de 1970 toman nuevamente fuerza las luchas en torno a “la cuestión social”. Creció el número de vendedores ambulantes, trabajadores informales y pobladores de barrios populares, en buena parte por la migración a las ciudades. Junto a las reivindicaciones de obreros y empleados, se desarrollan protestas de los pobladores urbanos por demandas colectivas, en particular bajo la modalidad de paros cívicos.

Los estudiantes universitarios viven un proceso creciente de politización en el imaginario de las izquierdas desde finales de los 60. Protagonizan protestas contra las políticas educativas y el alza del transporte. Los estudiantes de secundaria, ahora con más amplia presencia en los barrios populares debido a la expansión y masificación educativa, convirtieron a muchos colegios públicos en centros de movilización.

A su vez, se registraron cerca de 20 paros del transporte en el país, propiciados por los gremios de transportadores para presionar principalmente el pago estatal del subsidio.

Se amplía la presencia y se hacen más visibles las acciones de los grupos guerrilleros, FARC, ELN, EPL y M19, que plantean la toma del poder para instaurar un modelo de izquierda.

CLIMA ECONOMICO, SOCIAL Y LABORAL EN 1977

El mandato caro
Para entender el paro cívico de septiembre de 1977 es necesario inscribirlo en el contexto del “mandato caro”, como se conoció popularmente el gobierno de Alfonso López.

Se trató en primer lugar de las consecuencias de la política inicial de apertura económica emprendida por el gobierno de López, la primera fase del neoliberalismo bajo el lema de convertir a Colombia en el Japón de Suramérica. Se abrieron las puertas al comercio exterior, trayendo grandes importaciones de productos en desfavor de la industria nacional.

La inflación alcanzó el 30% anual, el costo de vida subió en 12 meses casi a 40% para obreros y 37% para empleados. Al tiempo los monopolios y bancos incrementaban sus ganancias entre 35% y 200%, según las cifras oficiales.

Se dispara el descontento social
En los meses anteriores al PCN, el descontento por el alto costo de vida se disparó. Se registró un número importante de huelgas: médicos y trabajadores del Seguro Social; paro nacional de FECODE; empleados bancarios y huelgas de la USO, Planta de Soda e Indupalma. En Bogotá, habitantes de barrios organizan un paro cívico contra el impuesto predial.

CLIMA POLITICO EN 1977

Polarización y radicalización creciente
El PCN se da en medio de un clima de polarización y radicalización creciente. La crisis endémica del establecimiento se refleja, entre otros hechos, en un modelo de crecimiento económico limitado, una escasa participación de la población a través de los canales electorales y una débil presencia del Estado en muchas regiones.

Al comienzo del mandato de López, la UTC y la CTC hicieron manifestaciones de apoyo a López; sin embargo se produce un distanciamiento entre estas centrales sindicales y el gobierno a pesar de los intentos de negociación, sumándose a la lucha contra la carestía encabezada por la CSTC y CGT, y las diferentes vertientes del sindicalismo independiente.

La política laboral se manejó con garrote, fue nombrado Ministro de Trabajo Oscar Montoya, gobernador de Antioquia en 1975, quien se enfrentó a los sindicatos. Entre otras cosas, Montoya nombró como Secretario General del ministerio al joven Álvaro Uribe Vélez.

En el seno del establecimiento se profundiza la fractura entre el gobierno y el partido conservador, el cual manifiesta su acuerdo con la realización del paro cívico, esperando ganar opinión pública para las elecciones presidenciales de 1978.

REPRESIÓN VERSUS OPOSICIÓN

Imaginarios extremos
Como resultado de la adopción progresiva de la doctrina de “seguridad nacional” por parte de las fuerzas armadas y de sectores del establecimiento, de la visión «fundamentalista» acerca de la guerra contra el comunismo, los militares ganaron espacio en el manejo del orden público y en el nombramiento de alcaldes militares.

De hecho, la represión oficial como forma de neutralizar el movimiento social, se había vuelto tan usual en las décadas del 60 y 70 que la cultura de la represión entró a formar parte de la atmósfera política colombiana, aún más en los meses que antecedieron el PCN.

Pero del otro lado, también contribuyó a este clima la visión monocromática de la izquierda acerca de la lucha de clases y la guerra contra el «imperialismo y sus gobiernos títeres». La conducta de las fuerzas políticas de izquierda que desde el campo sindical y estudiantil como desde el terreno de los barrios populares, lideraron el proceso que desembocó en el PCN, estuvo fuertemente influenciada por sus posiciones ideológicas.

A su vez, la insurgencia vio en el PCN un evento que podría alcanzar visos insurreccionales. Las guerrillas hicieron una lectura desmesurada de lo que consideraron un cuarto de hora revolucionario, se hicieron ilusiones. Las FARC, ELN, EPL, M-19, ADO y PLA, manifestaron su respaldo al paro y sus estructuras urbanas se vincularon a la preparación de la jornada.

El susto del establecimiento
Se fue creando entonces en el gobierno y las fuerzas armadas, la impresión de que una amenaza grave se cernía sobre el establecimiento. Se generó en los medios de comunicación y en los grupos influyentes de la vida nacional una gran alerta, se perdió visión objetiva sobre el sentido y alcance que podía tener el paro.

Inicialmente el gobierno nacional intentó desacreditar el paro difundiendo la versión de que más que una jornada de reivindicación social, se trataba de una jornada política en la que la oposición buscaba ganar créditos para las elecciones presidenciales del año siguiente.

Luego el tono giró hacia un discurso contrainsurgente: se trataba de una jornada subversiva, intentando amedrentar a la gente. El gobierno, la fuerza pública y medios de comunicación, se unieron para condenar el paro y exigir el orden. La censura, la descalificación y la represión fueron la nota imperante antes, durante y después de la protesta.

Decretos al amparo del estado de sitio
El gobierno procedió entonces a expedir una serie de decretos de corte represivo. Ya en octubre del año anterior había declarado el estado de sitio (decreto 2131).

Luego expidió el decreto 2195 cuyo artículo 1 establecía: “Quienes reunidos perturben el pacifico desarrollo de las actividades sociales; realicen reuniones públicas sin el cumplimiento de los requisitos legales; obstaculicen el tránsito de personas o vehículos, en vías públicas; ejecuten o coloquen escritos o dibujos ultrajantes en lugar público o abierto al público; inciten a quebrantar la ley o a desobedecer a la autoridad pública; desobedezcan orden legítima de autoridad pública; omitan sin justa causa prestar el auxilio que se les solicite; tengan sin causa justificada objetos utilizables para cometer infracciones contra la vida e integridad de las personas, tales como hondas, caucheras, palos, piedras y sustancias químicas; o sin derecho exijan pagos en dinero o en especie para permitir el tránsito de las personas o los bienes, incurrirán en arresto inconmutable hasta de ciento ochenta días. En la misma pena incurrirán quienes usen máscaras, mallas, antifaces u otros elementos destinados a ocultar la identidad, en la comisión de infracciones penales o de policía”.

El artículo 2° del decreto precisaba “A quienes promuevan, dirijan u organicen cualquiera de las actividades a que se refiere el artículo anterior, se les aumentará hasta en el doble la sanción allí prevista. Finalmente, en el artículo 3 determinó que las sanciones establecidas en los artículos precedentes serán impuestas, mediante resolución escrita y motivada, por los comandantes de estación de la Policía Nacional, con grado no inferior al de Capitán, quienes conocerán a prevención. En los lugares donde no existan dichos comandantes serán competentes los Alcaldes o los Inspectores de Policía, respectivamente”.

El 28 de agosto de 1977, a menos de un mes de PCN, el gobierno complementa el arsenal legal de su política represiva mediante el decreto 2004 por el cual se dictan medidas “frente a la declaratoria de paros cívicos nacionales, la realización de paros ilegales y la amenaza de persistir en huelgas”, “hechos susceptibles de producir la desvertebración del régimen republicano vigente, además de que son atentatorios contra derechos esenciales para el funcionamiento y preservación del orden democrático propio del estado de derecho”.

Artículo 1º: “Mientras subsista el actual estado de sitio, quienes organicen, dirijan, promuevan, fomento estimulen en cualquier forma el cese total o parcial, continuo o escalonado, de las actividades normales de carácter laboral o de cualquier otro orden, incurrirán en arresto inconmutable de treinta (30) a ciento ochenta (180) días, que impondrán los gobernadores, intendentes, comisarios y el Alcalde del Distrito Especial de Bogotá, por medio de resolución motivada”. Y el artículo 3º establece: “Constituirá justa causa de terminación de los contratos de trabajo el haber sido sancionado conforme al presente Decreto o el haber participado en los ceses de actividades en él previstos”.

DESARROLLOS DEL PARO CÍVICO NACIONAL DE SEPTIEMBRE DE 1977

Preparativos del Paro
El 19 de abril de 1977 los concejales del PC en Bogotá, Teófilo Forero y Mario Upegui, propusieron al Concejo la realización de un paro cívico contra la creciente carestía. En la manifestación del 1º de mayo las organizaciones sindicales y políticas reivindicaron la propuesta del paro. A partir de allí, se ambientó la idea de paro general.

En agosto las centrales obreras CSTC y CGT enviaron al gobierno un pliego de 8 puntos: aumento general de salarios en un 50%; congelación de precios y tarifas; levantamiento del Estado de Sitio; reapertura y desmilitarización de las universidades; plenos derechos sindicales para los trabajadores del Estado; tierra para los campesinos y cese de la represión en el campo: jornada laboral diaria de 8 horas y salario básico a los trabajadores del transporte y abolición de los decretos de reorgánicos del Seguro Social.

Por su parte en el mismo mes la UTC y CTC presentaron un pliego también de 8 puntos: vigencia de la Ley 187 de 1959 sobre prima móvil: convocatoria inmediata del Consejo Nacional de Salarios para la fijación del salario mínimo; convocatoria del Consejo del Trabajo para discutir condiciones laborales, pliegos, pactos colectivos, derecho de huelga; jornada laboral de ocho horas para todos los trabajadores; modificación de la reglamentación de la Ley 27 sobre amparo a la niñez; abolición del impuesto a las ganancias ocasionales y a las cesantías; jornada de 8 horas para los chóferes asalariados y que se les fije salario mínimo suficiente; regreso a la política de incentivos a las exportaciones menores y la supresión del impuesto a las ventas para los artículos no suntuarios.

El 20 de agosto, las 4 centrales obreras dieron a conocer una declaración conjunta de lanzar el PCN y construir Comités Unitarios para su preparación y realización. El Comando Nacional de Paro compuesto por dirigentes de las cuatro centrales se conformó y orientó la jornada desde la clandestinidad, posteriormente se transformaría en el Consejo Nacional Sindical.

En la conducción del paro las organizaciones políticas de oposición también jugaron un papel fundamental. Entre ellas se encontraban el Partido Comunista y la URS que junto con otros sectores mantenían una alianza electoral, la Unión Nacional de Oposición. De hecho, la UNO transformó sus comités electorales en comandos barriales para el paro. Otra coalición electoral se agrupó en el Frente por la Unidad del Pueblo: MOIR, ANAPO, Movimiento Independiente Liberal MIL, entre otros. También participaron activamente el campo denominado ML (marxista-leninista) y el movimiento camilista.

El movimiento estudiantil se convirtió igualmente en un factor importante en la preparación del paro y a la hora de la movilización. Otro tanto ocurrió con los trabajadores informales y los pobladores de numerosos barrios populares.

Desarrollos del Paro
El 13 de septiembre, las principales ciudades fueron militarizadas y se prohibió el tránsito de motocicletas. Durante el 14 y el 15 de septiembre se paralizó el transporte mediante bloqueos y tachuelas, la mayoría de los trabajadores no fueron a trabajar, hubo fuertes enfrentamientos con la fuerza pública y se produjeron saqueos en grandes almacenes. En resumen, la clase política del país consideró que el paro fue un “pequeño nueve de abril”.

Por su parte, los organizadores del paro estimaron que alrededor de un millón 300 mil huelguistas tomaron parte en el Paro Cívico Nacional. Es decir, según algunos estudiosos, un número equivalente a los participantes de huelgas durante los quince años anteriores.

ALGUNAS CONCLUSIONES

Magnitud inesperada de la movilización
En el PCN se movilizaron obreros, maestros, empleados públicos, estudiantes, vendedores ambulantes, clases medias urbanas, nuevas generaciones de pobladores de barrios, jóvenes en general e incluso sectores de la iglesia católica afines a la teología de la liberación.

El PCN tuvo una magnitud no esperada por los dirigentes de la protesta. Lo que ocurrió fue un gran estallido de sectores populares urbanos, en la mayoría de los casos sin coordinación con los comités de paro o las organizaciones de izquierda.

Connotaciones del Paro Cívico Nacional
Se exigieron reivindicaciones de carácter salarial de los trabajadores formales e igualmente soluciones a una diversa gama de problemas de la vida diaria que afectaban la mayor parte de la población (malos servicios públicos, etc.).

El PCN también tuvo una connotación política, sus gestores hacían parte de organizaciones políticas, sindicales y barriales que tenían una orientación ideológica marcadamente de izquierda. El pulso con el gobierno era un punto de honor, la acumulación de fuerzas del campo popular era parte indispensable de la estrategia, la movilización y unidad eran necesarias para ganar experiencia para nuevas luchas y no faltaba la intención de capitalizar la preparación del paro para las elecciones del año siguiente.

A los ojos de las guerrillas, el PCN fue casi una insurrección popular a la que solo le faltó un mayor desarrollo de las fuerzas rebeldes, dando por resultado que se considerara aún más la necesidad de profundizar «la lucha armada revolucionaria»: una lectura del paro muy alejada de lo que realmente sucedió.

Algunos resultados
La movilización del 14 de septiembre de 1977 alcanzó algunos triunfos como la elevación del salario mínimo en tres ocasiones durante los ochos meses siguientes al paro. En el plano sindical abrió el camino para nuevas alianzas entre las centrales, las cuales crearon el Consejo Nacional Sindical. En el plano político la represión contra la protesta social y las fuerzas de izquierda se acentuaría durante el gobierno de Turbay Ayala (Estatuto de Seguridad). La experiencia del PCN dejó sin duda muchas lecciones para las luchas laborales y populares de los años 80.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 14 de septiembre de 1917

Bibliografía
– Medina Medófilo, Dos décadas de crisis política en Colombia, 1977-1997, La crisis socio-política colombiana: un análisis no coyuntural de la coyuntura, Universidad Nacional. Noviembre 1997.

– León Tiusaba Sandra Milena, Análisis comparativo del manejo de la información por parte de los periódicos, El Tiempo y Voz Proletaria, en relación con el Paro Cívico Nacional de 1977, Trabajo de grado para adoptar el título de Magister Universidad Javeriana. Septiembre de 2011.

– Molano Camargo Frank, El Paro Cívico Nacional del 14 de septiembre de 1977 en Bogotá: Las clases subalternas contra el modelo hegemónico de la ciudad, Ciudad Paz-andando. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Septiembre de 2010.


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Conferencia dictada en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá el 14 de septiembre de 2017

Foto: Periódico La Bagatela

«Versos y utopías» antología de 130 poetas y poetisas, de Francisco Trujillo

El autor, Francisco Trujillo, nos entrega un valioso resumen de 130 escritores que engrandecieron la poesía en América Latina y el Caribe, y en la península Ibérica. El hilo conductor que reúne a estos poetas y poetisas de finales del siglo 19 y principios del siglo 20, es su gran sensibilidad social frente a las inequidades e injusticias, el haber militado en convicciones democráticas y humanistas en oposición al fascismo y a las dictaduras. Es un enorme y meritorio esfuerzo antológico que el autor pone en manos de los lectores.


Prólogo al libro «Versos y Utopías»

Mauricio Trujillo Uribe

El lector encontrará en este libro, Versos y Utopías, una recopilación de notas y referencias sobre 130 poetas y poetisas de origen latinoamericano y español nacidos en su mayoría entre 1875 y 1925. Ellos hicieron parte de un gran movimiento literario caracterizado por el aporte de las corrientes europeas del romanticismo y el modernismo, que se entronca con las tendencias innovadoras nacidas en América Latina, contribuyendo enormemente a la diversidad y riqueza del universo contemporáneo de las letras.

El autor, Francisco José Trujillo Trujillo, nos entrega un valioso resumen, a manera de antología, de escritores que no sólo engrandecieron la poesía sino también otros géneros como la novela, el cuento, la fábula, la narración, la prosa, el ensayo, la glosa, el teatro, la crónica y el periodismo. Se trata de un significativo recorrido por buena parte de los países de las Américas del sur, central y del caribe y por la península Ibérica. A lo largo de estas páginas encontramos personajes que escribieron desde un cierto número de poemas hasta aquellos prolíficos cuya obra se cuenta por tomos, todos ellos profundizando la identidad de sus raíces e idiosincrasia en el campo cultural.

Fueron luces de las lenguas castellana y lusitana: escritores españoles, argentinos, chilenos, uruguayos, brasileros, bolivianos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, venezolanos, costarricenses, nicaragüenses, guatemaltecos, mexicanos y cubanos. Algunos son bien conocidos, siendo en su momento laureados con el premio Nobel, o ganadores de premios internacionales de letras, de premios nacionales de poesía y literatura, así como de otros enaltecedores reconocimientos. Otros murieron en la soledad y sólo alcanzaron la distinción o la fama después de su muerte.

No pocos conocieron el exilio, fueron perseguidos, encarcelados, estigmatizados, tuvieron infancias difíciles o atravesaron extraordinarias circunstancias. También, varios asumieron en el curso de sus vidas importantes cargos y responsabilidades. Sin embargo, en el inexorable “olvido que seremos” buen número de ellos son poco o nada recordados en nuestros días.

El hilo conductor con el que el autor reúne a estos poetas y poetisas es su gran sensibilidad social frente a las inequidades e injusticias, el haber asumido un compromiso con los pobres y los marginados de la sociedad, el haber militado en convicciones democráticas, populares y humanistas en oposición al fascismo y a las dictaduras.

Sus escritos evocan la relación con las personas humildes del campo, de pueblos y regiones, abordan lo indígena y el mestizaje, la modernidad con su desarraigo y sueños incumplidos, y la esencia de las dificultades de la vida en la cotidianidad. Pero todo esto, al fin y al cabo, para levantar la voz de la solidaridad y la esperanza y dejar que fluyan en versos las utopías de justicia social y fraternidad.

Escritores de condiciones y oficios diferentes, tales que lingüistas, diplomáticos, errantes, periodistas, políticos, rebeldes, artistas, abogados, docentes, economistas, bohemios, trovadores, autodidactas, magistrados, traductores, guionistas, pedagogos, combatientes, anarquistas, filósofos e historiadores. Hicieron de la poesía un vasto y fecundo campo de sentimientos y estética, de clamor y sonido, de léxico y bordado, para evocar pasiones, amores, anhelos, incertidumbres, iras, preocupaciones, alegrías y reflexiones alrededor de la sociedad y del ser humano en una época de grandes acontecimientos.

El autor cita los datos biográficos básicos de cada uno de ellos y hace referencia a las manifestaciones del mundo literario al que contribuyeron con su propio lenguaje: la Generación del 98, los Piedra y Cielo, los Ultraístas, el Grupo de Florida, el Grupo de los Nuevos, el Neopopularismo, la Generación del 27, el Vanguardismo Latinoamericano, el Grupo de Barranquilla, la Generación de los Cuadernícolas y la Generación del 50. Francisco menciona sus principales obras acompañándolas de breves e interesantes notas y en algunos casos con versos de las mismas. Es un enorme y meritorio esfuerzo antológico de lectura y síntesis que el autor pone en manos de los lectores.

Nacido en Bogotá, Francisco Trujillo, mi padre, ha sido un devorador extraordinario de libros toda su vida. En su juventud ingresó al Seminario de Madrid, Cundinamarca, de donde se retiró antes de vestir los hábitos. Educador y estudioso constante de los problemas sociales, económicos y éticos del trabajo, fue pionero de la Seguridad Industrial e Higiene del Trabajo en Colombia. Estuvo vinculado a los movimientos cooperativo, sindical y popular, así como a actividades políticas. Trabajó al lado del sacerdote Camilo Torres en el Movimiento para el Desarrollo de la Comunidad y fue cofundador del Frente Unido.

Junto con su esposa Tila Uribe publicó el libro Desde adentro en el que ambos relatan sus experiencias como presos políticos en el período del Estatuto de Seguridad en los años 70. Ha dirigido periódicos y colaborado con múltiples revistas, y es autor del Diccionario Sociopolítico Elemental y La dura ruta del trabajo. Igualmente, ha escrito ensayos sobre el subdesarrollo en Colombia y biografías cortas de luchadores populares relevantes.

Las notas y referencias que el autor escribió en los años 90 sobre estos 130 poetas y poetisas hispanoamericanos son, desde luego, sólo una muestra de los escritores comprometidos con los movimientos sociales y políticos de finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Ellas se recogen en Versos y Utopías gracias a la colaboración generosa de la Cooperativa Confiar, institución cuyos programas culturales hacen posible esta edición, esperando que este libro deleite y sirva de consulta a los amantes de la poesía.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 1 de marzo de 2017


Texto que sólo compromete a su autor, de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia del mismo

Prólogo al libro «Versos y Utopías» de Francisco Trujillo

Imagen: Portada libro Versos y Utopías, pintura de Francisco Trujillo Uribe

En memoria de Ricardo Lara Parada, 30 años después

Uno de los elementos diferenciadores del proceso de paz en curso, con respecto a los anteriores procesos que han tenido lugar desde mediados de los años 70, es el haber colocado en el centro del debate a las víctimas de este conflicto.

Por Mauricio Trujillo Uribe

En esta etapa crucial de la historia del conflicto armado interno en Colombia, en el que el Gobierno y las FARC se acercan a la firma de un acuerdo de paz para poner fin a más de 50 años de confrontación, y parece próximo el inicio de la mesa de diálogo con el ELN,  el presidente Santos ha insistido en que uno de los elementos diferenciadores del proceso de paz en curso, con respecto a los anteriores procesos que han tenido lugar desde mediados de los años 70, es el haber colocado en el centro del debate a las víctimas de este conflicto.

Este punto es justamente uno de los más sensibles que componen la actual agenda de negociación y tiene como base los principios de verdad, justicia y reparación para todas las víctimas del conflicto que han sufrido violencia y desplazamiento, y así mismo, que los victimarios de todas las partes involucradas en el conflicto, pidan perdón y adquieran el compromiso de no repetición.

Entre estas víctimas se encuentran Ricardo Lara Parada y, por consiguiente, su familia; su esposa, Rocío Agudelo, ya fallecida, y sus hijos Fernando y Mónica. En noviembre de 1985, Ricardo fue asesinado por el ELN, según lo reconoció públicamente esa organización, justificando lo injustificable.

Lo mismo ocurrió años atrás con Jaime Arenas, Julio César Cortés, Víctor Medina Morón, Heliodoro Ochoa, Juan de Dios Aguilera, Carlos Uribe Gaviria y otros tantos jóvenes revolucionarios que se vincularon a esta guerrilla creyendo que ese era el camino para luchar por un profundo cambio social, económico y político del país.

Pero hacer justicia a la memoria de Ricardo Lara Parada significa también dar a conocer y poner en alto su visión y actividad política democrática, luego de que se acogiese a la ley de amnistía del presidente Betancur en 1983.

«Queremos diferenciarnos del movimiento armado porque tradicionalmente en este país la política depende de las decisiones de los polos de la guerra. Lo que representa a la derecha y la reacción, espera de los estamentos militares del Estado las orientaciones para trazar políticas. Y el movimiento revolucionario también está habituado a esperar las orientaciones de los movimientos guerrilleros. Nosotros en consideración que el país necesita una política de centro-izquierda que se identifique con esos diez millones de abstencionistas que no participan en esos dos polos antagonizados por la lucha de clases», decía Ricardo en el marco del proceso de paz y de la apertura democrática que se iniciaba en ese período.

Líder natural, Ricardo decide entonces junto con otros compañeros, lanzar el Frente Amplio del Magdalena Medio (FAM), enarbolando las aspiraciones más sentidas de Barrancabermeja y la región, movimiento que lo llevó en 1984 a ser electo concejal de la ciudad.

De esta manera, el joven soñador y ávido de justicia social que había sido cofundador del ELN en el período del Frente Nacional, el hombre que había pagado años de cárcel por su rebelión, el intelectual que había replanteado su quehacer político frente a las nuevas realidades del país, opta por la lucha democrática dando ejemplo y señalando un camino legal y pacífico.

Hoy, 30 años después, cuando las negociaciones de paz en La Habana pasan por un acuerdo sobre la participación en política de quienes dejarán las armas, cobra plena vigencia el ejemplo de Ricardo Lara para procurar los cambios por los que nuestra Colombia requiere avanzar.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 26 de noviembre de 2015


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Foto: blog Ricardo Lara Parada

Matématico, filósofo, humanista y educador, Germán Zabala Cubillos nos ha dejado

“Nos olvidamos de preparar un ser para ser él, que supiera que lo fundamental que hay en este mundo es su existencia; que no hay nada, ni ahora, ni antes, que lo pueda sustituir. Que lo importante de vivir está en su especificidad, el deber que tiene cada persona de participar con su diferencia, en el proceso social de la comunidad.” German Zabala Cubillos. «La paradoja de la diferencia».

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 10 de abril de 2009

Ayer, 9 de abril de 2009, falleció en Bogotá el maestro e intelectual Germán Zabala Cubillos. Nació en Bogotá en 1926 en una familia de educadores, lo que marcó su camino a lo largo de toda su vida. Junto con sus hermanos y su esposa, impulsó la educación física en el país, desarrollando campeonatos de basquetbol y promoviendo el deporte en la educación secundaria.

Inició su formación de Matemático orientado por el profesor Carlo Federici, fundador del Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional, un italiano de ideas avanzadas que llegó al país en 1948. Co-fundador de las universidades INCCA y América en Colombia, Germán recibió numerosas distinciones por su trayectoria científica y de colaboración solidaria en varios países: Chile, Nicaragua, México, Perú y Venezuela. Dentro de estas distinciones, fue invitado a la Universidad de la Sorbona para profundizar sus investigaciones sobre Topología Matemática.

Profesor universitario, ilustre académico y conferencista, colaboró con artículos científicos y políticos en numerosas publicaciones nacionales e internacionales, se recuerdan entre otros sus aportes filosóficos sobre el impacto de la cibernética y de las nuevas tecnologías informáticas en la sociedad. Su último libro en 2004: “Ética, la paradoja de la diferencia”.

Germán fue militante de movimientos políticos de izquierda en Colombia, Chile, Nicaragua y México. En su juventud participó en la fundación del Partido Socialista Democrático, más adelante acompañó al sacerdote Camilo Torres Restrepo en el Frente Unido y luego colaboró con Golconda, corriente de sacerdotes y cristianos inspirada en la “Teología de la Liberación” e influida por la doctrina social de Pablo VI.

En Chile se vincula al equipo del Presidente Allende en el gobierno de la “Unidad Popular”, en Nicaragua se compromete con la revolución sandinista al lado de la red educativa del Obispo Obando, y en México promueve el debate sobre la necesidad de reformular el pensamiento revolucionario desde una práctica científica y social latinoamericana. De regreso a Colombia adelanta investigaciones en la búsqueda de un modelo de gestión productiva y de desarrollo sostenible y en las tesis de las estructuras matemáticas y lo social.

En marzo del presente año se inauguró en la Universidad de Cundinamarca la cátedra “Germán Zabala Cubillos” en la que mi madre, Tila Uribe, hizo la presentación de su obra.

Un perfil de su vida se encuentra en la revista «Nómadas» (http://www.ucentral.edu.co/NOMADAS/nunme-ante/26-30/29/11-VLADIMIR.pdf).

A su esposa Yolanda, a sus hijos César, Vladimir y Michel, a sus hermanos Jaime, Jorge y Manuel, y a su familia y allegados, expresamos nuestros sentimientos de amistad y solidaridad, recordando con gran admiración y cariño la vida y obra de este matemático, filosofo, humanista, educador internacionalista y militante político colombiano.

Mauricio Trujillo Uribe
Bogotá, 10 de abril de 2009


Texto de libre difusión, citando la fuente, el autor y publicando fiel copia

Foto: https://rizomasolidario.wordpress.com/portfolio/in-memoriam-del-maestro-german-zabala/