¿Cuál satélite para Colombia?

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Por Mauricio Trujillo Uribe*
29 de febrero de 2020

El periódico El Tiempo publicó el 23 de febrero un artículo del ex-Vicepresidente Germán Vargas Lleras titulado «El satélite, un juguete caro» en el que critica la decisión del Gobierno Nacional de «volver a poner en marcha el negocio del satélite de observación de la Tierra con el cual se pretende, además, que Colombia entre con pie firme en la era espacial». Y se declara sorprendido de enterarse a través de los medios de comunicación de que «Colombia le apostaría nuevamente a tener un satélite propio de última tecnología».

Recordemos que un satélite de este tipo permite tomar imágenes en muchos campos: estado de las carreteras, recursos hídricos, incendios forestales, minería, pesca y otros. El ex-Vicepresidente se refiriere en particular a la aprobación del Gobierno de Duque al Conpes (Consejo Nacional de Política Económica y Social) # 3983 de enero pasado. El documento en cuestión se titula «Política de Desarrollo Espacial: Condiciones habilitantes para el impulso de la competitividad nacional», en el que se incluye la siguiente línea de acción: «El Ministerio de Defensa Nacional, en coordinación con la FAC, el IGAC y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, realizará un estudio costo-beneficio sobre las diferentes alternativas de adquisición de infraestructura espacial de observación de la Tierra».

La inconformidad de Vargas Lleras tiene que ver con el costo que implicaría la compra del satélite, cerca de 350 millones de dólares, más los gastos de mantenimiento, cuando hoy en día esas imágenes se pueden comprar a otros satélites extranjeros por cerca de 2 millones de dólares anuales «e incluso provistas gratuitamente por medio de la cooperación internacional, como en el caso de los cultivos ilícitos», agrega. También alerta sobre los intereses que se moverían detrás del «negocio» y dice «la idea de tener no solo uno, sino varios satélites propios, incluso para generar emprendimientos, no parecería corresponder con las prioridades nacionales en materia del gasto».

Este artículo suscitó fuerte controversia y la W Radio entrevistó al abogado y experto en derecho espacial, Alfredo Rey, quien aseguró que es más conveniente, tiene mayor prioridad, adquirir un satélite de comunicaciones que un satélite de observación de la Tierra y dio la razón a Vargas Lleras confirmando que las imágenes se consiguen en el mercado y Colombia los compra actualmente.

El profesor Rey también manifestó que en materia de comunicaciones dependemos de los satélites de otros países, a pesar de que la UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones), que administra las posiciones orbitales de los satélites, le asignó a Colombia tres posiciones. Agregó que un satélite de comunicaciones tiene más o menos el mismo costo que uno de imágenes y permitiría cubrir todo el territorio nacional, conectar a todas las regiones y dejaríamos de pagar los costos por el alquiler de satélites extranjeros para hacer las telecomunicaciones.

Colombia rezagada
Aun cuando comparto lo fundamental de ambas posiciones, éstas ameritan ciertas precisiones y aclaraciones. En primer lugar, Colombia no ha tenido hasta ahora una política pública espacial con una visión estratégica de largo plazo, los esfuerzos en esta materia han sido muy limitados y la clase política no ha sabido conducir al país para aprovechar el potencial que tiene este sector, quedando Colombia rezagada frente a otros países de América Latina. A pesar de que se han aprobado en las últimas décadas tres documentos Conpes para la compra de satélites, dos de comunicaciones y uno de observación de la Tierra, estas adquisiciones nunca tuvieron lugar, se quedaron en el papel.

El reciente Conpes plantea la necesidad de una Política de Desarrollo Espacial para impulsar la economía colombiana mediante una serie de estrategias que permitan generar tres condiciones habilitantes: sentar las bases para construir una visión de largo plazo del sector espacial; facilitar la entrada de la iniciativa privada; y revisar el rol de la Comisión Colombiana del Espacio, adaptar la normatividad existente y propiciar la cooperación internacional. Sin embargo, este Conpes apenas destina recursos por 1904 millones de pesos para su implementación, lo cual parece insuficiente.

Un valioso recurso natural
En segundo lugar, Colombia al igual que otros 9 países en el mundo, Brasil, Ecuador, Congo, Gabón, Kenia, Somalia, Uganda, Zaire e Indonesia, goza del privilegio de poseer una órbita geoestacionaria, un valioso recurso natural que hubiese podido ser gran fuente de ingresos para el país pero que hoy ha sido declarado por las grandes potencias como un recurso de la humanidad, en contraposición al concepto de soberanía nacional que firmaron estos países en el año 1976.

Recordemos que la órbita geoestacionaria (O.G.E.) es una autopista circular sobre la línea ecuatorial a casi 36.000 kilómetros de altura. Ella permite que los satélites allí situados giren en el mismo período de rotación del planeta, desplazándose siempre encima de un territorio dado. Por ello, esta órbita presenta grandes ventajas para los satélites de comunicaciones, televisión y navegación GPS (Global Position System), reduciendo a su vez los costos de los equipos terrestres.

La Constitución colombiana establece que también es parte de Colombia el segmento de la órbita geoestacionaria. Pero en la vida real la O.G.E. está casi llena con satélites de las grandes potencias y es clara la inclinación de la UIT en favor de los países con capacidad tecnológica. Sin embargo, Colombia conserva aún tres posiciones en derecho, que nos corresponden entre los 70 y 75 grados al oeste del meridiano de Greenwich.

Satélite de comunicaciones vs fibra óptica
Debido a la compleja geografía colombiana, el Ministerio de Tecnologías de Información y Comunicaciones (MinTIC) abrió en el 2010 un proceso para la compra de un satélite de comunicaciones con el fin de dar conectividad a miles de centros educativos, hospitales y otras instituciones públicas, buscando así superar el aislamiento de buen número de regiones y a la vez reducir la brecha digital.

En esa ocasión la licitación se declaró desierta y tampoco tuvo éxito un nuevo intento. Finalmente el Gobierno consideró que era mejor desplegar una red nacional de fibra óptica, estableciendo un plan gradual para llegar a las cabeceras de la gran mayoría de los 1.100 municipios del país, y allí en donde no fuese posible implementar esta infraestructura de comunicaciones de alta velocidad se acudiría a empresas prestadoras de servicios inalámbricos de voz y datos (satelitales y micro-ondas).

Este programa de fibra óptica se ha ido cumpliendo en general, aunque a nivel local la solución del «último kilómetro» para llegar al usuario final, que corre a cargo de empresas de servicios públicas o privadas, avanza a paso lento en muchos sitios. A su vez, numerosas zonas rurales del país aún carecen de comunicaciones de alta velocidad, a pesar del esfuerzo hecho por algunos operadores.

Conclusión
Antes que hacer una inversión económica en la adquisición de un sistema satelital de imágenes, el gobierno debería dar prioridad a la adquisición de un satélite geoestacionario de comunicaciones que beneficie el desarrollo equitativo de las regiones del país.

Desde luego, ello exigiría una inversión económica importante, además de asegurar necesariamente otros factores de éxito. Lo ideal sería ponerse de acuerdo con los países vecinos, en particular con Venezuela y Ecuador, pero tal cooperación es improbable en el contexto político actual.

Y como quiera que las comunicaciones en el siglo XXI pasan en gran medida por las telecomunicaciones y Colombia no tiene un satélite de comunicaciones propio, será necesario seguir acudiendo a los servicios de satélites de otros países y de empresas privadas. Esa es por ahora nuestra realidad.

Por Mauricio Trujillo Uribe*
29 de febrero de 2020

* Ex-Alto Consejero Distrital de TIC para Bogotá.
Blog: https://agoradeldomingo.com


Artículo publicado en Revista Sur: https://www.sur.org.co/cual-satelite-para-colombia

Foto tomada de: larepublica.pe
Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

Los Millenials de Colombia en las Calles

Artículo tomado de REVISTA SUR: www.sur.org.co/los-millenials-de-colombia-en-las-calles

Por Mauricio Trujillo Uribe*
23 de enero de 2020

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En buena hora para la vida social y política del país, la Generación de Millenials se moviliza y comienza a ocupar líneas de liderazgo. El espacio de diálogo ganado al gobierno de Duque debe ser aprovechado como un paso hacia la negociación de metas concretas, principalmente en educación y cultura.

El lector encontrará en estas líneas algunas consideraciones sobre las motivaciones que han llevado a los jóvenes que nacieron cerca al siglo XXI y crecieron con las tecnologías digitales, conocidos como los Millenials, a salir masivamente a las calles en estos dos últimos meses.

Desde el paro cívico nacional de 1977, el más grande de la segunda mitad del siglo XX, no habíamos visto tal cantidad de jóvenes desfilando. Hoy se movilizan en un clima más favorable luego de los acuerdos de paz firmados entre el Estado y las FARC.

Estos jóvenes no viven en barrios de marcada pobreza, son más bien de nivel económico medio y han tenido acceso a la educación formal, más de la que tuvieron sus padres y abuelos.

La mayoría de ellos se moviliza por un sentimiento general de inconformidad con el estado de cosas que diariamente les toca vivir, por la ausencia de oportunidades para su desarrollo como individuos, por la incertidumbre frente al futuro que los espera y por la alerta ante el cambio climático.

Así, por ejemplo, una de sus preocupaciones centrales tiene que ver con la dificultad para encontrar empleo en un mundo laboral en donde cada vez más se les pide tener no sólo un pregrado sino un posgrado, y contar con una primera experiencia de trabajo, algo imposible para la gran mayoría. Además, no pocos empleos son mal remunerados e inestables. El estrés que les genera este panorama es aún mayor porque tienen grandes expectativas de un retorno de inversión en términos de éxito y progreso personal. No es de extrañar entonces que muchos de ellos continúen viviendo en casa de sus familiares y que no se proyecten en una relación de pareja con hijos. Ven con desazón que su nivel de vida futura será posiblemente inferior a la de sus progenitores.

De otro lado, a diferencia de la oposición frontal y explícita al mal gobierno de Duque de gran parte de los dirigentes del paro y de las organizaciones de izquierda, y de ciertos grupos pequeños notorios en las marchas, la decisión de estos Millenials de salir a las calles refleja más un rechazo, en general, a la clase política tradicional: no creen en los gobernantes o se decepcionan pronto, no se sienten representados por nadie, o casi nadie, aún menos por un Congreso al que muchos señalan como un cuerpo de políticos profesionales que se perpetúa.

Su indiferencia frente a los partidos políticos del establecimiento es también evidente, aunque la mayoría tampoco se alinea con los partidos de izquierda. Desean voltear la página de la polarización y repudian el asesinato de líderes sociales. Se indignan frente a la corrupción que, dicen, atraviesa todas las instituciones. Sospechan de las informaciones de los medios de comunicación, dándole más credibilidad a las redes sociales, o mejor, a sus propias redes, que retroalimentan en circuito cerrado sus propios sentimientos y creencias. En síntesis, viven una crisis de confianza y legitimidad en los partidos, gobiernos e instituciones, pero prefieren y quieren el sistema democrático.

Son jóvenes con grandes esperanzas y retos en la sociedad de la información, el conocimiento y la innovación. Deben desenvolverse en un mundo globalizado y competitivo. Y están dispuestos a dar la pelea para que las cosas cambien en nuestro país. De hecho, la votación de esta juventud fue determinante en las elecciones territoriales de octubre de 2019 para elegir alcaldes y gobernadores alternativos en las principales ciudades y departamentos, algo inédito en nuestra historia, como también lo será para las elecciones parlamentarias y presidenciales del 2022.

El protagonismo de los Millenials es decisivo para avanzar hacia una sociedad más equitativa, incluyente y próspera. Pero el potencial transformador de su movilización pierde fuerza por la acción de los encapuchados violentos y visiblemente organizados, que destruyen los bienes públicos y privados, deslegitiman la protesta social y provocan a la fuerza pública (ello no justifica por tanto el abuso de autoridad); y sus banderas se debilitan ante la opinión pública cuando no se tiene en cuenta las necesidades de transporte de los ciudadanos que no participan en las marchas.

En buena hora para la vida social y política del país, la Generación de Millenials se moviliza y comienza a ocupar líneas de liderazgo. El espacio de diálogo ganado al gobierno de Duque, que recuerda al Diálogo Nacional de cierta época, a pesar de la mano dura que piden ciertos sectores de derecha, debe ser aprovechado como un paso hacia la negociación de metas concretas, principalmente en educación y cultura. La protesta democrática será siempre un recurso ante los oídos sordos de los gobernantes, así lo garantiza la Constitución de 1991.

Mauricio Trujillo Uribe*
23 de enero de 2020

*Ex-Alto Consejero TIC Bogotá. Director programa radial Festivales Jazz del Mundo.  Blog: https://agoradeldomingo.com

Foto tomada de: Escuela Nacional Sindical

 

PACO EL SEMINARISTA

Fotos: yomismo – cathopic

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Por: Mauricio Trujillo Uribe
Diciembre 2019

La plaza de Alfaro estaba llena, la gente apretujada, hombres y mujeres codo a codo. En la tarima donde yo me encontraba decían que eran más de veinte mil. Habían llegado con sus pancartas desde diferentes puntos de Cartago para escuchar al orador que llamaba a conformar el gran movimiento de los no polarizados. ¡Quién lo creyera! el amigo de mi padre, que visitaba nuestra casa cuando éramos niños, se había vuelto figura nacional y ahora se dirigía a una multitud que lo oía con atención y, sobre todo, con entusiasmo.

Recordé que ya había visto una actitud similar hacia él, un año antes, en una reunión de gente humilde en un salón comunal levantado con tablas y tejas de plástico. Yo estaba entonces en vacaciones escolares y mi padre me preguntó si quería acompañarlo. No lo dudé, le respondí que sí. A mi edad ese viaje era toda una aventura.

─Saldremos el sábado después de medianoche para Manizales. Tú vas y vuelves con el grupo, yo lo haré en la camioneta de la fundación. Pero cuando estemos allá te mantendrás siempre a mi lado y serás sólo oídos –me advirtió.

Me embarcaron en un bus de color verde, grande, moderno. Éramos veinte: subí de primero, luego un señor ya mayor que me saludó muy afectuosamente, eso me sorprendió, y enseguida los demás, eran universitarios. En la parte de atrás del vehículo llevaban gaseosas, cajas de galletas, libros y otras cosas, en particular un proyector enorme que tenía dos carretes, un telón plegable y una planta eléctrica. Al llegar a nuestro destino, en la mañana, descubrí un conjunto de casitas improvisadas alrededor de cinco calles de tierra pisada, en una loma en las afueras de la ciudad. Los habitantes nos recibieron sonrientes y rodearon con afecto al invitado especial. De cuarenta y tantos años, alto, amable, su figura y condición inspiraban confianza.

Recorrió el lugar saludando y hablando con unos y otros, antes de pasar a la reunión en donde mujeres curtidas, hombres de camisa arremangada y ancianos curiosos, se acomodaron para escucharlo. Al terminar su charla en medio de aplausos y abrazos, hubo sorpresa y algarabía cuando mi padre, ubicado atrás del salón, operó el proyector y una luz potente iluminó el telón sobre el que rodó un corto metraje mostrando cómo hacer letrinas en toda la regla. Cuando emprendimos el regreso al anochecer, el grupo estaba contento: cantaban, echaban cuentos y comentaban la jornada sacando pecho. Y en ese ambiente, el veterano, que se había sentado a mi lado, me contó esta historia:

Una noche Paco no conseguía conciliar el sueño… no era normal, por lo general dormía de un solo tirón. Se recostó contra el espaldar de su cama preocupado por lo que le había dicho un pariente suyo cuando fue a visitarlo a la parroquia.

─¿Y usted cómo cree que le va poder ayudar a su mamá cuando lo manden de cura a un pueblo en medio de la nada?

Esa pregunta lo atravesó como un rayo. Matilde había llegado a la capital embarazada de él, y aunque había sido maestra rural no tuvo otra opción que ponerse a coser para ganarse la vida. Madre soltera, había querido escapar a la censura beata de su pueblo.

Paco notó a través de la pálida oscuridad que su compañero de dormitorio no estaba en su cama. Habrá ido al baño, supuso. Se había entendido bien con René, el padre que oficiaba la misa, a pesar de la diferencia de edad: él con veintiuno, aquel en los treinta. Lo sentía sincero y además contaba historias graciosas e interesantes de su viaje a Bélgica. En cambio, el cura titular, un hombre mayor, era colérico y autoritario. Todo le disgustaba. Quizás por eso Paco echaba de menos la vida del seminario, había sido enviado recientemente a la parroquia de San Mauro como paso previo a vestir los hábitos.

Sus primeros recuerdos lo llevaban justamente a la cocina del seminario en donde Matilde, por fin, había conseguido un trabajo estable como ecónoma encargada de las compras y de hacer equipo con las cocineras para alimentar cuarenta vocaciones. Cuando no tenía con quien dejar al niño, lo traía. Paco revoloteaba por entre las piernas de las mujeres y cuando se alejaba por los pasillos su mamá lo devolvía de una oreja. Hasta que un día, afortunado para ella, la llamó el padre superior a su despacho y le propuso que dejara a su hijo con ellos.

─Con la ayuda de Dios nos encargaremos de su educación y lo llevaremos por la senda religiosa –le dijo.

Sus palabras fueron agua bendita para la señora. ¡Qué más podía pedir, su niño tendría techo y comida asegurados, y sería sacerdote a mucho orgullo! Se deshizo en agradecimientos y rezó. Un tiempo después Matilde regresó a su tierra natal.

René se está demorando, es extraño, pensó el seminarista. El baño quedaba al final del pasillo de ese segundo piso. ¿Y si le pasó algo? se dijo a sí mismo. Inquieto, se levantó y miró por la ventana hacia la calle. Todavía seguía allí el cordón de policía que desde hacía varios días rodeaba la fábrica de cerveza contigua a la parroquia en donde los obreros en huelga se habían atrincherado. El suceso había tomado notoriedad en los medios de comunicación y el gobierno había preferido no atender la solicitud de desalojo que pedían los patronos. Esperaba, en cambio, que los trabajadores se vieran forzados a cesar la ocupación de otra forma: ordenó cercar la fábrica e impedir la entrada de alimentos.

Paco se sentó sobre la cama sin saber qué hacer. Su mamá seguía presente en su pensamiento. Dulce y algo ingenua, siempre le hablaba de su pueblo y en alguna ocasión le contó lo de su progenitor. Por eso cuando un tío le preguntó:

─¿Quieres conocer a tu papá? ¡Yo sé dónde encontrarlo!

─No, no tengo para qué –le respondió tajante el chico de doce años.

El individuo en cuestión era un funcionario departamental que iba de pueblo en pueblo. Así había conocido a Matilde y así mismo había desaparecido.

Más de media hora había pasado y René no aparecía. Dudoso, decidió salir a buscarlo; no lo encontró en el baño pero al regresar vio a través de los ventanales del corredor un bulto que se movía junto al muro de ladrillo que colindaba con el patio de la fábrica aledaña. Bajó asustado pero dispuesto a entender qué pasaba.

De piel clara, crespo y ojiazul, como muchos de los campesinos de la región de su mamá, Paco era de estatura mediana y piernas macizas. Se destacaba por ser buen basquetbolista: los deportes eran parte esencial de la formación de los jóvenes aspirantes al sacerdocio. Mente sana en cuerpo sano, repetían los curas. La institución estaba regida por sacerdotes españoles que apoyaban la dictadura de Franco. De mentalidad anticuada y represiva, castigaban a los muchachos por cualquier cosa. La letra con sangre entra, era su lema. Pero no con Paco: en aquel ambiente de recogimiento y disciplina, conversaciones en voz baja, cánticos gregorianos y zurriago para la autoflagelación, las directivas vieron en él un chico inteligente. Leía el catecismo en voz alta con mucha personalidad y se distinguía entre los demás seminaristas. Sin embargo, algunos sacerdotes lo miraban con cierto recelo por su inclinación a hablar de temas sociales alejados del altar de Dios.

Ya en el primer piso Paco salió por la puerta lateral a la huerta y esta vez pudo identificar lo que sus ojos veían: René estaba lanzando unas bolsas por encima del muro, hacia el patio de la fábrica, al tiempo que susurraba con alguien del otro lado.

─¿Qué pasa? –le preguntó el seminarista.

El sacerdote lanzó el último paquete y mirándolo se puso el dedo en la boca:

─Shhiii… te explicaré en el cuarto –y ambos regresaron sigilosamente.

─Estaba pasándoles comida a los obreros que están en huelga –le dijo René, y le soltó todo un discurso para justificar su acto.

Sin pensarlo dos veces, Paco se ofreció a ir con él: en las siguientes noches ambos se deslizaron del dormitorio a la alacena de la parroquia y luego al muro, a la hora convenida.

Un domingo vino a la iglesia un grupo de personas que quería hablar con René, esperó a que éste terminara la misa y cuando salieron los últimos feligreses se acercó al padre. Eran tres hombres de aspecto obrero y una señora ya mayor acompañada por una bonita adolescente. La dama portaba un abrigo negro y sombrero con velo, como se usaba en ese tiempo, y fue ella quien tomó la palabra. En la cervecería Westfalia, la más grande del país, trabajaban antiguos obreros socialistas, entre ellos un primo de Susana, y éstos le habían contado el episodio del muro en una de las reuniones que todavía ella solía hacer en su casa.

─Vayamos a visitarlo y llevémosle un regalo –les propuso, y acordaron la fecha.

Susana conservaba aún cierta aureola en los barrios orientales de la capital donde había liderado una asociación en defensa de las familias de los inquilinatos frente a los desalojos abusivos con policía y garrote. Vivía sola con sus nueve hijos en el barrio Egipto, allí conseguía el pan diario colocando un pequeño escritorio en el andén de su casa al que acudían los vecinos para que les escribiera todo tipo de cartas con su bella caligrafía: misivas de amor, despecho, promesas y demás, que colocaba cuidadosamente en sobres de colores con cintas según el motivo.

El día previsto Susana llevó a su hija con ella. Alumna de la Normal Femenina, Olga encontró allí su afición por la escritura y, gracias a dos profesoras de mente abierta, las directivas del plantel le permitieron publicar un pequeño periódico estudiantil. Ella y su hermano eran hijos de una segunda relación que tuvo Susana con un hombre singular, quien falleció unos años después. Conoció a Tomás cuando al pasar por la plaza de Bolívar, éste se dirigía a un grupo numeroso de ciudadanos en el que ella reconoció a varios de sus vecinos, que luego se lo presentaron. Periodista y humanista, había sido uno de los fundadores del extinto partido socialista que dio mucho que hablar en la década del Veinte.

─Padre, en nombre de los trabajadores de la fábrica y sus familias queremos agradecer su solidaridad –le dijo Susana, refiriéndose al hecho que los traía.

─Dios la bendiga señora –exclamó René luego del intercambio de saludos–. Muchas gracias por el regalo pero no era necesario, sólo cumplí con mi deber de cristiano –dijo amablemente–. Pero esperen, no lo hice solo. ¡Paco, Paco ven!

El seminarista se acercó, saludó cordialmente a todos los presentes y sus ojos encontraron en ese instante la mirada de la joven. René los hizo seguir a un cuarto contiguo, se sentaron en torno a una mesa y en tono socarrón o en todo caso de satisfacción, comentaron animadamente lo sucedido: el padre y Paco lo vivido en la parroquia, los trabajadores delegados lo que pasó en la fábrica y Susana compartió los sobresaltos y rumores de la calle. Al cabo de un rato se despidieron.

─Madre, aquí yo tendría una historia para el periódico, a lo mejor se podría contar de alguna forma –dijo Olga pensativa cuando salieron a la calle.

─¡Sí, pero no se puede, ni una sola palabra! –advirtió cortante Susana, dejando zanjado el asunto con su autoridad, tono y mirada, ante su hija y los tres hombres.

El bus iba a mitad de camino cuando el veterano terminó su narración. Había capturado toda mi atención. Emocionado, me dijo que siempre había querido escribir esa historia: era el más joven de la comitiva de los trabajadores que fue a la iglesia. Y agregó que nunca imaginó encontrarse esa noche contándome, justamente a mí, ese episodio que marcó su vida. Cuando llegamos a la capital y me dejaron en casa me prometí que algún día escribiría esa historia.

Los aplausos, gritos y vivas sacudieron la plaza de Alfaro trayéndome de nuevo a la realidad, absorto como estaba en mis recuerdos. Miré a la multitud entusiasta cuando el vibrante orador terminó su intervención y comprendí que antes que debilitar su imagen, el reciente anuncio de la jerarquía de la iglesia de retirarle su condición de sacerdote le había ganado la solidaridad de mucha gente. Mi padre, a mi lado, me hizo entonces una señal para salir por la escalera lateral de la tarima, siguiendo al paso de su viejo amigo y ahora compañero de ruta e ilusiones.

─¡Tu discurso fue muy bien recibido, René, felicitaciones! –le dijo mi padre cuando llegamos a la camioneta que nos esperaba, al tiempo que otros miembros del equipo de la gira se subían a varios carros.

─Gracias Paco –respondió sonriendo René–. ¡Vamos! nos esperan en Palmira –le dijo al conductor, mientras reclinaba su asiento para descansar.

─Sí, todo está listo –comentó mi padre–. Pero compremos algo de comer por el camino, no quiero que este muchachito, cuando vuelva a casa, le diga a Olga que lo «dejé pasar hambre» –agregó en tono burlón, guiñándome el ojo.

La caravana de vehículos se puso en marcha dejando atrás Cartago.

FIN

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Taller de Escritores, Universidad Central, Bogotá, diciembre de 2019.

CAHR-NAH-VAHU

Por Mauricio Trujillo Uribe
01 de octubre de 2019

Hace calor, las noches de febrero son así, el verano se instala, la brisa del mar se queda en el mar y el cielo no conoce nube, mientras la ciudad levanta los panderos y se va de fiesta. Desde que vengo al CAHR-NAH-VAHU, o festival de la carne vale como le decían antes, siempre ha sido así: me invade una sensación diferente y sorprendente. Se va apoderando de mí por entre las calles de adoquines en donde la gente va sumándose al jolgorio andante. Esta vez comenzó en el popular barrio Toquín: de las casitas coloniales de techos de teja, con sus paredes descascaradas, van saliendo los lugareños al ritmo de la batucada que, como campana de iglesia a sus feligreses, pasa y los convoca a la infaltable misa del carnaval. Ningún vecino se queda, es la noche del frenesí, esperada y largamente preparada. Llegan con máscaras de mil diseños y colores, símbolo de anonimato y libertad; largas plumas en la tiara de la espalda, cual colas de pavo real; y disfraces inverosímiles haciendo alarde de creatividad. Vienen también con vestidos zoomorfos de leopardos, gorilas, burros y demás; y de grifos y unicornios, animales mitológicos que hacen volar mi imaginación. Marchan príncipes y maharajás, calaveras y demonios, y figuras paganas y religiosas. Y están presentes los trajes típicos, los viejos y raídos, los nuevos y rimbombantes, todos con lentejuelas y elaborados bordados. Es una especie de embrujo que contagia mi piel en la medida en que nos acercamos al gran bulevar de donde proviene el eco colosal. Hombro con hombro, paso con paso, coro con coro, candomblé con candomblé, miles con miles vamos entrando en apretadas filas por las vías aledañas a la gran alameda que atraviesa la urbe. Y allí, de repente, frente a mis cinco sentidos, dos océanos: el de las olas que riman como un solo con los tambores que tocan desde el atardecer, y se estrellan en las playas de fina arena amarilla que sobre varios kilómetros delinean el malecón. ¡Y el de un millón de personas danzando y avanzando simultáneamente al compás de la samba, poseídas de una euforia colectiva que adivino heredada y transmutada de los ritos africanos de Ogadú!

Por Mauricio Trujillo Uribe
01 de octubre de 2019